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Aloé, aloé, la fuente ...

César Rubio Aracil

ESPAÑA



Monólogo válido para ser escenificado.

 -¿Franchesco? ¿Franchesco? ¿Dónde estás, amor? ¡Ay!, qué hijo
éste tan travieso. ¿Franchesco...?
 - ¡Ja, ja, já! ¡Ja, ja, Já!
"Esa risa tuya, estrepitosa y recia como la de tu padre (que Dios lo tenga en la
gloria), cómo me gusta. Franca y limpia; redonda como la bola del mundo ..."
 - ¿Franchesco? ¿Franchesco? ¿Dónde te has metido? ¡Bribonzuelo, mal hijo!
¡Ay! ¿He dicho mal hijo? ¡Eso nunca!, que tú eres un cielo, corazón.
 - ¿Franchesco? ¿Franchesco?
 - ¡Ja, ja, já! ¡Ja, ja, já!
 - No me atormentes, mi bien. ¿Dónde te has metido? Escucho tu voz como si
viniese de todas partes. Hijo, yo no quiero que estés en todos los sitios a la
vez. Sólo en el espacio de mi corazón. Ese lugar tan amplio como el universo,
del que naciste cuando yo era dichosa con tu padre (que Dios lo tenga a su
diestra), capaz de comerse el mundo con la azada y el talento del campesino de
bien. Pero luego ... También a los hombres de músculos recios y nobles de
espíritu los derrota el deseo de la carne.
 - ¡Ja, ja, já ...!
"No, Franchesco. No quiero que te rías así, de arriba abajo, que parece como si
en mis oídos sonara el pito de un tren diciéndome adiós desde lejos. Ríete con
risa cada vez más gorda. Mira, hijo, así: ¡Ja, ja, já! ¡Ja, ja, já...! A cada
golpe de risa un temblor de estrellas. ¡No!. De estrellas no, que están muy
allá, adonde la oscuridad ... Franchesco, a mí lo negro me asusta. ¡Ay!, la
negrura... ¿Te acuerdas de aquel día en que un coche destripó a Tomasito? ¡El
pobre! No quiero recordarlo. Mejor será que hablemos de cosas alegres. Con
tenerte a mi lado, me sobra. Pero a veces una madre no puede evitar estos malos
recuerdos. Tú te salvaste y eso es lo principal. Aunque algunas malas lenguas
...
 - ¿Franchesco? Franchesco, ven con tu madre, corazón, no te escondas. Te
gusta camuflarte entre los arrecifes de mi alma de amaneceres. Pero a veces,
cuando te alejas de mí, se transforma en ocaso perturbado. No más ocasos,
Franchesco. No más angustias.
 - ¡Ja, ja, já...! ¡Jaaa, jaaa, jáaaa!
 - Pero ¿dónde te habías escondido, bribonzuelo? ¡Ah!, ya sé. Estabas
detrás de mí. Detrás de mí, no, hijo. ¡Eso nunca! Quiero verte de frente; jamás
a mi espalda. La espalda es la sombra del pasado que no quiero recordar. Tú
serás siempre mi presente, como un almendro en flor, como la alegre lira sonando
de orto a ocaso.
 - ¡Ja, ja, jáaaa...!
 - Así me gusta, precioso. Aunque... ¿por qué te ríes tanto? Yo sé que es
porque me quieres mucho; pero, por favor, cuando yo te pida que vengas junto a
mí no te rías de esa manera. Piensa que una madre es una madre y no se la puede
tomar a broma. Sonríe si quieres; ¡pero esa carcajada...! Claro, tú ya vas
siendo un hombre... Supongo que no tendrás por ahí ninguna novia. ¿Verdad que
no, Franchesco? Sin embargo, a veces, cuando el cerebro se me trastorna al
pensar que tú ... ¡No! ¡Por Dios! Qué cosas tan horribles piensa una madre en
ocasiones. Pero yo no tengo la culpa de que en esos momentos aciagos de mi
existencia, inevitables cuando la mente me traiciona, pueda pensar en lo que
pienso por causa de la envidia de la tía Casilda y de la Paca hija.
