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El pájaro del alba

César Rubio Aracil

ESPAÑA



Se trata de un relato lírico de pura invención. Un hombre cualquiera desea transformar en amistad lo que ha sido una traición sentimental. ¿Podrá conseguirlo?

¡La he amado tanto ...!, entre mis brazos la luz de un nuevo día. Pero el tiempo y los fantasmas de la mente han matado el gozo de sentirme un dios en su memoria. Yo me creía sahumerio en su corazón dolorido, enamorada espora que ella acariciaba como reliquia de nuestro pasado, hecho presente en su alma enferma; fecunda semilla que aromatizaba su dolor, su angustia, el anhelo que la mantenía firme en el amor dormido, a la espera del  Pájaro del Alba. Me decía que una tenue lucecita la animaba a seguir viviendo, a corresponder a mi amor con las únicas fuerzas que la asistían en el abismo en que se hallaba sumida. La creí a ciegas; con la vibrante energía de la huella de sus besos, de sus caricias, de sus palabras convertidas en credo de la religiosidad pagana que en mi espíritu habitaba. Pero el destino ha querido cobrar sus favores  al alto precio del desengaño.

"Hoy mi caída es una flor negra más en tu dolor, y en el incierto futuro que te espera, la sombra de mi amor irá contigo. Gozarás en otros brazos, sentirás en la fiebre de otros labios mi inocencia, e invocarás a la Vida para que te auxilie, mientras en constante plegaria habrás de rogar a no sé qué sublime resplandor, esperando de su gracia mi consuelo. Mas sé tú, como lo deseas, camino abierto a la libertad del beso.
 
 "Acabo de brindar por ti en la soledad de las almenas, sin plenilunio ni erráticas luciérnagas acompañando mi silencio; evocando nuestro ayer para brillar con luz propia y obsequiarte con mi último presente: el recuerdo de una rosa deshojada. Con champán y seco llanto, con el dolor de la vida aullándole a mi sangre alborotada. Y no me has escuchado cuando en mi copa lucía la esperanza de tu confesión sincera. Yo, que te creía con el valor del mirlo sofocando con sus trinos la niebla en el asfalto, he tenido que humillar mi rebelde impulso para no maldecirte, ni odiarte ni borrarte de mi mente con el rojo esmeril de la pasión traicionada, como me dijiste que lo haría en algún momento. Ya ves, no te maldigo. Erraste al pensar de mí de esa manera, aunque me tengas postergado en el arrumbadero de tus sueños y uncido al yugo de la obligada comprensión con que acaricio tu amargo sufrimiento. Porque no soy libre del dolor que comparto con el tuyo en la sinrazón de un amor que ya es olvido. Mas no ignoro que el latido del tiempo habrá de acompasarse al pulso de la sombra silenciosa que nos sigue a todas partes. Ayer éramos dueños de la oscura catacumba, donde la noche aromatizaba nuestros anhelos con las fragancias del suplicio compartido. Nos amábamos al socaire de los versos que yo iba componiendo con la música de tus besos y la convicción del enamorado sintiéndose a salvo del inminente peligro del adiós, aunque en el hondón del alma aletease inquieto el Pájaro del Alba. He brindado por ti y por el andante de una triste canción que no es la tuya. Porque sé que el paso lento de tu música sin alas te hará sentir paloma en el exilio. Pero aún te queda la memoria, donde podrás mecerte en tus días de infortunio. Volarás entonces por los extensos páramos donde ayer -jardín en el que cada flor llevaba impreso tu nombre-, temiendo ser destronada, yo fecundaba con mi amor los pistilos de las tímidas margaritas que tú me regalabas al pie de un algarrobo, en los ocasos de oro soñando tus albores.
 "Te sentirás señora acrisolada del recuerdo, aunque es triste evocarte como un misterio desvelado. Porque ya no hay magia en el deseo de seguirte a lo largo del túnel donde te guareces, ovillada en el sopor de tus ansias.
 "¿Recuerdas al poeta?: Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido. Eso pienso cuando, sintiéndote en el pecho como un latido de miedo, maldigo ser cobaya de los dioses y el Destino.
  ... y es tan largo el olvido".
 En copa de cristal escancio el champán de mi noche sin estrellas. Brindo de nuevo, mi sonrisa convertida en carcajada cuando la elación nocturna estimula la rabia que me invade:
 "¡Por los brujos del Cielo, envenenada mi copa con la rebeldía de la impotencia de sus hijos en la tierra!"

