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LA LENGUA ESPAÑOLA (1)

Camilo Valverde Mudarra

Granada, ESPAÑA



El estado lingüístico actual de España es rico y muy complejo. En el ámbito nacional español, se hablan cuatro lenguas, tres de ellas son románicas, esto es, procedentes del latín hablado en la Península Ibérica: El Castellano o Español, lengua oficial que se extiende por casi todo el territorio y fuera de España.

 

LENGUA ESPAÑOLA

                                             Camilo Valverde Mudarra

 

El estado lingüístico actual de España es rico y muy complejo. En el ámbito nacional español, se hablan cuatro lenguas, tres de ellas son románicas, esto es, procedentes del latín hablado en la Península Ibérica: El Castellano o Español, lengua oficial que se extiende por casi todo el territorio y fuera de España. El Catalán, hablado en Cataluña, excepto el Valle de Arán donde se habla gascón. El Gallego, hablado en Galicia. Y una, no románica, el Vasco. Se conservan también dos dialectos históricos, procedentes también del latín: El navarro-aragonés y el astur-leonés, reducidos en la actualidad a ciertos en­claves rústicos.

       Esta situación lingüística de la Península se debe a unas causas históricas concretas. Las lenguas y dialectos españoles son el resultado de un largo proceso de formación a través de la evolución del latín vulgar durante siglos.

Para conocer bien nuestra lengua es preciso recurrir a la Prehistoria, en la medida de lo posible y, luego, observar los hechos históricos, presentes en su evolución, y que han contribuido a su configuración.

Aunque se sabe que en la Península Ibérica existían unos pueblos con sus propios idiomas, no se conocen aún con suficiente precisión las circunstancias lingüísticas, que se daban en España antes de la llegada de los romanos. Los investigado­res solamente han podido apuntar variadas hipótesis, al disponer de datos muy heterogéneos e inciertos. Las inscripciones descubiertas en nuestra época, la mayoría pertenecientes a los tres últimos siglos a. C., junto con el depósito de palabras prerromanas, vivas en las lenguas actuales, conducen a la existencia de dos grandes familias de lenguas muy diferentes: Las preindoeuropeas, no pertenecientes a la rama indoeuropea, que son el ibérico en el Sur y Este de la Península y el vasco en el Norte, a ambos lados de los Pirineos, que subsiste en la actualidad; y las lenguas indoeuropeas, a las que pertenecen el celta, el ligur e ilirio, en el centro y Occidente Peninsular.

Al Sur de Portugal y en Andalucía, existían los turdetanos o tartesios, pueblo, muy rico y de activo comercio, citado en la Biblia, del que se tienen pocas noticias. Los fenicios, presentes por motivos comerciales, fundaron algunas ciudades en la costa meridional: Gádir, Asido, Málaka... Sus congéneres los cartagineses fundaron Cartagena y dieron nombre a Ibiza. Y los griegos también tuvieron sus colonias en territorio levantino, fundando Alicante, Rosas y Ampurias.

Estas lenguas desaparecieron tras la difusión del latín -a excepción del vasco, que sobrevivió a la latinización-, aunque siempre queda el sustrato; la lengua superpuesta no elimina a la anterior, que permanece como en el subsuelo, manteniendo ciertos residuos, especialmente en el espacio léxico y fonético. Los hábitos articulatorios no se pierden; decía Dámaso Alonso, que el acento y la entonación son el alma de una lengua; viven y afloran. En cuanto al léxico, las lenguas preindoeuropeas dejaron algunos topóni­mos y un corpus de palabras, que han pervivido, como: coscojo, mata, sobaco, barranco, sapo, barro, vega, zarza, izquierdo, cigarra, arroyo, bruja, becerro. Así mismo, de las lenguas indoeuropeas -celtas- se conservan, entre otras, las palabras: álamo, losa, rodaballo, broza, huero. En la época prerromana, pues, la Península no tuvo unidad lingüística.

