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TIERRAS SOLARIEGAS DE LA MESETA CASTELLANA

Fragmento

Valentín Justel Tejedor

España



Bajo un cenobítico silencio, los madorosos y mansejones bueyes alomaban los terrosos pejugales, mientras el implacable sol castellano refulgía con intensidad sobre las  planchas metálicas del lignario cetril que les separaba; sus aspérrimas pezuñas pisoteaban las excrecencias  y sumidades de un terreno enjuto, seco, y polvoriento. Así, al llegar a la espuenda, muy cerca  de la desrayadura que linda con los incólumes ceneros, donde crecen los jaldes codesos, el  labriego detiene lentamente la yunta, para alzar su velloso brazo, y retirar de su frente con el revés de  la palma de su mano, las ardorosas gotas de sudor que empañan sus ojos. Tras retirar la acuosa veladura dirige su mirada hacia varias cigúeñas de gran envergadura, que sobrevuelan en ese momento los  sativos campos limítrofes, y un robledal cercano que destaca en el monótono paisaje, por su verdejo color, en contraste con las rasas y allanadas parcelas, cuya cromática se tizna por el albazano de  la cebada, y el azafranado del trigo.

El labriego dirige sus pasos por el verdegal hacia un sáxeo pozo de caliza  que se halla situado en ese ángulo de la heredad, junto al acirate; una vez allí coge un caldero plateado, (que al ser manipulado emite unos metálicos sonidos reverberantes verdaderamente eufónicos), y lo  desliza con ayuda de la polea hasta el fondo de la oquedad, una vez llenado el acetre de agua, lo  sube enérgicamente para refrescarse con la pureza y frescura de un agua límpida y freática.

Así, tras saciar su sed, el labriego invoca a su fiel perro alano, una mezcla de dogo y lebrel, un ejemplar corpulento y fuerte, con la cabeza grande, las orejas caídas, el hocico romo y arremangado, la cola larga y el pelo corto y suave.

El perro juguetea a solaz durante unos instantes con su amo, y le sigue a cada paso que da, ladrando y cruzándose en su camino, estorbándole en su recta andadura.

Así, mientras el cielo comienza a teñirse de un degradado tinto aloque, la yunta, el quintero, y su fiel animal abandonan la finca por una estrecha servidumbre cuyos márgenes se hallan flanqueados por terrosos caballones, en su lento caminar pasan junto a una pequeña ermita  románica, un templo exigüo, empedrado con horizontales hiladas, con escasos vanos, y un fresco  interior en el que resalta la imagen de un Cristo yacente, que impresiona por su hiperrealismo, pues  parece como si las gotas de sangre verdaderamente pandearan por entre la maltrecha dermis del Ecce
Homo. A su lado una figura mariana, con un manto célico, y una virginal corona orbicular, que  proporciona al  lugar  un carácter  ciertamente místico, asceta y espiritual.

Así, en su marcha hacia el pueblo, escuchan los estremecedores aullidos de las  sanguinarias manadas de lobos, que se ocultan en los sotos y matorrales de las serrezuelas que rodean el ejido cercano a la aldea; ya con la noche vestida entran en las primeras callejas de la merindad, el afásico silencio se ve únicamente quebrado por los incesantes ladridos del perro, con los que pretende amedrentar a los astutos y voraces lobos, que acechan en las proximidades del villorrio. Al llegar a la vivienda, el labriego abre el portón de madera tachonado con grandes clavos romboides, con una gran llave parcialmente herrumbrosa, y sirviéndose de su vara de fresno dirige la yunta  hacia el establo situado junto al patio de la rural construcción.

Horas más tarde, sentado junto a la inactiva chimenea en una rústica y  barnizada silla de madera, acomodada con dos grandes cojines rellenos de pluma, los cuales, le proporcionaban la misma comodidad que si estuviese aposentado en un gran sitial de ceremonias, fuma  con placer un cigarro en envoltura de papel, el cual, desprende un humo denso y cano, que impregna  sus rancias vestiduras, y todo aquello que encuentra a su paso,  creando en aquel  interior una atmósfera calinosa y acelajada.

Mientras saborea el tosco cigarro, ingiere varias copas de un aguardentoso  licor anisado con elevada graduación alcohólica, lo que le causa un leve estado de embriaguez, que se  manifiesta en una absurda e incontestable conversación con su fiel cánido, que tumbado sobre una vieja estera de esparto con las pleitas destrenzadas y abiertas, parece escuchar la pastosa,  y a veces ininteligible locución de su ébrio, cansado  y solitario amo...(...)

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