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Desde cerca... el otoño

Ángeles Charlyne

Argentina



El viento castigaba, arremolinando hojas perdidas por los árboles en su vana resistencia.
El lugar se alzaba en medio del sendero que bifurcaba más adelante; el piso de tierra roja apelmazada, lucía como un terciopelo, doblegado por el paso del tiempo y la gente. Más adelante, los tonos mutaban amarillos y dolientes, a medida que se alejaban, claros indicios de un otoño desatado, próximo a rebelarse.
Las cabezas gachas prolongaban el ánimo tendido por las plantas que, como los de la gente, pugnaban por erguirse desafiantes, para librar la penúltima batalla contra la inminencia de la muerte.
El señor de gris, oscuro y triste como esa mañana, seguía -escoba en mano- concentrado en su tarea, vitalicio a la señal del desajuste. Como todos los días barría esas señales, menuda tarea la de espantar miserias, para dar paso a otras decadencias.
El cesto recibió la palada crujiente, burlando verdes y pasados. Los restos ocres y desnudos, se agolparon junto a otros pasajeros de la inutilidad.
Adelina tejía inviernos, sentada en el mismo banco de siempre. Cauce abajo, la gran bufanda destinada a su nieto, se extendía tan larga como la medida de los olvidos; se quejaba y arrastraba polvo herido de ausencias.
“Tono” conversaba con su compañero de pieza, seguramente contándole historias sobre una Italia propia y ya perdida, su llegada al país que nunca más sería el mismo.
La anciana del vestido a lunares y mantilla al crochet, protegía su cabeza con una sombrilla rayada, cuidando que la ráfaga de aire fresco, no despeinara su larga cabellera blanca y rala.
Don Marcos trataba de leer el diario, observando el giro impertinente de las páginas, claudicando quietud, pero resignadas al vuelo, para él una burla demorada en el punto de la comprensión.
Tuve la sensación que el sauce lloraba desaires y que sus afiladas ramas reverenciando el suelo, chúcaras buscando orgullos, desprendía otra amarga despedida.
Los amarillos de la estación ocupaban espacios vacíos, preparando inviernos finales, mientras que mi alma flameaba roja, sacudida y vulnerable, una esperanza de goma en medio del mar, capaz de tragarlo todo, para volver a transitar la historia.
El césped recogía pisadas y desamparo. Los transeúntes del lugar caminaban, bajando la dolorida y descolorida mirada, hasta internarla en lo profundo de sus raíces, hurgando en la memoria, una cuchillada desenterrando recuerdos.
El gato, propietario de alturas, maullaba trepado a los techos. Un sonido lastimero y cercano, que iba desapareciendo camino a nuevos y misteriosos horizontes, que nadie adivinaba, imaginaba o simplemente deseaba.
Me busqué en el cielo para encontrarme, aunque más no fuera retazos que quedaran, pero no me encontré ya que me había ido de ahí hace tiempo, según el maestro felino.
Las nubes aparecidas como llegadas de una postal nevada, me volvieron a confundir. Era en otro espejo donde hoy me miraba. Es cierto que hay paisajes ignorados si uno no distingue los pasajes.
Regresado al devastado jardín donde formaban fila mis compañeros, listos y aguardando,
me llegué hasta ellos para contarles, advertirles, señalarles, transmitirles. Parecían dispuestos a escuchar. Todos miraron hacia arriba, intentando divisar la silueta del animal maestro que había regresado dando ordenes.
La escalera de madera azul, se hallaba repleta de flores blancas y celestes, que enmarcaban, engalanando, las barandas y desprendiendo extraños y bellos aromas. Una escalera al cielo y a la intemperie del relevo, trepar peldaños hacia la libertad.
Mi primo José se quejó por la espera, sus ochenta y cinco años tenían prisa; todo le resultaba tedioso, hasta la respiración agitada por los plazos invisibles. La cama rota, recostada contra la pared, se había cansado de soportar ciento diez kilos de diabetes y la hostilidad de la desesperanza que los rodeaba.
Maruca, mi vecina, temblaba fría y pálida, sujeta al respirador, pero dispuesta. No había nadie más para correr la sabana del final y extender la mortaja del adiós. Estábamos tan solos y abandonados que hasta soñar, resultaba insoportable.
Nuestros amigos habían desaparecido. La presencia de parientes había dejado de existir, ni hablar de las visitas. Los médicos habían fugado cuando descubrieron el túnel gris que conectaba a un mundo placentero.
Nunca olvidaré el día que la enfermera Taborda vino a verme para alcanzarme el medicamento que, rigurosamente, debía suministrarme, por orden explícita del doctor Giménez.
El comprimido misteriosamente estaba tibio como sus manos. Aquel día fue el último que la vi. Me dijeron que diversos problemas, achaques, gordura y años, la habían vencido y la vida se había tornado difícil de sobrellevar, por eso decidió emprender viaje... “un viaje desestresante” se rumoreó, pero sospeché que había seguido el mismo camino.
Yo sentía afecto por la gorda Taborda, me hacía acordar a mi tía Lola. Tenía ojos claros y grandes como ella y las pocas veces que se enojaba fruncía el ceño, dejando ver unos bellos y simpáticos hoyuelos, estacionados a ambos lados de la mejilla.
“La gorda” era alegre, un canto a la vida. Yo decía que no era para este mundo o mejor dicho... no era de este mundo. Supe más tarde que no me había equivocado.
Cuando se acercaba envuelta en su camisola blanca, parecía lista para remontar vuelo, pero ¡claro! era importante su contextura, como para lograr que el milagro se produjera.
Taborda cerró el puño y me dijo -Cuando decidas, tómala, ni un minuto antes ni uno después.
Y así lo hice. Ahora he vuelto para ayudar a los que quedan... sobre todo ahora, que Angélica mi mujer, también se ha ido.
“Quiero probar que se siente cuando el gato de la noche ceda paso al alma”. Banda en fuga.
“Yo quiero ser quién ronronee, lustrando la oscuridad para aclarar pesadillas”. “Y quiero estar sentado en las nubes, blanqueando dudas”, me dije.
Otro gato de relevo surgió para escalar los techos del nuevo geriátrico. Los ancianos recientes, seguían llegando para ocupar el lugar del desperdicio, los asientos de la decadencia.
El maestro, de ojos rasgados que ven en la oscuridad, -“quiero creer que lo sea”- , silbó un agudo maullido para estrenar la torre de mando y volví a presentarme, como un viejo soldado de la causa desconocida para alumbrar, aliviando pesares, en el camino del otoño.

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