De la romanización de Hispania, existen noticias más exactas. La presencia romana no era más que una hábil maniobra estratégica; Roma, atacando a los cartagineses en su próspero territorio hispano, quería resarcirse del osado ataque que Aníbal había llevado a sus propias puertas. El año 218 antes de Cristo desembarcaron los Escipiones en Am­purias para destruir Cartago, pero se retardaba, no les fue fácil. Y, ahí, comienza la labor romanizadora de Hispania, que se alargó hasta el 19 a. C., año en que Augusto logró dominar a los cántabros y astures. La romanización no fue simultánea y homogénea en toda la Península; se produjo, primero, en la Bética; después, en las costas mediterráneas y en el valle del Ebro; y, por fin, en la Lusitania y los pueblos del norte: galaicos, astures y cántabros. Con la romaniza­ción, tras un período de bilingüismo, que dura un tiempo indeterminado en razón de la geografía y los estamentos sociales, se impone el latín vulgar que hablaban el pueblo, los colonos y legionarios, no el latín clásico. El latín vulgar hispánico desarrolla unas peculiaridades que contienen en embrión los elementos, que van a dar lugar, luego, a la diferenciación lingüística de la Península, en relación con las distintas zonas lingüísticas del Imperio Romano. Estas singularidades se deben a diferentes motivos: Primero, la conquista de Hispania (218 a.C.) se produce en fecha temprana con respecto a las otras provincias (la Galia en 125 a.C.), hecho que puede explicar el carácter arcaico y conservador del latín hispánico. Segundo, el doble avance de la romanización: al sur por la Bética, al nordeste por la Tarraconense, viniendo, luego, a confluir en el área castellana, lo que explica el talante conservador del gallego-portugués, los rasgos innovadores del catalán y la amalgama de ambas modalidades en el cas­tellano. Añádese a ello, que el origen suditálico de la mayor parte de los colonizadores y su extracción social, más bien baja, están en la raíz de muchos fenómenos dia­lectales.

El latín es una lengua indoeuropea perteneciente al grupo itálico que llegó a ser el idioma de un poderoso imperio y de una civilización fundamental en el mundo. Primitiva y rústica se fue depurando por su propia evolución y por el contacto con Grecia y, en la época de Augusto, alcanzó su plenitud clásica dando escritores como Virgilio, Horacio y Tito Livio, maestros de toda la literatura europea posterior. Pero, como es normal, el latín no era homogéneo; el pueblo usaba una modalidad más ruda y fácil en constante y libre evolución; este latín hablado y vulgar mantenía una cierta unidad en toda la Romanía, nombre que recibía el conjunto de provincias unificadas bajo la jurisdicción del Imperio Romano. A finales del s. IV y principios del V, irrumpen los bárbaros y, quebrantando la gran unidad política, destruyen también la unidad lingüística; el latín vulgar comienza su evolución distinta en los diferentes territorios que han quedado desmembrados y desconexionados y, en ese caminar independiente, se originan las lenguas románicas.

Una vez romanizada Hispania, se impuso el latín vulgar entre todas sus gentes, quienes, a pesar de ciertas variedades locales, lo empleaban con la suficiente uniformidad para entenderse entre todos los hispanos y con el resto de los ciudadanos del Imperio.

Pero, sobre los dominios de Roma, incumbía la amenaza de los peligrosos germanos, habitantes de las regiones del Rin y norte del Danubio. A finales del siglo IV, comienzan las invasiones bárbaras, que culminan en el 476 con la destrucción del Imperio Romano de Occidente. Con la invasión germánica, se produce un fraccionamiento del territorio lingüístico románico, quedando aisladas las diversas partes del Imperio, con la consiguiente interrupción de las comunicaciones entre Italia y las provincias, de una parte y, entre las provincias, de otra. Esta incomunicación y la consiguiente depresión cultural van a hacer que el latín vulgar se fragmente, al quedar abandonado a sus propias tendencias en cada provincia imperial, dando así, en cada lugar, soluciones distintas: unas alcanzarán el nivel de lenguas y otras, no pasarán de dialectos.

En España, entraron los suevos, vándalos y alanos; y, tras encarnizadas luchas entre los pueblos germánicos, se asientan definitivamente los visigodos, que adoptan el latín, aunque adaptándolo a sus hábitos articulatorios. Los visigodos introdujeron, en el latín vulgar peninsular, algunas palabras que subsisten en el uso diario: aspa, espía, aga­sajar, eslabón, recodo, escote, ropa, galardón, etc.; de todos modos, más relevancia, que estos escasos aportes léxicos, tiene el hecho de que, en el reino visigodo, se inicia la formación del romance hispánico, que va a mantener una fundamental unidad en todo el ámbito peninsular, por encima de variedades regionales que se producen por el efecto de las lenguas del sustrato y las incidencias de la romanización.

 

Dada la extensión del tema, lo entregaremos por partes, para facilitar su lectura.

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                                                                                                              Camilo V. Mudarra es Lcdo. en Filología Románica

                                                                                                              Catedrático de Lengua y Literatura Españolas,

Diplomado en Ciencias Bíblicas y poeta.

Este artículo tiene © del autor.

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