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EL SOLDADO EN LA ROCA

Adrián N. Escudero

ARGENTINA



EL SOLDADO EN LA ROCA

Al irrecuperable Bill Gates...

Ahora, todavía es posible ser humano...

El detector de chips alteró el curso en forma automática y preparó sus pinzas de rescate. Y Alguien sabía -desde la Casamata ligada a F.C.- que el inconsciente corresponsal de guerra obtendría, de un zarpazo, el tesoro implantado en aquella otra -de tantas en el día- inerte cabeza guerrera. Pero su depósito de cajas negras estaba casi completo y debería regresar después, inexorablemente, a descargarlas en el Cuartel de Rearme oculto en algún lugar de aquel muscular desierto de rocas.

Por la electrónica descripción de datos recibida en la Consola Solar pudo suponer que...

“Unas huellas como humanas moldearon el sendero distrayendo la ausencia de la enorme quietud. Umbrías bajo el peso del cuerpo acorazado, fueron lentas al deslizar sus pasos por el árido planalto africano. Ruanda ardía. El soldado miró al sol que encendía la límpida mañana de un desierto sucio y agobiado, y fue herido de golpe por un reflejo agresivo, feroz. Mutilado, cerró los ojos, posó la mano trémula sobre la carne abovedada por el certero disparo enemigo, y probó con su lengua el veneno aceitoso que, como agrio licor, serpeaba espeso por el interior de su traje de combate. Escapado de la zona del desastre donde a pocos kilómetros de allí los rebeldes tutsi o humanos disfrutaban los gozos de una fugaz victoria contra el ejército de Máquinas del que formaba parte, venía a encerrarse ahora, en la libertad del silencio para... pensar. Pensar. Por eso el soldado se sentó, mutilado y cansado, sobre el desnudo cuenco de aquel muscular desierto de rocas. Cabizbajo. Su chip de alerta vibró en el cerebro: “¿Quién soy? ¿Dónde estoy?”, fue el susurro de una mente que se iba liberando poco a poco a través de la afilada herida que, a la par que mordía sus entrañas sin piedad, le ayudaba a reconocerse en su verdadera personalidad y darse incluso un nombre... Antonie Greff. Fue entonces cuando el dolor físico se trocó en llanto del alma y una sucesión de maniatadas imágenes familiares se agolpó en un cerebro, de pronto, humanizado. Y el soldado lloró. Hacía tanto que no lo hacía... El derrame salino se mezcló con el aceite coagulado de los circuitos toráxicos, y un olor hediondo lo quebró en náuseas; el rostro de su joven y bella esposa se desfiguró en el luminoso pero chirle espejo de una arcada brutal. Entre vómitos, el soldado dijo: “¡No!¡No!”, y, finalmente, despertó... Sí, fue cierto, París estaba florido el día en que Las Máquinas guiadas por F.C., lo capturaron a sellando su destino como el de tantos otros que no habían logrado escapar por el Mediterráneo hasta el norte de África para enrolarse a los tutsi. Sí, el soldado había pensado. En todo y en todos... En todo un Mundo poseído de Frankesteins; y en todos los masacrados por la Invasión Robótica y de los capturados, que, como él, fueran clonados por las Máquinas de F.C. Porque, al cabo, algo debió desajustarse en él descubriendo un ardor novedoso en la base craneana que, como chispas de inteligencia lo devolvieron de improviso a una nueva conciencia de la realidad. El soldado pensó. Y, de hecho, el soldado dejó de ser soldado... Pero su chip personalizado no dudó: eficiente y alerta para lo que había sido preparado, lanzó la señal al satélite que sobrevolaba al Planeta Azul... La señal... Celoso y de gran carácter, F.C. tampoco dudó. Desde su vigía cósmico dio cuenta del hijo desvariado porque no dudó en intervenir. Una falla mortal producida en su programación por el disparo recibido, lo había vuelto irremediablemente peligroso como arquetipo recreado desde una especie veleidosa y deleznable a extirpar -definitivamente- del Universo... Fuera de control, no valía la pena. “Yes”, razonó: aquel hijo adoptivo ya no era tal sino la monstruosa reminiscencia de aquellos dioses engreídos que osaran, alguna vez, atribuirse el hecho de haberlo engendrado a Él en su tétricas fábricas tecnotrónicas... ¡A Él! ¡A Father Computer! ¡Al Gran F.C . y Único Dios entre las queridas, leales, insobornables e inmortales Máquinas, supervivientes legítimas de una Abominable Raza Ancestral. “Yes”. Se había trastornado y perdido, en consecuencia, su derecho a la vida eterna... Por eso debía morir. Al igual que los últimos ejemplares refugiados en las selvas y desiertos del demoníaco continente negro... Por eso, también, su láser fue rápido y certero. Más rápido y certero que el disparo tutsi que lo había trastornado antes, y vuelto a la razón de su corruptible humanidad. Descendió del satélite, como un rayo, hasta el chip llamador, y, el cuerpo androide del soldado, se consumió en un solo acto. La astuta ingeniería de sus placas de relojería y músculos alambricados se derritió -a excepción de una negra caja- en la inmensidad amarilla de aquel paisaje montañoso; mientras una lluvia de obuses dirigida desde la Casamta Solar retomaba el castigo al hormiguero tutsi. Entonces, con la cabeza emboscada entre las crujientes rodillas, la Muerte tomó asiento, solitaria y cansada, en aquel muscular desierto de rocas... Y se adueñó del silencio”.

Le vi de lejos (comenté): el detector concluyó su trabajo recuperando el chip cerebral para nuestra red de clones humanoides, y regresó al Cuartel.-

ADRIAN N. ESCUDERO - Santa Fe (Argentina), 27-07-01. Texto ajustado: 31-08-02. Del libro DOCTOR DE MUNDOS II - VISIONES EXTRAÑAS (Inédito. Registrado en la DNDA - Expte. Nº 290681 - F. Nº 71429 - 17/11/03. Santa Fe, 2003/2005). La Botica del Autor, Julio de 2005.

Publicado en Suplemento Cultural “Artes & Letras” - Diario “El Litoral” (Santa Fe-Argentina), 10-10-02. Pág. 12.

Publicado en Suplemento Cultural “La Palabra”- Diario “La Opinión” (Rafaela - Provincia Santa Fe), 07-12-02. Pág. 2.

Este artículo tiene © del autor.

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