 ¿Qué es el amor?, me pregunto. No hay respuesta. Una maravillosa irracionalidad, una quimérica locura ..., un salto a la nada, donde el corazón palpita al ritmo enajenado del mundo. No hay respuesta. Sólo sé que esa magia, ese misterio comprendido entre la mirada electrizante y el adiós, es lo que me tiene preso. No con cadenas; no, ya, sujeto con grilletes. Pero sí, atado al palo mayor de mi navío a la deriva con los hilos de seda conchal de mis sentimientos. Mas no quiero seguir especulando, sino mentirme para mantener la llama que un atardecer prendí cuando, ignorando que el futuro ya estaba preparando mi destierro, la amé hasta sentir en mis arterias el orgasmo del Pájaro del Alba. ¡Cómo la amé, Dios mío! Gratifiqué su amor con un beso, sus ojos deslumbrados por lo que acababa de escuchar de mis labios. Me aseguró que nunca su pareja le había agradecido los favores que ella le hacía, ni siquiera cuando en el tálamo, por vez primera, se poseyeron. Tal vez vio en mis pupilas la rabia contenida. Yo no podía comprender que, tras la entrega, un hombre fuese capaz de olvidar lo inolvidable. Y entonces la besé de nuevo, para que sintiera en su boca la dulce caricia que le negaron cuando el amor acababa de florecer, y de agostarse en las propias mieles de una noche tan extraña. Me sorprendió que pronunciara esa terrible frase: "Mi pareja nunca me ha agradecido los favores que le he prodigado en el lecho". ¿Favores?   Favores era lo que le hacía, por la ineludible obligación de someterse en cuerpo nada más, ya que no hay ley capaz de escrutar los misteriosos escondrijos del alma; del alma que ella nunca le entregó. La compadecí con una inmensa piedad que jamás le he confesado. También comprendí que si en la pareja el sexo predomina sobre las demás sensaciones, el pequeño espacio de auténtico amor que le queda al hombre, debe ser mimado con la veneración del beso. Porque es en los labios donde el alma se expresa con todo su fulgor.
 ¿Cómo olvidar el sacrificio de esa mujer cuando me decía que en mis ojos brillaba la lucecita que nunca quiso apagar, aunque la fuerza del destino la haya extinguido para siempre? ¿Cómo profanar con la densidad del odio los gratos recuerdos que el tiempo habrá de borrar de cada una de mis células enamoradas?  Me quedarán la impronta de un desliz, la amargura del desamor y, como siembra de mis tretas amatorias para sentirme amado en el rincón de los celos de la mujer que me lo dio todo, la esperanzadora luz de la comprensión.
 Ella me lo dio todo; yo, también. Nos hemos entregado nuestro propio cielo y las miserias del engaño. Ninguno de los dos nos debemos nada que no sean la pasión, los besos que nos hicieron felices, y ese temblor de estrellas fijas que en la caricia nos hacía vibrar como adolescentes enajenados. ¡Cómo te quise, amor! Pero la siniestra, desconocida sombra de nuestro sino nos ha envuelto con sudario de marchitas rosas.
 "Ya no estás en mí, sino en los brazos del azar. A expensas de otros besos y caricias, de otros poemas sonorizando tu silencio enamorado. Escucharás el rumor de la hojarasca en el invernal sopor de tus noches sin destino, y cuando aúlle el lobo de la dicha amortajada, desde el recuerdo de nuestro adiós partirás hacia las cimas donde anida el Pájaro del Alba. Allí estaré, espíritu inmortal de los besos que te di, esperando tu llamada.
