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ASTROLOGÍA Y HORÓSCOPO

¿Determinismo, o libertad?

César Rubio Aracil

España



Si te sientes algo libre, contempla el cielo sin temor a los demonios de la mentira.

Cuando, hace alrededor de diez años, inicié el aprendizaje de la Astrología, no lo hice por conocer mi porvenir ni, por asomo, pretendí alcanzar algún grado de conocimiento sobre vidas ajenas. Se trataba de otra cuestión. Estaba interesado en saber, y, desde el estudio del comportamiento de canarios enjaulados, aplicando las leyes de Mendel para lograr excelentes crías, hasta el intento de explorar la posible relación entre los astros y los seres pensantes, abarqué demasiadas disciplinas culturales como para sentirme seguro en alguna de ellas. Sin embargo, no creo haber perdido el tiempo. A mis años no soy maestro de nada, pero he aprendido a no dejarme embaucar.

La investigación astrológica, una vez conocidos sus fundamentos, no es fácil. Requiere, además de profundizar en el sinuoso mundo de la mecánica celeste y de, al menos, tener unos conocimientos básicos sobre Astrofísica -lo que exige adentrarse lo más posible en el estudio de la física en general-, poseer la suficiente capacidad psicológica para hilar fino en cuanto a la problemática humana se refiere y, en especial, a la de cada persona. Porque lo contrario significaría admitir el determinismo, cosa que no puedo aceptar debido a mis convicciones. El hecho de que un astro, un planeta o ambos en conjunto ejerzan sobre nosotros una marcada influencia, lo tenemos en el ejemplo del Sol y la Luna: mareas oceánicas, radiaciones, menstruación, adaptación de cultivos en consonancia con determinadas posiciones del ciclo lunar, etc. No obstante, la voluntad también cuenta. Por ejemplo, es bien sabido que el plenilunio afecta de modo notable a los enamorados. ¿De acuerdo? Pero no es menos conocido el hecho de que, si por cualquier conveniencia de orden superior, debo romper mi relación con la mujer que amo, ni la Luna ni el Sol ni Júpiter, ni el oscuro Plutón sembrando muerte, podrán con mi determinación de, por un beso junto al rompiente (el cielo engalanado con luminiscencias selenitas y el sutil oleaje removiendo la testosterona), dejar en suspenso una decisión firme que va más allá de los impulsos sensuales. Sin embargo...

Permitidme que os hable de mí. Quiero ejemplificar mis palabras con hechos reales, aunque éstos no tengan un valor universal; es decir, que afecten a todos/as por igual. Nacido un 31 de mayo, mi signo es Géminis y mi hora natal determina el aspecto astrológico correspondiente: Aries. Aire y fuego. ¡Casi nada! Pero, ¡ojo!, además, el aire de Géminis es tempestuoso por primario, y el fuego de Aries, también primario, adquiere la voracidad que no poseen Leo y Sagitario. Mas no he concluido aún. Tengo a la Luna en la Casa I y al Sol en la III. Hasta la fecha, por sentimental, soy un desastre en el amor; pero no puedo quejarme en el aspecto económico. Igualmente, si no recuerdo mal, tengo a Urano en la Casa I -¡tela!-, que me obliga a ser un poco trasto. Bueno, ¿y qué? Pues... nada, que a pesar de todos los pesares y de las marcadas tendencias que los planetas han ejercido sobre mí, cuando digo no es que no, salvo excepciones, debido a que uno, pese a sus años (¡qué mal llevo la vejez, siempre presente en mis letras!), se deja seducir en algunos momentos de imperiosa necesidad. ¿Se me entiende? Ahora bien: voy entrando en conocimiento y, pese a que Mercurio tiende a alargarme la mano cuando voy de compras a grandes superficies, ya no hurto almejas de carril, que me encantan y son carísimas. Tampoco cuando la luna, lúbrica y redonda me invita a la melancolía (ya he dicho que soy un sentimental de m...), le hago el menor caso. Por el contrario, pedorreta al canto y güisqui al coleto, hago algún poema contrario a mis sentimientos y me río de ella, de Saturno, de Plutón (que ya anuncia mi fin) y de todo el cortejo celeste. ¿O es que uno no tiene derecho a sentirse algo libre de manejos estelares y planetarios? ¡Por Dios!

No voy a abundar más por hoy en un tema tan escabroso como la Astrología. Creo en las influencias planetarias y astronómicas en general. Como parte que somos del Universo, estamos interrelacionados con todo lo manifestado, y de la misma manera que unos a otros nos influenciamos, también los soles y sus satélites ejercen sobre nosotros/as su poder; pero el libre albedrío -que forma parte de la Naturaleza-, sea limitado o no, tiene algo que decir en el porqué de la creación para hacerle frente a la materia. Por tal motivo adoro a Dios -el mío propio-, que me ha enseñado a reírme de los horóscopos de la prensa y a contemplar en el cielo un destello de libertad.

Augustus.

P.-S.

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Este artículo tiene © del autor.

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