 - ¡Franchesco! ¿Franchesco...? No vuelvas a esconderte, corazón.
"Ya decía yo que tú no podías abandonarme por ninguna otra mujer. Porque, aunque
madurita ya, sabes que he sufrido mucho por ti... No, hijo, perdóname. Eso de
que sufrimos tanto por los hijos lo dicen todas las mujeres que han llevado un
tesoro en el vientre; incluso aquellas desgraciadas que, antes, vendían su leche
a los ángeles por un mendrugo. Pero las madres de verdad, las que sienten en sus
entrañas el peso del amor, ésas saben muy bien que el dolor por los hijos se
transforma en el mayor gozo que pueda existir. Porque, de lo contrario, no
serían madres. Una madre de las de verdad, de ésas que al sentir el pulso de
Dios en sus entrañas estalla de gozo y siembra aleluyas por los campos de la
ternura , transforma el sufrimiento en deleite. Pero somos tan egoístas para el
amor que luego queremos cobrar lo que no tiene precio diciendo tonterías: ’¡Con
lo que yo he padecido por ti!’ ¿Y no hemos gozado también?" ¿Acaso tú,
Franchesco, no naciste de un beso? Del beso que durante toda mi vida de casada
me ha perseguido, dejando en mi viudez la marca del desamor, del desengaño y de
la pena ...
 - ¡Ja, ja, já...! ¡Ja, ja, já!
 - ¡Esa risa no, Franchesco! Ya sé por qué te carcajeas así. Es por lo que
acabo de pensar acerca de una posible novia tuya, que tú, vivo como las
hormigas, me lees el pensamiento. ¿Verdad que es por eso? Si lo prefieres,
puedes liarte la manta a la cabeza; pero te suplico una cosa: cuando tengas que
hacerlo, ya de mayor, llévame contigo.
 - ¡Jo, jo, Jó ¡Je, Je, Jé!
 - ¡Huy! Esa risotada no la había escuchado nunca. ¿Es que quieres dejarme
sola, corazón?
"Sola... Así me quedé un día cuando la Charo y el matasanos aquél me dieron el
pésame... Sola cuando lo de tu padre (que Dios lo tenga en la gloria). Sola
cuando me quisieron encerrar en la casa de los locos. Y también después, al
escapar del pueblo. No, Franchesco, quiero estar siempre contigo. Tengo mucho
miedo de que un coche te destripe, como a Tomasito. ¡Ay, Señor...! No puedo
quitar de mi cabeza esa idea. Ibais los dos, juntos, al colegio. Como siempre
hacíais. Pero ese coche ... Y enseguida el médico, y el cura ... Y después,
cuando yo estaba más tranquila, la tía Casilda, y luego la Paca ... ¡Cómo los
aborrezco!
"¿Verdad que no me dejarás sola aunque te cases? Yo no te daré ninguna guerra;
ayudaré a tu mujer en todo lo que ella quiera, cuidaré de mis nietos y haré lo
que me mandéis, porque la madre es como un milagro que no puede repetirse".
 - Zzzzzzzzzz.... Zzzzzzzzzz....
"Eso, prenda mía, duerme. Dormir, aunque no siempre, es como olvidarte hasta del
mismo olvido. Yo casi no puedo hacerlo. Y cuando lo hago es cogida de tu mano,
sintiendo a veces allá en lo hondo..., donde la vida y lo que no quiero nombrar
se cruzan, que un gran lago -en ocasiones llano y espejado y en otras sombrío y
tétrico- me invita a cruzarlo. Yo no quiero aventuras, Franchesco. Aunque una
noche de tantas, tan grande era mi cansancio de vivir que, no sé por qué motivo
..., algo que no conozco pero que sé de su sombría presencia, soltó mi mano de
la tuya llevándome hasta el centro del enorme charco. Allí era todo paz,
silencio y soledad. Ni árboles ni recuerdos de playas remotas. Tampoco penas ni
alegrías. Qué gran sosiego el mío en aquellos momentos. Pero entonces, cuando, a
punto de prestarme para siempre al favor de aquella familiar y a la vez extraña
presencia, algo que no era pensamiento me dijo que te quedabas solo, pensé en
ti. Y aquí me tienes, corazón, de nuevo asida a tu mano. Tú, dormido; yo,
despierta.