 "Era tanto el cariño con que te expresé mis sentimientos, era tanta la pasión con que me amaste, que aún recuerdo con el calor de tu mirada -tus uñas hincándose en mi convulsa carne- el grito triunfante del amor. ¿Lo has olvidado?: ¡Te siento! ¡Cómo te siento! Me sentías, como yo a ti sin palabras. Sin nombrarte; encaramado en el árbol de la dicha al creerme poseso de tus besos de súcubo indomable. Y entendí sin razonamientos que el cielo está debajo de las piedras, donde el demonio del amor, a la siniestra del demiurgo, compite con los ángeles.  ¡Te siento! ¡Cómo te siento! Quiero oírtelo decir aunque me mientas. Tal como me has negado la verdad de tu adiós en otros brazos. Con las mismas palabras con que me decías te quiero cuando de verdad me querías. Aunque tu mentira me haga reo de mis propias contradicciones. Quiero escuchar de nuevo la mágica sonoridad de tus ardientes palabras cuando el gozo de la vida te coronó reina de mi templo. ¿A qué esperas? ¿Acaso has sentido en el andante de tu canción, en otra boca, el tempo prestíssimo de la mía, lírica y fascinante -tú me lo decías- como enloquecidos cangilones en un río desbordado?
 "Callará tu boca, mas no tu corazón cuando despierte de su letargo.  Sé que necesitas amar como me amaste, y eso será tu perdición si persistes en el empeño de duplicar la llave maestra que abrió las puertas de tu liberación sonora. Yo fui quien te enseñó el paraíso por vez primera, y tú, en correspondencia a la ofrenda con que mis sentimientos te rescataron de las tinieblas, me enseñaste lo que no es dado revelar. Y si me crees espíritu de algún nabí perdido en la somnolencia de los siglos cuando te digo que callará tu boca mas no tu corazón, que tu sonrisa sarcástica no me hiera como me hiere tu pernicioso silencio. ¿Acaso tu ceguera de mujer apasionada, de hembra maltratada y de salvaje ninfa, te ha hecho perder la noción de tu propia historia? Si así es, busca en la flor de lis el rumbo que te oriente hacia los besos floreciendo en otros labios, como reflejo de la dicha que en mi boca hallaste. Pero no olvides que de día no fulgen las estrellas; porque tu vida es la noche de mi amanecer.                     
 "No te pido amor, sino palabras. Sonidos que articulen promesas de fácil cumplimiento. En la sonrisa, la voz de nuestro pasado; en la mirada, la música del cálido te quiero que ayer me regalabas como presente de imperecedera resonancia en las cumbres donde habita el Pájaro del Alba. Vivir en tu memoria aunque el recuerdo se escinda en mil arpegios, donde yo pueda servirte cuando el dolor hinque sus fríos aceros en tu alma dolorida. Porque eso es el amor: olvidar el aguijonazo de la abeja reina, dejando en la colmena las alas de la dulce evocación.  Amar. Amar y amar eternamente, cada verso licuando el etéreo flujo de la melancolía, para llenar el cuenco de la vida con las lágrimas del Pájaro del Alba.
 Nunca te he pedido amor. Ni siquiera de tus ojos la mirada que aún tiembla en mis pupilas. Mas demando de ti un nuevo suspiro -"¡Ay, Señor!"-, donde descubrir la causa de tu desamor. Y en ese sonido de campanas de abadía, sentirme fuego fatuo de una rosa florecida en la grieta de mi tumba.
 "Mas no sufras por mi dolor, que es el tuyo. He comprendido que necesitabas caminar a solas por los abiertos espacios de tu añorada alameda, libre de los tiránicos impulsos sentimentales que te enclaustraban en tu yo de amargas soledades. He sentido en tus pasos vacilantes el pendular movimiento de tu alma, que precisaba encontrar la senda salvadora en la libertad de otras caricias. Espíritu indomable de mujer, has probado en la diversidad el sabor de la aventura. Como la nuestra, ¿la recuerdas? Todo en el amor es osadía y riesgo. En eso radica la magia que nos asombra. Como cuando, antes de abrir una puerta sin saber con lo que vamos a encontrarnos tras ella, se nos eriza la piel.
 


