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Ratones en la noche

Ironía erótica

Ángeles Charlyne

Argentina



La voz, en la radio, sonó gutural. Ella se encendió. No sabía por qué esta vez.
Otras, creyó que sus urgencias coincidían. Pero ahora, era distinto. Se sintió desnuda. Inerme. Alguien rasgaba, sin permiso, los velos de su pudor, malamente conservado.
Se resistió en la penumbra del cuarto. Procuraba, siempre, de las luces de neón que ingresaban transgresoras por la ventana, la concesión, cuando podían diluir situaciones extremas y su exploración maquinal, la superaba.
- Esta voz es nueva -se dijo-, lo pensó y fue peor.
Las formas de la imaginación sacuden desde el fondo del alma y los tiempos; los fantasmas que muchas veces no aceptamos, porque son el peor espejo en el que nos queremos reflejar, se agitan implacables.
Le pareció que él, adrede, hacía visajes tonales dedicados a ella. Lo insultó en silencio. Pero estaba a merced de lo desconocido. Nunca -palabra excesiva -, había tenido compulsiones parecidas. Ni siquiera, pensó, era su recurso nocturno de recreo, escuchar la radio y construir fantasías virtuales.
Decidió, con la impulsividad con la que cometió los mayores y mejores desatinos, que debía sacarse de la cabeza, tensiones y, del cuerpo, ansiedades.
Las horas inciertas, donde la noche agazapa gatos de la memoria, suelen jugar ciertas pasadas confusas.
Ella se miró al espejo una vez; se sentía y tenía motivos para concederse aprobación.
La imagen gentil que le devolvió, la conformó; sabía que muy pocos tipos podían resistir semejante poder animal de seducción; además la colección albergada entre sus piernas, ahora tibias, eran el mejor resguardo contra las dudas, nunca suyas.
Salió, imperiosa como de costumbre, segura que la dominación nunca transita tiempos de escándalo; decidió, repentinamente, que debía quitarse, rápido, esa pesadilla que la tenía dispersa.
La bruma devino en llovizna y sintió que era su mejor tiempo.
Aguardó, paciente, que la hora de los cambios de luces y final de programa, convinieran con ella las respuestas.
Su auto era un modelo educado, de un mundo que no registraba número.
El, algo encorvado, por la llovizna que le pesaba, decidió buscar un taxi.
La madrugada pinta de grises los fantasmas.
Es hora, se dijo, donde todo parece coincidir.
Los rescates, para él, eran sombras del pasado.
Las luces de la coupe color metalizado, se le antojaron un exceso de tonos opresivos.
No le ocurrió lo mismo con el dorado rojizo, incendiado, que desde la butaca del conductor parecía apuntarle como un arma.
Una sinfonía imposible de no ser oída. Mucho menos vista y peor, todavía, saboreada.
Hubo cierta duda, nacida del oficio. Cuidados de otras tentaciones que se llevaron por delante mucha más experiencia que la suya, en tiempos de plomo, donde lo más barato en el mercado, era la vida.
Sacudió la cabeza. Los recuerdos obviables y el pasado.
La carne era fresca y, parecía, en oferta.
Ella, le hizo una seña, casi imperceptible, él debió guardar en el brazo, el impermeable de otras coberturas.
Nadie se lo indicó pero el voltaje estaba en el aire y él sabía que debía decidir.
Hubo tiempos en que las decisiones cobraron riesgos en vida.
Allí sepultó amores y amigos, no se lo podía contar a nadie, sobre todo si, como ahora, estaba frente a la violencia y sensualidad del ya y ahora.
Subió al auto, luego de sacudir, no sólo el agua del desborde, también nostalgias y prudencias, a esta altura de violencias y prescindencias de valores, cuando se remató su futuro.
Ella, sólo lo miró, para constatar que era él, ese objeto del deseo y la fantasía; él supo que ese, sin que ella lo mencionara, era un momento de decisión.
La mirada de ella, estableció la aprobación especulativa. Para él alcanzaba. Además y ella no lo sabía, estaba fatigado.
Ella, firme en la autosatisfacción eligió, sin preguntar el destino primero.
La comida transitó los sabores agridulces y los saberes complementarios en forma de vino.
Los rescoldos del fuego, sabiamente alimentados, enmarcaron el café y los licores.
Los tiempos de las definiciones aceleraban ritmos.
La charla fue sucesión de murmullos y rumores, prolijamente orquestados por las apetencias, absolutas de ella, cuidadas de él.
Salieron del lugar y ella, otra vez sin consultar decidió que, cuando y como.
El lugar, por supuesto albergaba su sello y cuando abandonaron el palier del ascensor, la marca estaba en la boca de él.
La luz del lugar actuaba en simultáneo con la música y le pareció una escenografía excesiva. También ella.
Sus manos eran alimentadas por urgencias con furias de tornados y se refugió en la prudencia de acompañar cada gesto.
Ella no se permitió ni le permitió treguas. Quería todo. Ya y ahora.
El sabía que los ritmos mueven el mundo y después, luego y casi debajo, en el ojo del huracán, allí donde todo es calma y placidez, comenzó a construir su respuesta.
La satisfacción, se dijo, es un tiempo que no tiene precisiones.
Pensó en esto mientras ella, abandonaba la multiplicidad de orgasmos y avanzaba hacia la placidez de la plenitud. El momento en que abandonaba la guardia. El tiempo en que, para él, comenzaba el goce perpetuo.
Nunca la dejó salir de sobre sus piernas y ella, luego de la de primera depredación, decidió ansiosa, que se iniciaba un tiempo. Nadie le dijo si sería mejor. Pero ella lo entendió.
El, desde el remoto origen donde el zócalo del edificio de la vida expone los tiempos, decidió zambullir sus reparos para refugiarse en la lluvia multicolor que le devolvió el chapuzón.
La ritualidad de la concentración le dictó que todas las puertas deben abrirse y así comenzó a proceder, para festejar con su lengua, dentro de ella, las fiestas de antiguas celebraciones. A medida que ella se abandonaba al placer y disuelta en la extenuación que provoca sentirse colmada, desbordada por esa máquina de carne y litio, multiforme, cuando quería exhalar el suspiro de la tregua, con esa lengua propietaria de la suya en tanto, dentro, le pintaban los paisajes de oro, los sucesos impensados...
Todo y nada fue cierto, ella desmayó, finalmente y no pudo advertir su partida, luego del alborozo que el estallido de un vuelo de palomas, partiendo raudas del alfeizar de la ventana, ahogaron la voz que él registraba, para el después, en el equipo sonoro, todavía asombrado...
“Querida... no me busques... estoy en el aire... que respiras, en el vuelo de la alondra y en el silencio que llega... junto con la tanda... chau...”

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