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EL RETRATO

César Rubio Aracil

ESPAÑA



LO HABITUAL en la vida es que pasen inadvertidos infinidad de detalles que forman parte de nuestra cotidianeidad: la lámpara de seis brazos -¿seis? ¿No es una lámpara de ocho puntos de luz?-, la estantería de... Ay, ya no sé si tiene cinco o seis anaqueles -reconoce cierta dama-. O la talla de la mesilla de noche que, después de veinte años abriendo y cerrando sus portezuelas, no estamos seguros todavía de si se trata de relieves floreados, naviculares o arboriformes. Algo parecido a esto le sucedió a Chata Narváez. Luego hablaremos de ello. Chata estudiaba, dibujaba, planchaba su ropa y dormía en su habitación de siempre. Desde que nació. Era el suyo un cuarto espacioso y bien soleado, orientado al Este por uno de sus lados dotado de amplio ventanal y al Mediodía por otro, igualmente abierto al exterior por una ventana de regulares proporciones. Desde su cama, instaladada en la fachada de orientación naciente, contemplaba a diario el amanecer, antes de levantarse para ir a la universidad. La muchacha no precisó nunca de reloj despertador. Antes de alborear ya estaba ella con los ojos bien abiertos. Su alarma biológica era más que suficiente para que pudiera prescindir de violentos timbrazos o de sofisticados campanilleos. Tampoco de rezos previos o de invocaciones, como hacía su madre todas las noches, para que los espíritus de la madrugada la despertaran a diario. Prácticamente, desde que Chata nació, estuvo regulado su sueño por el agua. Al acostarse, y bien entrada la noche, bebía directamente del jarro, siempre el mismo, que después de cada uso tapaba con una tela limpia. Era como un rito. Se sentaba en la cama, los pies estirados, y, sujetando con las manos la vasija, bebía, siempre al hacerlo mirando indiferente un retrato al óleo de un antepasado suyo. Un pariente por el que jamás hasta entonces se había preocupado de averiguar su parentesco. Después, con el dorso de la mano, se secaba los labios, hacía chasquear la lengua y volvía a cubrir la boca del recipiente con su pañito blanco bordado de flores amarillas. Todo tan sencillo y sobrio, tan justificado por la costumbre, que dejaba huella en el psiquismo de la joven. Claudia, la madre de Chata, no pudo corregir nunca el feo vicio de su hija de beber agua sorbiendo directamente del jarro. Sin embargo, con otros líquidos no existía ese problema. Hasta tal punto era en ella inmodificable su hábito que en la mesa, en familia, cuando se servía la comida, no bebía agua; prefería ir a su alcoba y hacerlo allí si en alguna excepcional ocasión lo necesitaba. Cierta mañana de primavera, al despertarse, Chata bebió como de costumbre, aunque en esa ocasión el instintivo ceremonial cobró un nuevo significado. Al llevarse el recipiente a la boca posó su mirada en el cuadro de su antecesor; lo normal. La obligada postura al beber, orientaba sus ojos en dirección al retrato. Pero aquella vez descubrió algo en lo que nunca había reparado: la mirada del viejo, resentida. Como si en los ojos de aquel hombre, grandes y un tanto melancólicos, hubiera quedado el reflejo de algún profundo pesar. Dejó Chata el jarro encima de la mesilla, lo cubrió de nuevo con la blanca tela y trató de acomodarse en la cama, doblando la almohada para reclinar en ella la cabeza. En esa postura podía contemplarse cómodamente la figura del viejo señor que, desde el lienzo, el semblante contrariado, la miraba -"¡huy!, como si estuviese vivo!"-, con ese aire de enojo... Estaba a punto de amanecer. La confortable postura de la joven -torso inclinado, cabeza alta y piernas estiradas, permitía desde tal posición abarcar con la mirada todo el esplendor de la alborada. Pocas veces en su vida había desaprovechado las ocasiones de contemplar la amanecida desde la cama. Cómodamente sentada, apoyando la espalda sobre el tablero de la cabecera del lecho, apenas si tenía que girar un poco la cabeza para extasiarse, sobre todo en los precisos instantes en que el sol comenzaba a apuntar, la amplia gama de tonos naranja degradándose desde el más intenso -cuando el sol encorva el horizonte-, hasta perderse en la clara luminosidad de la mañana. A la policroma perspectiva, la suma del cromatismo sonoro; esa alborada de trinos, lejano murmullo de olas, cantata de gallos... toda la música, medio rural, medio