"Una vez -de las pocas ocasiones que a ti y a mí nos han visitado-, Paca, hija
de la panadera ... ¿La recuerdas, Franchesco? Sí, hombre, esa nena tonta de las
trenzas rubias muy largas ...
¡Ja, ja, já! ¡Je, je, jé...!
"Ya veo que al hablarte de faldas te pones muy alegre. Como tu padre (que en
gloria esté...). No, Franchesco, como tu padre, no, ¿eh? No quiero que me hagas
sufrir. Y como tu padre, no, ¿eh? No quiero que me hagas sufrir. Y cuando te
hable de Paca, no te rías. A ésa la he de escupir en la cara cuando me la
tropiece. ¡La muy zorra...! Decirme a mí..., ¡a tu madre, amor!, ¡a tu mama!,
que parecías hecho de retales. De recortes y de sobrantes está hecha ella, ¡que
a saber ...! ¡A saber de qué padre es hija! Por culpa de esa golfemia me
quisieron llevar a la casa de los locos. La cogí del moño, y si no llega a ser
porque las vecinas, al oír los gritos de esa putorra vinieron enseguida, la
hubiese estrangulado. ¡Tú, hecho de retales...! De retales está hecha la
esperanza, con parches de los recuerdos y bordados del porvenir. ¡Ay, Señor!
¡Qué gozosa cruz la mía ...!
 - ¿Duermes aún, mi bien? Veo que sí. Bueno, pues déjame entonces, ahora
que no me escuchas, que te diga unos versos que escribí para ti cuando eras
pequeño como una pulguita. Decía así la nana, que ya casi no la recuerdo: "Aloé,
aloé, la fuente/con sus chorritos de plata./Aloé, aloé, el niñito/que mis pechos
amamantan./Aloé, aloé, las madres,/hijas de los mares hondos,/aloé, aloé, la
vida/que a los pobres nos quebranta./Aloé, aloé..."
 - ¡Ah, granujilla! Me estabas espiando mientras te hacías el dormido, ¿eh?
 - ¡Ja, ja, já! ¡Ja, ja, já!
 - Sí, corazón, sí. Así quiero que te rías siempre. Porque, aunque algún
día tengas que sufrir de veras, y aunque tu dolor no sea el de una madre (debes
saber que a los hombres les duele el alma de otra manera), la risa, que también,
como otras tantas cosas la descubrió la mujer, es como el llanto. Únicamente que
vuelto del revés. Fíjate, Franchesco: yo leí una vez en la Biblia esa historia
que todos conocemos, en la que Eva tentó a su compañero para que comiera la
manzana. Él mordió el fruto, y cuenta ese librote que Dios los castigó,
diciéndole..., creo que fue al hombre... Claro que fue al hombre. ¿Acaso Dios es
mujer?: "Comerás el pan con el sudor de tu frente". ¿Tú te crees eso, hijo? ¿Qué
es lo que deseaba el Señor? ¿que las personas fuéramos felices? ¿Que siempre,
siempre, viviéramos como en un paraíso, sin preocuparnos de nada, sin poder
sufrir por los hijos, sin saber por qué se mueven los soles? ¡Mentira! Dios no
puede ser como nos lo pintan. ¿Te das cuenta, corazón? La mujer, por estar
obligada a ser madre, lo está también a ser descubridora, no de cosas
tontorronas ni de filosofías de esas que discurren los catedráticos, sino de
realidades que tienen la sustancia del pan. Y si no, ¿por qué fue Eva la que
tentó a su pareja. ¡A ver! ¿Por qué? Gracias al consejo de la mujer, hoy somos
lo que somos. ¿Que sufrimos? ¡Pues claro! Pero, ¿acaso no vale más sentir el
dolor que ser bobo? Por eso mismo tenemos más chispa y talento que los hombres;
porque somos las guardianas de la semilla que vosotros nos confiáis. Aunque
algunos nos tachen de golfemias, ¡mira tú!
