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LOS SALVAPATRIAS

César Rubio Aracil

España



Que nadie trate de salvarme. Para ello cuento con mis amigos los demonios.

A pesar de que el tiempo, con sus siglos a cuestas, ha tratado de mostrarnos cuál es la verdad y la mentira de las manifestaciones y actitudes políticas y religiosas, todavía hoy mucha gente se aferra a los símbolos como recurso para cubrir sus infundados temores. Dios, patria y familia siguen siendo los pilares fundamentales que mantienen a los salvapatrias y a los guardianes del alma. Todos ellos, apoyando sus razonamientos en la palanca del miedo, impulsan a las masas hacia las inaccesibles cimas de la fe. Confianza en Dios y en la patria, fidelidad para con la familia y obediencia a las leyes, sostienen el sólido edificio de la falsedad. Porque, mientras los militares, los eclesiásticos y los políticos se reservan los privilegios que se les niega a los demás, aguas abajo de los símbolos quedamos los desposeídos. Esta afirmación, que por archisabida puede parecer una perogrullada, no deja de tener vigencia en la actualidad, inmersos como estamos en un nuevo milenio. Dos mil años de cristianismo no sólo han sido insuficientes para sosegar el alma humana sino que, con creces, han bastado para humillar la obra del Dios justiciero que abanderan los salvapatrias, esgrimida como enseña de la virtud. Pero la familia, ya casi desarticulada como concepto sacro, huye de sí misma para refugiarse en un modelo de libertad que comienza a perfilarse en el horizonte de la razón. Se les escapa a los ángeles rubios los restos corruptos del espíritu medieval. España, con 23 000 parroquias, 130 catedrales y colegiatas, casi un millar de monasterios, alrededor de 20 000 curas seculares y 33 500 profesores de catolicismo opta por el condón, el aborto, el matrimonio homosexual, el botellón, el ordenador y el esoterismo, dejando la cuenta eclesiástica de 34 millones de católicos en un guarismo de magnitud entrópica. Así, la juventud ya no siente ningún atractivo por las armas ni por los seminarios, y son millones de personas las que claman por la paz y desprecian a los políticos, incluidos los honestos, que, aunque escasos, aún existen. En estas circunstancias es lógico pensar sobre la actitud beligerante del PP como eslabón de la Iglesia y sus correligionarios. De ahí que, alentando con silencios y vaguedades a los hombres de armas, y apoyando de manera incondicional a determinados medios de difusión, pretenda mantener el miedo en la ciudadanía y quiera dar la impresión de que defienden a España cuando en realidad lo único que protegen son los intereses legendarios del poder terrenal.

El Estatut avanza y se detiene; en definitiva, oscila al compás que marcan los eternos paladines de la discordia, mientras el pueblo raso -esa parte abultada de la sociedad española que prefiere la concordia y el bienestar- se aburre al contemplar un panorama político que únicamente interesa a los que lo ejercen, que no son sólo los que están, sino también quienes mimetizan sus argucias con los variados colores de los Evangelios.

España necesita con urgencia sosegarse. En nuestro país existen cuatro lenguas y, aunque la globalización impuesta trate de borrar de los mapas la variedad cultural y de ordenar a conveniencia de los Estados globalizados los intereses sociales, no es menos cierto que el alma popular añora sus orígenes. ¿Qué de malo hay en que Catalunya aspire a ser nación dentro de un territorio más amplio que contenga a otras naciones? ¿No sucede lo mismo, o algo parecido, en EE.UU., Alemania y otros pueblos más avanzados que nosotros? ¿Qué entienden ciertos políticos por unidad? ¿Qué entiende la Iglesia Católica por indivisión? ¿Qué, los militares, por Patria? Se trata de tres estamentos, cuyos propios intereses confluyen en el punto crucial del egoísmo humano, y no -por mucho que se afanen en esgrimir razones históricas y determinados motivos, tan inconfesables como amañados- en el espíritu evangélico que pregonan sin importarles la tristeza de Dios. Los militares, al cuartel, a esperar órdenes parlamentarias; los curas, a sus iglesias. En cuanto a los políticos, que piensen en el pueblo que representan y no en sus propias ansias de progreso personal.

Catalunya, Euskadi, Galicia y el resto de Comunidades precisan un Estatuto. Un conjunto de leyes que, aglutinando la variedad, mantenga la idiosincrasia de cada división territorial, como asimismo su subordinación a la voluntad de los españoles. Y como el paso, con acierto o sin él está dado y volver atrás supondría tensar aún más la cuerda de la unidad, lo que deben hacer el PP, la Iglesia y algunos militares (afortunadamente la mayoría castrense está con la Constitución) es apoyar a nuestro máximo dirigente, en vez de tratar de hundirlo con homilías, bulla callejera y amenazas cuarteleras. Así se ama a España.

Al señor Rodríguez Zapateros se le atribuyen bastantes errores. Es cierto que los ha cometido, lo mismo que el señor Maragall; pero si se tiene en cuenta la tremenda dificultad que entraña un proyecto de tanta envergadura nos podremos percatar de que, con una oposición centrada únicamente en el rencor y unos eclesiásticos manifiestamente contrarios a cualquier clase de progreso, amén de la división interna que sufren los partidos, demasiado bien están saliendo las cosas. Los errores se corrigen con la ayuda del tiempo; pero lo malo, lo inconveniente para España es que, por no errar, la nación quede a la cola de Europa. El PSOE ha abierto varias sendas. Caminos estos que hubieran quedado cerrados de haber mandado el PP. A partir de ahora que vengan los salvapatrias, si se atreven, a descasar a los homosexuales -por ejemplo-, o a derogar el Estatut si logra pasar las barreras parlamentarias y constitucionales. Lo hecho, hecho está y, repito, se puede corregir. Lo que no se hace, suma puntos a favor de los salvadores de la Patria, del honor y de las milongas.

Augustus.

Este artículo tiene © del autor.

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