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El primer amor en Iván Turguenev

Daniel Alejandro Gomez

Argentina



        Uno de los gigantes de la literatura rusa escribe, ante la monumentalidad de Dostoievsky (Los hermanos Karamazov), o Tolstoi (La guerra y la paz, Ana Karenina), esta elegancia concisa, pero plena de sentimientos y lirismos implícitos: es Iván Turgueniev (o Turguenev), el más europeo de los grandes rusos del Diecinueve.
 Primer amor es una novela que explora con más intensidad de lo que parece en el carácter de los principales personajes, concretizados en ciertas palabras, descripciones o fugaces situaciones claves. Nos muestra, al fin y al cabo, que el amor adolescente puede poseer amplios campos para la meditación y elaboración existencial y/o literaria, que ciertos pequeños hechos o palabras hacen subyrayar las implicancias profundas que puede tener el primerizo encontronazo platónico en sus protagonistas; que la personalidad que brota entonces en los jóvenes continúa latiendo mucho tiempo, acaso durante el resto de la vida (el protagonista masculino nos narra los hechos ya adulto; y con un acento tal que demuestra bien a las claras las cenizas ardientes que en él han quedado de aquella experiencia). 
        Voldemar, basado en la propia biografía amorosa y vital del autor, es un joven que está viviendo en una casa de campo en Rusia y que se prepara para unos estudios.
Algo eminentemente femenino, como dice la misma obra, lo aguardaba. Se ponía a llorar sin saber porqué, y la poesía lo emociona. Turgueniev, evidentemente, podía rebuscar y reconocer bastante no solamente de su adolescencia, sino además de la adolescencia en sí. Luego de estos augurios, Voldemar se enamora, en efecto, de una vecina suya; una muchacha de más edad, pero, dato capital para la estructura y el desarrollo emotivo y psicológico de la narración, que no es todavía madura. Es bella, aristocrática; pero su personalidad padece del capricho, de una coquetería infantil. Con sutileza, sin embargo, esta muchacha también sufre en la pluma y en el recuerdo de Turgueniev; como sufre el narrador protagonista, que cuenta sus recuerdos, como se ha dicho, ya hombre, cuarentón; con un poco de desaire respecto a sus antiguas creencias juveniles; pero, más que nada, dejando susurrar, en una tendencia novelística sumamente resignada, la pregunta acerca de qué ha hecho de su vida.
        Ante el amor de Voldemar, pues, que va a visitarla a su casa, Zenaida, sin embargo, se enamora del padre del chico, que es descrito como un hombre de educada frialdad, de una economía de palabras, de una impasibilidad viril. El relato hace un gran hincapié en los vaivenes de la conciencia de Zenaida en vista de este hecho. Solamente veces, ella se siente culpable ante Voldemar, que muy tarde descubriría la relación de su padre con su propia amada, que no podía ser su amante; y que le regalaba una amistad siempre presidida por un autoritarismo seductor y negligente con los sentimientos del joven enamorado. Finalmente, se adivinan desavenencias entre el padre de Voldemar, que no es indiferente hacia la muchacha, y Zenaida, que se va de su casa, dejando al adolescente protagonista con el resabio amargo de un amor frustrado y de un padre-tan admirado, tan subrepticiamente acusado en este melancólico memorial narrativo-que se le ha revelado en una faceta de sorpresivo desfasaje moral... pero que ni siquiera el adulto narrador-evocador se anima a reprobar con convencimiento.
        Pasan unos años, el joven ahora es más maduro y se entera, por casualidad, del nuevo paradero de Zenaida, que ha contraído matrimonio. Para recordar viejos tiempos, decide ir a verla. Pero luego le comunican que ha muerto al dar a luz.
        Voldemar había dejado pasar un tiempo en ir a reencontrarse con su antiguo fervor; cuando fue a visitarla, ya era tarde; Zenaida se había casado, y el parto la recluyó en la tumba trágica de todo romanticismo, tanto artístico como, en este caso, también autobiográfico; la reacción de Voldemar-Turguenev ante ello es escueta, lacónica. Con un sosiego amargo. No había corrido de inmediato a los brazos de Zenaida: Turgueniev, que se basaba en experiencias propias, nos deja con esa ironía dubitativa, de repercusiones abiertas: acaso el joven jamás había amado a Zenaida, acaso la había amado demasiado; pues el hombre que narra con todo detalle los hechos, ante un grupo de amigos, mira, en efecto, hacia el pasado y hacia sí mismo con todas las minucias de un encantamiento febril, de queridos y viejos anhelos; y en la prosa poéticamente breve, afrancesada y precisa que el gran escritor ruso nos regala en esta novela de apasionadas- y angustiosas- filosofías románticas.

Este artículo tiene © del autor.

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