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Lobbying

Jorge Etcheverry

Chile



Ella me dijo que ese grupo, del que no puedo dar mayores detalles, había tenido un crecimiento bastante rápido, si se toma en cuenta su reciente formación. Ellos (y ella) se definían como un producto de la última década, de la economía global desenfrenada, de los efectos del NAFTA (TLCAN), de las tensiones y reajustes productos del 9/11, que aquí se dejan sentir tanto como en nuestro anonadante vecino del sur. No era la primera vez que se me solicitaba un papel de mediación. Después de vivir aquí treinta años, de haber sacado un par de títulos de post grado en dos universidades más o menos prestigiosas del país, de mi labor comunitaria, cultural, incluso periodística (todas marginales).

Eso para decir que muy de tarde en tarde suelo ejercer, siempre a pedido, lo que ahora se ha dado en llamar ‘facilitation', es decir ayudar, servir de contacto, en mi caso una especie de mini lobbying. Pero eso no significa que ande nadando en la opulencia y la influencia, sino que lo hago en los intersticios de esta sociedad tan homogénea como fragmentada, no me pregunten cómo Hace unos quince años me era posible por ejemplo estar desempleado, viviendo en un departamento venido a menos con lo básico, alimentando a un enorme gato blanco y regodión y a la vez ser llamado a formar parte de un comité para contratar a un periodista de planta en un diario multicultural donde yo estaba en el consejo editorial y colaboraba regularmente con artículos y dibujos. Y así estuve entrevistando gente para un puesto que me hubiera gustado para mí, aunque fuera mal pagado, pero a nadie se le iba a ocurrir que con mis antecedentes y preparación yo iba a estar interesado.

Volviendo al tema, esta experiencia era nueva para mí, la niña me había dado una lista de personas aproximables, secretarios o ayudantes de parlamentarios, personas particulares importantes, parecía, por su relación con otras personas o instituciones que tenían a su vez una influencia mediada o directa o secreta con los círculos que los documentos que traduzco al español de Organizaciones No Gubernamentales o dedicadas al desarrollo, llaman formuladores de políticas. Pero en este caso particular pasó que las torres artificialmente medioevales de los Edificios del Parlamento se perdían en lontananza, fuera de mis alcances y diligencias. Mis maniobras no daban fruto. Gastaba moneda tras moneda en llamadas telefónicas, (me habían cortado el teléfono hace meses), sacaba fotocopias de diplomas, cartas de testificación o recomendación, concentraciones de notas de universidades en dos hemisferios y tres idiomas, currículums nutridos que luego enviaba por correo o faxeaba a personas u organizaciones, sin nunca usar el email que inunda con sus mensajes los correos electrónicos de los receptores, si logran atravesar las barreras de fuego o filtros diversos, para terminar siendo eliminados en paquete por una sola pulsión de tecla.

Pero surgieron otros problemas. Mucho tiempo atrás cometí el error de mandar un manuscrito de prosa flamante (eso creía) en inglés a una editorial mediana, se lo conté a un poeta local bastante conocido que me dijo que no tenía ninguna posibilidad si no invitaba primero a comer al editor, que era muy buen gastrónomo. Será, me dije y cesé de esperar una respuesta de esa editorial, que por supuesto nunca llegó. Es así que después de muchos rodeos llamé a la encargada del grupo para que se juntara conmigo a un desayuno en el McDonald's, que me quedaba cerca y a ella también, y no era cosa de estar arriscando la nariz cuando yo les estaba trabajando gratis. Mientras miraba esos ojos claros y lánguidos, ese aire de Magdalena dedicada a causas tan justas como perdidas, dejé a mi voz explicarle como si no me perteneciera, yo la dejaba brotar entre mis labios, mientras miraba cómo el suéter de lana sintética insinuaba casi apenas unos pechos casi núbiles. Le dije que necesitaba fondos, algo que fuera, que tenía que asistir a un beneficio que costaba 25 dólares la entrada, que además había que consumir, que era claro que la persona en cuestión no me recibiría si no iba a ese evento, por otro lado tenía que pagar por lo menos un año de suscripción a una revista especializada, comprar varios boletos para una rifa de beneficencia, sacar a cenar y a quién sabe qué a una señora sesentona pero bastante entusiasta, en fin toda esa gente parecía poder llegar a influenciar a los mentados formuladores de políticas, al menos tangencialmente, ya que no pertenecían a los poderes corporativos y otros que realmente manejaban al poder/dinero desde la sombra. Vi su cara volverse más sufriente (y deseable), y por supuesto no me podían ayudar, dijo. Si habían recurrido a mí, era porque no tenían para gastos de representación.

Tuve aún presencia de ánimo para decirle que nos podíamos juntar otro día, a tomar desayuno aquí o en otra parte, caminar comiéndonos un hot dog con una salchicha polaca, o juntarnos a la hora del lunch para un buffete indú, 8 dólares, all you can eat, y le podía explicar cuán monstruosa era esa aberración del gobierno, supuestamente una entidad para administrar y regular el bien público, pero que se había ido convirtiendo, sobre todo en estos países del Norte Desarrollado, en un conglomerado del poder político y económico, indiferente, existente por sí, para sí y ante sí, y que para lograr su atención sobre algún problema, había que engrasar, untar o aceitar a grupos de lobbyistas, capacitar a los diversos grupos funcionales de la sociedad y a las fuerzas trabajadoras, en métodos para lograr la atención y así conseguir financiamiento o legislación para los problemas graves, que ella misma que pagaba impuestos quizás nunca iba a tener la oportunidad de ser escuchada por esos, sus supuestos representantes, aliados con las fuerzas del gran capital, situación casi tan escandalosa como la compra y venta de la ley, las condenas y absoluciones basadas en la habilidad y prestigio de abogados prestidigitadores, de la torcida institución de testificar ante los tribunales, que hacía que todo testigo contra el crimen organizado desistiera de las acusaciones, por motivos obvios de supervivencia. Pero era que se me estaba calentando el hocico, con las tazas de café, sus ojos azules, húmedos, grandes, alarmados, las proteínas de los huevos y el tocino, en aire puro a esa hora, así que pagué y nos despedimos. Pero por lo menos me dio su teléfono.

 Jorge Etcheverry

Este artículo tiene © del autor.

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