marinera, del campo lindando con la mar, filtrándose por los intersticios de la copla mañanera, del avemaría del alba, de los armónicos del corazón. Chata contempló una vez más el grácil espectáculo crepuscular hasta la culminación del orto. Pero una extraña sensación había dejado en su alma la mirada dolida del hombre del lienzo. Se trataba de un cuadro de más de un metro de alto y de proporcionada anchura en relación con su longitud. Sobre fondo gris claro, él, el viejo, vestido de negro y sentado en repujado sillón de cuero, la miraba clavando sus ojos en los de la chica. Entre sus piernas un sombrero, también negro, reposaba su pulcritud. Cierto día, mientras desayunaban el matrimonio y la hija, Chata preguntó a su padre:
-  Papá, ¿quién fue ese señor del cuadro de mi habitación?
-  ¡Ah!, sí. Se trata de tu bisabuelo por parte de tu madre. El padre de tu abuela materna. Don Plácido Benavides se llamaba. Fue un hombre muy ilustrado, notario de este pueblo, que, según dicen, tuvo serios problemas por cuestiones políticas. Parece ser que apostó por los humildes, ya ves, y se le echaron encima los caciques y el Clero. Le hicieron la vida imposible. Fue un hombre valiente por lo que sé; el garbanzo negro de su poderosa familia, que acabó por repudiarlo. Poco más sé de él. La madre de Chata nada sabía ni deseaba saber de su abuelo Plácido. A ella que la dejaran tranquila con sus labores; lo que sus antepasados hubiesen hecho poco le importaba. Pero Chata no se conformó con las escuetas explicaciones de su padre. Investigaría por su cuenta. Si realmente fue notario como su padre decía, si tuvo problemas con caciques y curas por apoyar a las capas populares, era casi seguro que algún destacado incidente originado por su conducta quedaría registrado en, al menos, la historia local. Por tanto, lo primordial era averiguar entre la extensa bibliografía histórica de la universidad. Y allí dirigió sus pasos, buscando entre los documentos de aquella época. Como no conocía la fecha de nacimiento de su bisabuelo, husmeó primero en la facultad de Derecho, por si figuraba su nombre por alguna parte. Hasta que pudo hallar, entre la documentación notarial, el nombre y apellidos de su lejano pariente: Plácido Benavides de la Fuente, nacido el 23 de mayo de 1890, cuando contaba treinta dos años de edad fue detenido por los incondicionales del régimen de Primo de Rivera al haberse pronunciado contrario, en un discurso, a las palabras de don Ángel Ossorio y Gallardo, que llegó a escribir: Cuando los sublevados se jactan de haber recogido el ansia popular, tienen razón. En lo íntimo de la conciencia de cada ciudadano brota una flor de gratitud para los que han interrumpido la rotación de las concupiscencias. No podía él, Plácido Benavides, que tanto había luchado por el orden y la justicia desde la constitucionalidad, permanecer en silencio ante la debilidad de la Corona asociada a la prepotencia de un dictador, y que los acontecimientos hiciesen claudicar a políticos como Ángel Ossorio y Niceto Alcalá Zamora. Fue encarcelado durante un corto período, que no se hizo más largo gracias a la intervención de su padre, adicto al Rey, al Clero y al Régimen. Lo que sucedió después es algo propio de ser contado por la Historia. Chata pudo documentarse bastante a fondo acerca de la vida y obra de su bisabuelo, y desde entonces sintió admiración y respeto por él. Pero esa mirada... Siempre que Chata se acostaba, y al despertar, o cuando estudiaba o planchaba, la mirada de su bisabuelo la perseguía desde cualquier lugar donde la muchacha se encontrase. Colgó el retrato en la pared lateral a la cabecera de su cama, para que los ojos del viejo no se pudieran posar en los suyos. Nada: seguía mirándola con su puntito de reproche y melancólico sentimiento de abandono. Como si aquellos ojos estuviesen dotados de vida, pidiendo desagravio. "¿Cómo es posible", se preguntaba Chata "que unos ojos pintados en un cuadro puedan decir tanto?" Desde lo más hondo de su ser, Chata pudo escuchar una extraña voz que le decía: "Nunca unos ojos que han contemplado la pobreza y comprendido la rebeldía de la miseria podrán callar". Desde aquel día, Chata colgó el cuadro en el lugar en que siempre había estado ubicado, y, desde la cama, cuando se acostaba, le rezaba una oración a su bisabuelo.

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