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YAHVÉ, ALÁ, DIOS ES AMOR

Tres pueblos, tres religiones

Camilo Valverde Mudarra

España



El siglo XXI, con fragor de atentado y tenebroso terror, ha venido a hacer actualidad lúgubre y desgraciada el enfrentamiento entre civilizaciones.

YAHVÉ, ALÁ, DIOS ES AMOR

Camilo Valverde Mudarra

El siglo XXI, con fragor de atentado y tenebroso terror, ha venido a hacer actualidad lúgubre y desgraciada el enfrentamiento entre civilizaciones. El conflicto religioso entre un pueblo oriental de mentalidad primitiva anclada en eras ya superadas y la sociedad secularizada occidental instalada en el progreso técnico-científico y posreligioso, en el consumismo y en su injusta distribución de la riqueza, es una lucha entre el Medievo y la Modernidad.
Las tres religiones monoteístas, llamadas del libro, Judaísmo, Islam y Cristianismo, aun con patentes puntos comunes, por su coexistencia de amplia tradición cultural, no son iguales. El Islam y Judaísmo, junto con sus postulados teológicos y cultuales, imponen un modo de civilización, en el que ordenan todo el entramado social desde el Estado a la familia. Pero el Islam imbuido de sus raíces árabes, a diferencia del Judaísmo, se siente movido al proselitismo, tiende a la expansión, a convertir al infiel, lo que le lleva, desde sus inicios, a la guerra. Y, en sus naciones, hubo y hay dirigentes religiosos que gobiernan bajo un sistema único en el que detentan, de modo absoluto, la autoridad civil, militar y jurídica.
Por el contrario, el Judaísmo es intimista, informa la vida interior, vive su mundo hacia dentro y no exige la conversión. El pueblo judío siempre ha encontrado insalvables escollos en su desarrollo; y siempre ha tenido que luchar y defender su supervivencia, por lo que ha sabido mejor que el islámico adaptarse a los cauces del avance social y económico y al progreso y formas modernas. Caifás era, al mismo tiempo, sumo sacerdote y jefe de la autoridad política, así como el Templo fue el centro civil, económico y religioso de los judíos.
El Cristianismo, desde su origen, se desentiende del modelo de Estado y del ordenamiento social en una clara distinción de los poderes políticos y religiosos. De hecho, siempre ha luchado por mantenerse independiente del estamento civil en un complejo y difícil status de convivencia que caracteriza la historia de Occidente. Es la denominada ’autonomía de lo temporal’ que ejerce el Estado frente al dominio espiritual que se reconoce a la Iglesia. De ahí que, desde la Ilustración, comiencen a despuntar las fuerzas secularizadoras que darán lugar a las formas de gobierno laico y democrático emanadas del propio Cristianismo. El viejo y conocido clamor de ¡Libertad, Igualdad y Fraternidad! de la Revolución Francesa hunde su grandilocuente raigambre en las seculares esencias evangélicas. Es curioso que el más profundo fundamento de la democracia nazca en territorios de honda tradición cristiana; así como los valores democráticos se asientan en la soberanía civil diferenciada de la religión, que genera la libertad religiosa y la ’revolución industrial’ de base burguesa y cristiana que transformó el modo de vivir de gran parte del mundo.
El Islam asimila con gran dificultad la democracia y el espíritu de la Modernidad. Cuando ha buscado el desarrollo económico y querido asentar los valores modernos, sin desprenderse de los propios de su cultura y religión, se ha topado con el fracaso; por eso, aquellos intentos acomodaticios de socialismo y nacionalismo en Irán y en Egipto, despreciando las estructuras occidentales, resultaron también inútiles. Lo lleva en su miope ostracismo cultural y religioso, en su concepción dictatorial que, en torpe simbiosis, liga los aspectos religiosos con los asuntos políticos y civiles; en ingenua autoexculpación, Satán viene del otro lado, del colonialismo opresor y del Injusto Occidente.
La permanencia espacio-temporal del pueblo judío en sus caracteres étnicos y religiosos es la nota extraña y peculiar; ello por dos razones: por la dificultad de convivencia con su entorno que ha tenido siempre y tiene; y por la enemistad, odio y persecución que suscitó siempre y suscita por donde pasa. Medos, persas, romanos o visigodos son pueblos del pasado que sólo quedan en el recuerdo y en la raíz de naciones hoy muy diferentes. El recelo y la aversión hacia los judíos es anterior al cristianismo, fue Manetón, historiador egipcio de s. III a.C. quien entabló y difundió la motivación difamatoria que el cristianismo aprovechó, pero que no deja de existir también entre los musulmanes.
Tras Vespasiano, con Tito vino la destrucción del Templo y la orden del destierro; ahí comenzó la diáspora. Algunos se instalaron al Sur de la Península Ibérica, donde muy pronto encontraron el rechazo de los primeros cristianos, que no cesa a lo largo de siglos con todos los diferentes gobernantes godos, árabes o cristianos hasta la expulsión en 1492. Ni siquiera los conversos o marranos consiguieron librarse de los odios y persecuciones de los cristianos viejos. Tienen de siempre idea exacta de ser distintos y especiales, aunque hayan nacido en otras naciones o se hayan convertido. Tildaban de envidiosos y crueles a los españoles, estos, a su vez, los consideraban muy diferenciados, orgullosos y avaros, sin que el establecimiento entre los nativos produjera su integración y lograra extirpar sus particularidades (judías), siempre plegados al poder y al dinero, recaudación y usura, en España y allí, donde fueran. Siempre han encontrado una constante y general (mundial) hostilidad. Esto pone en entredicho la creencia de la convivencia de las tres culturas. Los judíos y conversos y los cristianos viejos se odiaron y se persiguieron con saña, hasta caer en la garra de la inquisición. Tampoco existe la convivencia con lo árabe/musulmán que están ocho siglos con la espada o el alfanje en la mano y pocos libros e iglesias paleocristianas o hispanogodas se libraron de la furia guerrera de los árabes-musulmanes.
La integración de estos tres pueblos y religiones no se ha dado nunca ni es fácil que se produzca jamás; la mentalidad y concepción del mundo es muy diferente, el nivel cultural y el ámbito del conocimiento muy distintos y el campo de tolerancia y ánimo de concordia y fraternidad no lo conocen, aunque lo exigen para sí mismos. Tal vez, el cristianismo, despojado de egoísmos y teorías y de intereses personales, sea el único resquicio de esperanza, si se impregna el mundo del Infinito Amor de Jesucristo: “Amaos los unos a los otros” (Jn 15,12) y de la tesis de San Juan: Deus Charitas est” (1 Jn 4, 8).
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Camilo V. Mudarra es Lcdo. en Filología Románica
Catedrático de Lengua y Literatura Españolas,
Diplomado en Ciencias Bíblicas y poeta.

Este artículo tiene © del autor.

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