 - ¡Ja, ja, já! ¡Ja, ja, já!
 - Ríe, corazón, ríe, que reír, cuando se sufre, es empezar a comprender.
Yo, cuando lo del pobre Tomasito, lo sentí casi tanto como si te hubiera
ocurrido a ti ese maldito accidente. Sin embargo, ese casi no lo debes tomar
como algo muy cercano a la verdad más gorda del dolor. Lo sentí hondo, muy
hondo, porque esa fuerte emoción sabía yo, sin saberlo, que me llevaría a la
dicha por no ser tú el muerto. ¡Ay! Se me ha escapado otra vez. Yo no quiero
nombrar a la bicha. No es porque le tema por mí, ya sabes que tu madre no te
miente. Bueno, pues, como antes te decía: Cuando tú ríes, aunque yo esté muy
triste, tu carcajada, siempre limpia, siempre como un latigazo de flores,
destapa la caja fuerte donde guardo para ti mi mejor tesoro: la sonrisa. Tu
risotada es la llave maestra de mi arca.
 - ¡Ja, ja, Já!
 - ¿Lo ves? Yo también me río: ¡Ja, ja, já...!
 - Zzzzzzz... Zzzzzzz...
 - Aloé, aloé, la fuente... - Pero ... no me estarás engañando de nuevo.
¿De verdad duermes?
 - Zzzzzzzz ..., zzzzzzz.
 - Sí, corazón, ahora sí.
"No se me va de la cabeza lo de tu padre (que en gloria esté) con la panadera.
Yo lo quería mucho. Lo ayudaba en todo: cuidando de la porqueriza, de las mulas;
labrando la tierra cuando estaba enfermo y cuando se iba a las ferias. Yendo al
mercado a vender huevos, verduras, los conejos que nos sobraban ... y arreglando
la casa y cuidando de ti, mi niño del alma. La Paca madre se lo llevó, dejando a
su hija abandonada. A esa holgazana que anda por ahí, hecha una perdida, que ni
las monjas la quieren para fregar el suelo del convento. Mal ha de acabar. Como
la otra, la tía Casilda, tan pizpireta ella, que vino una tarde a visitarnos
cuando regresó al pueblo después de estar viviendo muchos años en Almería. Al
presentarte como hijo mío -yo, tan orgullosa de ti-, me dijo: Qué bromista eres,
Carla. Como siempre, con tus chanzas. Y, señalándote me preguntó, la muy puerca:
¿Has hecho tú misma este bonito muñeco de trapo? ¡Mira! Como si me hubiesen
clavado mil puñales, le dije: ’¡Fuera! ¡Fuera de mi casa! Sí, la despaché. Y no
le di un buen mordisco en el cuello porque en tu mirada vi el perdón. Meses
después, cuando la Paca hija me dijo lo que me dijo, no pude aguantarme y casi
la despellejo viva. Ya no consentiré que nadie pise esta casa. Ni el cura. El
cura, menos. Porque, cuando lo de Tomasito, me dijo: "Carla, ten resignación.
Dios lo ha querido así". "¿Así?", le pregunté. "¿Cómo, don Justino? Yo sufro por
lo de Tomasito y mucho, pero la que tiene que tener resignación es su madre, ¿no
lo entiende?" Él, sacando una mano del bolsillo de la sotana me bendijo,
contestándome: "Tienes razón, Carla. Eso es lo que he querido decirte. No
obstante, como tú también eres madre ..." Y se fue. Pero a mí me quedó un no sé
qué en el corazón que no se lo perdono por muchas bendiciones que me eche.
Franchesco, los curas tienen la obligación de hablar claro, sobre todo cuando a
las madres les hablan de sus hijos.
 - ¿Duermes aún, corazón?
 - Zzzzzzzzzzz
 - Aloé, aloé, la fuente...

Este artículo tiene © del autor.

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