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DOS POEMAS: A FEDERICO

NO VAYAS A LA NEGRA NOCHE

Camilo Valverde Mudarra

España



POEMAS GRANADINOS

NEGRA NOCHE

¡Qué negra se ve aquella negra noche

que balas negras y verdes fusiles

brotaron rojas rosas

del blanco pecho de Lorca!

¡Qué depravada conciencia

de fuertes ignorancias,

de furiosas maldades!

¡Qué crueldad tan inútil, ciega y loca!

Los toros negros cólera mugieron

al aire ensangrentado en bocas rojas.

Los barrancos, alzando hasta su boca

el tiritar exánime de Federico,

quebraron rotundas gargantas,

gritaron rojas cruces

y tronaron llantos ancestrales.

Los torreones rojizos de Granada

rasgaron nieblas de plomo, ceniza y cobre

y la noche nubló su infinita tristeza.

La luna, su luna, cerró puertas y ventanas

y rajó su alma pena cósmica.

La profunda campana de la Vela

alzaba cruces melancólicas de hierro, bronce y forja.

Las rosas, estrellas solemnes, lloraron

pistilos de sangre en polen de luto.

Los Querubines con manos

perfumadas de llanto y de besos

recogieron su muerte

al alba funesta de la mañana

y llevaron al Padre sus labios de rocío

y su risa lila en inmensa sinfonía

de mármol terso y sangre seca

al alba funesta de la mañana.

Dos fusiles negros y verdes encendieron

dos rayos de horror, odio y venganza;

cerraron, al silencio rojo, la palabra

de sueños, de risas y melodías

de Federico García Lorca.

Al alba de negra madrugada,

lo llevaron al dintel de la ruta solitaria.

Las nubes lo cubrieron con lágrimas de cristal

órganos celestiales al tacto de su dedos

sonaron sentimiento y poesía;

¡Al alba de aciaga soledad!

¡Al alba triste del ruiseñor!

¡Al alba de Dios!

LOS BARRANCOS

Los barrancos de Viznar doloridos

temblaron estertores de injusticia,

cuando su cuerpo en sangre de malicia

derramó sus espantos ateridos.

Su cabeza de versos ya perdidos

en su amargura, se hizo torvo lecho,

donde un clavel del lirio de su pecho

clamó el crimen de ruines resentidos.

La luna reclinó, entre los tomillos

sus sueños verdes hechos decepciones;

cerró sus ojos llenos de emociones

y besó de sus bucles los anillos.

En su boca, la muerte rodó hilillos

de ilusiones quebradas en las rocas;

dos lágrimas quedaron en las rosas

que transidas aullaban por cerrillos.

Los barrancos de Viznar doloridos

dieron su cuerpo, blancor de biznagas,

a la tierra, con séquito de aulagas,

bajo olivos de senos compungidos.

Este artículo tiene © del autor.

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