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MUJER, NO TE FÍES DEL VERBO MASCULINO

César Rubio Aracil

España



No te fíes de mí, pero ámame. Como siempre, necesito tu comprensión y tus caricias.

Como te lo digo: no te fíes. ¿Crees -pero de verdad- que el avance femenino en su justa lucha por emanciparse de la tiranía machista, es una realidad incuestionable? Yo, sinceramente, lo considero un retroceso y te diré por qué.

Escúchame con atención, te lo ruego, aunque te advierto que, cuanto menos, debes dudar de mi palabra. No porque yo sea un mentiroso patológico -que lo soy en algunos casos, sobre todo cuando se trata de conquistar a una mujer-, sino por llevar en mis genes, como todo varón, el germen de la astucia animal. Incluso si me consideras un ingenuo -que también lo soy-, insisto, no te fíes. Y ahora, vayamos de cabeza al grano para no alargar la retórica a la que tan dado soy.

Os estáis conformando con bagatelas: que si hemos alcanzado la paridad en el gobierno tal, que si somos mayoría en la Universidad, que si hemos logrado en gran medida el compromiso de nuestros respectivos compañeros en el hogar (hacer la cama, pelar patas, fregar cacharros de cocina, limpiarle el culo a la nena, etc.), que si tal y que si cual... ¡Menudencias inútilmente satisfactorias! Mientras sigáis aureolando vuestras neuronas con las galas de efímeros triunfos y, pletóricas de entusiasmo, olvidéis, o mejor dicho ignoréis que el arma letal del macho es su poder de seducción por la palabra, estaréis irremediablemente derrotadas.

Muchos varones: escritores, periodistas, juristas, financieros, curas atrevidos y, no menos, malandrines de la quisicosa o cosa extraña, claman en los papeles por la liberación de la mujer. Los mismos que, en bastantes casos, maltratan a sus respectivas, tanto de palabra como a palos. Sin embargo mola, sirve de diversión (sin sonreír ante nadie cuando os defienden a ultranza) y, por añadidura, crea prestigio y acumula más poder masculino. Tan, contentas, ¿no?, como si con ello -ditirambos y zalemas-, con cara de aleluya, os sintieseis encumbradas en el fértil carrujo de vuestra verdad. Pues no. Estáis en un estólido error. Sois utilizadas con fines innobles, porque al macho le molesta el ruido y, no digamos, el estruendo. ¿Qué queréis, paridad parlamentaria? La tendréis. ¿Conseguir la estola e impartir la comunión? Lo alcanzaréis, qué duda cabe, cuando el pandemónium de vuestras atipladas voces haga insoportable el brujuleo metan varonil. Mas seguiréis siendo víctimas propiciatorias en el altar macho, porque vuestra poderosísima arma, la “rosa”, la cedéis, a veces sin recato, no para vencer al dios que os sojuzga, sino con la equivocada finalidad de alcanzar el poder secundario con que os sentís cómodas reinas. No, mujer. No procedas de modo tan ineficaz. ¿No te das cuenta de que cuando el macho se pelea es, en casi todos los casos, por ti, aunque no tengas la culpa de que la Biología lo haya dotado de una fiereza sin igual para poseerte? Aprovecha esa circunstancia, no para instalarte en el Parlamento sino detrás del mismo, desde donde los altos ejecutivos de las finanzas, los militares con rango y los purpurados dominan el mundo con la ayuda incondicional de los políticos. Cuando te acomodes en el solio pontificio, dirijas las batallas desde suntuosos despachos y encauces la economía mundial, pasarás a ser dominadora en vez de seguir siendo esclava. Lo ves difícil, ¿verdad? Yo también.

Mujer, ¿sabes por qué te cuento estas cosas? No por serte sincero (¡qué risa, veraz el macho!). Es por otro motivo que quizás hayas adivinado: mi vejez. Ahora te necesito para que cuides de mí: el cafelito por las mañanas, los calzoncillos pasados por lejía para borrar de mi memoria las huellas delatoras de la senectud ¡(“Mary, amor, que me meo! Ahora te atenderé, cariño”); también, para pedirte un pequeño préstamo que necesito; para que entiendas y perdones mis carencias... Me callo. Ahí, en ese punto crucial, termina mi franqueza .Pero yo sé que me perdonas, porque has nacido con la sensibilidad que conduce a la derrota. Por eso nunca, jamás, podrás dirigir batallas desde despachos suntuosos ni sentarte en el trono papal y, ¡ni que lo sueñes!, gobernar el dinero con que el macho te maltrata. Sí, amor, el macho; porque hablar del hombre es otra cosa, otra cuestión, otro acontecimiento que algún día, cuando hayan transcurrido no sé cuántos millones de años más, aunque el macho siga siendo macho, la hembra, además de serlo, habrá alcanzado el noble título de Mujer en la mentalidad masculina. Pero no te dejes embaucar por mis palabras, amor, porque sigo siendo, como la mayoría de varones que pueblan la tierra, no un Hombre (sí, con mayúscula), sino un ente que piensa con los testículos.

Augustus.

Este artículo tiene © del autor.

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