 "Mañana, cuando el sol despunte, me sentiré mano feliz de haber empujado tu madrugada hacia el oriente de tus sueños. Y pensarás con nostalgia en el te quiero que ayer nos animaba a sentirnos livianas glumas. Es tan bello amar sin condiciones ... ¿Recuerdas esta frase amiga? Es como siempre te he amado: sin condiciones. Sintiendo mi sinceridad en la lección que los enamorados aprendemos en el catón del amor, que he cumplido como único precepto válido para sentirme digno de tus besos.  
 "En este relato de nuestros infortunios, el único verdugo ha sido el tiempo. El amor dura lo que la flor tarda en agostarse. Tú te lamentabas de que yo, en los versos que compuse para ti, vaticinara el final que me ha llegado. Sabía sin saberlo, allá en los confines de mi alma atormentada, que una rosa es una rosa y un adiós es un adiós. Rosa que se marchita, adiós que fulge en cada beso, en cada abrazo, en la mirada, en el suspiro, en la cadenciosa voz que me decía, entornados tus párpados, infinitos tus labios: Te quiero ..., cual eco misterioso de la ausencia entonando la triste pavana de una despedida ... triste".   
 "¡Es que me gana el dolor! ¿No me comprendes?

 "Andante, me ha matado el tempo lento de tu música tristísima. ¿Por qué lo has hecho?  Me he sentido poeta de tu canto, que no es el mío. Sin saber que el ritmo de la canción de mi amada -un larghetto acompasado al titilar de los astros moribundos- confluía en la sombra de tu orbe silencioso. ¿Por qué lo has hecho? Mi música ha sido un continuado vivace animador de los haikus que he escrito para ella. Y tú, ¿qué haikus has creado para grabar su nombre en los líricos tulipanes, en el cáliz de las rosas, en el tímido sopor del novilunio? Andante, no deseo para ti mi canción de despedida. Sólo quiero anotar en el triste pentagrama de mi ocaso la más grave nota de una solfa amortajada. No te odio, ni maldigo tu aventura de adentrarte en el paraíso que no te ha  pertenecido. Porque sólo has paraíso que no te ha  pertenecido. Porque sólo has conseguido libar en la flor de mis recuerdos. Sé feliz con el larghetto fiel de tu tristeza. Y si la ves, Andante acongojado, dile que mi mundo se ha parado en un sordo suspirar de caracolas".
 
 Ya es tiempo para el adiós. Nada queda por contar que no sea reiterar la obsesiva idea de la frustración y el desengaño. Lo que un día fue es ya memoria saturada de recuerdos, que mañana será soporífero fluir de un pretérito sin causa animadora del futuro. Presente que ha de ser desván del sinuoso olvido. La quise y eso es todo. Me quiso y eso es nada. Mas quedan la distancia, el eco de sus besos, y un nuevo amanecer entre otros brazos".
 He dicho lo que he dicho y no me arrepiento de lo que me queda por decir. Mi vida con ella ha sido un desventurado poema de amor, como cualquier otro amor, como cualquier otra emoción concluyendo en el silencio del olvido. Sólo me queda el ansia de que la verdad florezca en los labios que un día me amaron. Ésa será una de las más grandes satisfacciones de mi vida, si el temor a la sinceridad no la obliga a cobijarse en el doloroso mutismo de su incertidumbre. Y si no fructifican mis esfuerzos por demostrarle mi cariño con la comprensión, entonces pondré luto a la amistad que me une a su persona. Aunque aún espero de su raciocinio el alivio de la confesión que, al menos en recuerdo de nuestro extinguido amor, me debe. En ese testimonio -nuestras respectivas miradas colisionando contra los fantasmas del miedo-, yo hallaría la paz que necesito y ella la libertad que desea. Sin vanos reproches ni enfáticas defensas. De nada hay que acusarse si no es de haber desperdiciado el tiempo dándole forma a los fantasmas de la imaginación. Artífice de mi fracaso, he dedicado mi vida a vagar por los abiertos espacios de la mente, siempre buscando en el equilibrio inestable de la fantasía y de la dificultad la magia del riesgo. Mas aún me queda mi ánima mundi, donde he de conservar la llama que encendí con su mirada.
 "Nada te reprocho, amor. Pero no me dejes la oportunidad de quedarme con la baza de tu insinceridad, única razón válida para odiarte. Porque deseo oler en la fragancia de las flores los aromas de tu aura. Y sentirte y gozarte y acariciarte cuando la aurora aletee junto a mí para comulgar con mis emociones. Durante años he soportado tus desdenes e indiferencias. He domeñado la rabia que me corroía, y he soñado ¡tantas veces! con acariciar tu cuerpo bajo la lluvia de las aciculares hojas de los pinos cuando el amor nos sonreía... No me prives del deseo de comprenderte y de la necesidad de sentirme fuerte ante la adversidad, pues de lo contrario matarías al Pájaro del Alba. ¿Acaso pesa más el dolor de la confesión que te pido que el imperecedero sufrimiento de sentirme ultrajado con tu negativa? Si en algo consideras, no ya mi amor -que sé lo poco que te importa-, sino mi amistad, no permitas que te odie con la fuerza del tornado, pues si así sucediese, sacaría de mi corazón la alimaña a la cual he enjaulado con la energía de mi comprensión. No quiero, ¡por Dios!, entonar desde lo alto de las almenas el vae victis que me amigaría con el eterno rencor. Mejor entender que la trama de la vida es inextricable. Si aún nos queda en el corazón algún hilo suelto, de los numerosos filamentos que ayer nos ataban a la pasión, ¿no merece la pena que unamos esas hebras, y con ellas enlacemos nuestros últimos suspiros de enamorados de la vida? Transformaríamos las condenas del amor en amistad. En total autonomía. Sin exigirnos nada que pueda ir más allá de nuestras apetencias sensuales. Comprendido el amor de esta manera, ¿qué otro temor puede acorralar la voluntad de ser libres? Esto que te digo con la clarividencia del sosiego, lo hemos tratado tú y yo en algunas ocasiones. Creíamos que el amor no debería expresarse de una manera posesiva, sino abierta a la contingencia. En la contingencia está la posibilidad que no debemos desperdiciar porque la falsa moral y los tabúes nos tengan maniatados el alma y el entendimiento. Cupido va a la suya y nosotros, civilizadas criaturas que hemos experimentado lo imposible, sabemos que como mejor se puede vivir el amor es sintiéndolo en la libertad. Dame tu mano y toma la mía. Nada mejor podemos ofrecernos. Es tarde ya para recuperar aquello que el tiempo ha dejado atrás a causa de nuestros arrebatos, y temprano aún para intentar ser un poco dichosos. Y si alguna vez te enamoras de otro hombre y deseas cortar de un sólo tajo las ligaduras que todavía puedan unirnos, no pienses en mí como tu víctima, sino como el enamorado que he sido y que puede repetir la maravillosa experiencia de amar de nuevo.
 Aunque enamorado hasta las raíces de mi propio amor, sabía que algún día no lejano habría de perecer en ti el Pájaro del Alba. De ahí mis versos, de ahí mis prosas: tristes párrafos que hoy acompañan al viento en la cruz de la veleta.  Sobre todo en el amor, me seduce la virtud de la verdad, que en ti ha muerto. Y te digo: Por encima y más allá del amor -como el amor lo entendemos- estás tú, esencia de mi esencia.
 "Dejar es peor que ser dejado -me decías-, y comprendí el significado de tus palabras. Pero no fuiste capaz -por temor a imprimir en mí una amarga huella -de confesar lo que tu corazón deseaba. Más atento al sentimentalismo que a la razón, yo no podía hacer añicos las escasas ilusiones que aún tenías, precisamente cuando más necesitabas de mi cariño y comprensión.  Pero si ya no amabas, o comenzabas a no amar, debiste comprender que soy fuerte de mente y titán del sentimiento -lo cual nunca has sabido-, creyéndote madre en vez de amante. Y anticipándome a lo que entendí que iba a suceder,  intenté por tres veces, a lo largo de nuestra historia, romper el inconsútil cordón que nos unía. La piedad ha cobrado su tributo. He aprendido la lección.
 "No hubo promesas, pero sí, plegado en cada beso, el compromiso de la sinceridad que no has cumplido. Di ahora que todos los hombres somos iguales. Dilo ahora, cuando me has negado, por lástima, tu última palabra. Sé valiente. Dilo de una vez. No me dejes con la sensación de  haber perdido el tiempo que tú has ganado.     
 "Y ahora, Andante, música lenta en mi canción de despedida, a ti me dirijo: Camina al ritmo del 'allegro' que hoy me ha abandonado, y lleva tu canción a los labios rozagantes que te esperan al pie de La Giralda; pero no a la boca abierta a la esperanza de lo imperecedero, que no es precisamente el beso juvenil". 
 Brindo otra vez en la soledad de mi alcoba, sin champán ni espiritosos licores -tan sólo con la emoción de los recuerdos-, por la mujer que incendió mis sentimientos con la chispa de sus besos. Que vuele, valle tras valle y colina tras colina, con las alas del Pájaro del Alba.

Este artículo tiene © del autor.

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