Portada del sitio > LITERATURA > Cuentos > La treta del lobo
{id_article} Imprimir este artículo Enviar este artículo a un amigo

La treta del lobo

Ángeles Charlyne

Argentina



- Si bien se mira, mal se aprende -dijo el cazador con tono sombrío. La nieve había abrigado el pasto y todo crujía a punto de romperse. Era un abrazo estrecho el de la nieve tan posesivo como para agotar la sobrevida que pudiera latir después. Me lo dijo sin mirarme y sin mirar. El paisaje para él, parecía haber fallecido de muerte natural. El cuello de piel de su raído abrigo resguardaba zonas inciertas mientras sus manos calzadas en gruesos mitones despuntaban la madera que, con la prolijidad del cuchillo, tomaba forma de lanza. Estaba apoyado en el tronco centenario y tan rugoso como las venas saltonas que le daban su característica y el apodo con que se lo conocía en la región. Tomás había llegado del norte, desde donde nadie llega, porque el frío allí decide en nombre del cielo. Tomás sólo comenta sobre eso que nadie deja una huella porque la nieve no lo permite. Comenzó a merodear por el bosque hasta que su figura se hizo aceptada por el pueblo. Un loco más no hace daño, era la voz difundida por Paulo el boticario a quien todos de alguna forma respetaban, no sólo en sus juicios.
Yo, como el resto, había llegado desde el sur y, también como casi todos, dejando atrás turbulencias de vida, porque en realidad a Mountain Bullock nadie llega por turismo, buscando futuros. Por eso la vida de los habitantes se va armando de manera anárquica dentro de algunos límites que van quedando establecidos por obra de la memoria y no de ninguna ley, porque en Mountain Bullock la ley formal, se había perdido si es que alguna vez anduvo por ese sitio.
Tomás levantó la cabeza, olfateó el aire de manera particular, entrecerró los ojos como si estuviera fijando un desfile de imágenes que dieran respuesta al mensaje que el aire le traía. Me quedé expectante porque estas formas del conocimiento no se encuentran en otro sitio. En todo caso si las hay, son otras. La mañana había retrocedido y el mediodía empinó al sol a su trono. En realidad, a decir verdad, sólo decoraba porque la tibieza la robaba el cierzo que se elevaba de la tierra helada, reclamando espacio y vida.
Alimenté la hoguera donde el cazador alistaba los siguientes pasos para cumplir horarios y códigos; la carne que asaría estaba atravesada, no sólo por la muerte reciente, sino por la varilla de hierro que él haría girar para que la cocción funcionara conforme a su gusto.
- El lobo está llegando -anunció Tomás más para sí mismo aunque sin excluirme, por si me interesaba-.
Wolf se mimetizaba con la nieve de forma peculiar. Yo lo había visto acosar sin ser visto ni detectado eligiendo el viento de la aproximación para caer sobre la presa, rápido y certero como la muerte. Tenía variedad de trucos y siempre se salía con la suya. Respetaba a Tomás con quien mantenía una distante fidelidad. Casi un acuerdo secreto que los dejaba convivir y ser pasajeros del mismo bosque, con territorios respetados entre ellos.
Tomás volvió la cabeza y seguí el rumbo de su mirada, sin aceptar como podía saber, antes, de donde vendría el lobo. Por fin, en una larga línea de árboles que formaban obedientes y estoicos, casi en zigzag, con el sigilo propio de la elasticidad felina, pude ver el hocico bicolor aunque, para el momento, todo su cuerpo fuera de tono blanco. No pareció sorprenderse al verme. Miró el fuego y giró desde prudente distancia hasta quedar próximo al cazador. El leve gruñido, casi una indicación, pareció ser el mensaje portado. Tomás no movió un músculo y yo procuraba imitar su conducta pasiva y alerta.
- Debes marcharte ahora, antes que sea tarde -me dijo en el mismo tono de voz monocorde.
- Pero... -quise interrumpir con un esbozo de protesta.
- Nada... debes salir ya. Esa gente viene por mí pero no van a querer dejar testigos molestos. Yo te busco en el pueblo si salgo de esta -resumió, y su palmada fue elocuente despedida.
Caminé, me deslicé, como lo había visto hacer tantas veces, sin conocer en realidad que lo movía a tanto resguardo. Sin embargo por una razón de fuerza indolora, insonora, insípida, inexplicable, decidí refugiarme a mitad de camino, en esa retirada estratégica rumbo al valle donde el pueblo era el refugio natural, para cualquier ser normal, yo en ese momento no lo era. Sentí que dejarlo librado a algo que no podía conocer, precisar, ver, dimensionar, -ecuaciones de la razón -, era terrible y envidiaba la simplicidad conque Wolf sabía que quienes llegaban eran el enemigo y se alineaba sin pedir instrucciones. Me avergoncé y creí, uno siempre se esclaviza en las creencias, que mi deber era permanecer, vaya uno a saber por qué.
Los hombres llegaron. Eran tres, se movían cautelosos, pero una cierta torpeza delataba que el terreno no les era propio. ¿Qué importancia tiene esto? Ninguna si a la hora de disparar se tiene certeza, pulso, y dominio de la situación. Pero los cazadores son duchos en esto. Y como la civilización los acorraló y los confinó a sitios inexpugnables, no es fácil derrumbar los invisibles muros de códigos que dicta la naturaleza. Hay que graduarse en la temeridad de la sospecha o la paciencia del aguardo, para que la enseñanza llegue, de verdad. Vivir en el límite desde que se amanece hasta el sueño reparador, es la consigna silenciosa y pude ver que alguna materia les faltaba a estos recién llegados al bosque, por lo tanto no tenían el curso aprobado.
De los tres el primero sucumbió en la trampa que el terreno simulaba para que caer, no resultara más duro que la crucifixión de Cristo, pero sin clavos erráticos. El segundo, cegado por el despecho que suele producir la perdida de confianza en la seguridad, tropezó con un lazo que lo izó desde las alturas hasta la apropiada para que el machete de Tomás, decidiera que hacer; rodar cabezas, era una reconversión del ser humano, para cambiar el futuro de la ansiedad.
Con el tercero la historia fue distinta y mi angustia creció, pero no mi movilidad y menos alguna decisión prudente, Tomás había quedado expuesto y el hombre casi dos metros de estupidez y músculos, una combinación habitual, casi mayoritaria, levantó el fusil para centrar la mira. El lobo, Wolf, entendió que no había demasiado tiempo para decidir, o al menos me lo pareció. Emergió desde los árboles para abalanzarse o provocar el destiempo. Lo logró. El hombre retrocedió. Cambió el rumbo de ataque y su arma mortal, puso el foco en la elusiva forma casi blanca que volaba como una nevada aislada dispuesta a llegar. Tomás, se pudo reponer y volver sobre sí. Era tarde, Wolf recibió el escopetazo en medio del pecho y se derrumbó como las verdades que el hombre derriba cada vez que se equivoca. Tomás, luego de ultimar al último intruso, tomó el cuerpo de Wolf en sus brazos y buscó abrigo para sus lágrimas desoladas y los gemidos sordos de la congoja, sembraron de angustia el bosque. Supe que ni siquiera era importante que supiera que estaba allí, aunque mi sombra proyectada sobre su camino posible me revelara.
Entendí, sin explicaciones, que la valoración de la verdad, de los gestos y el estar, no tienen discursos. Por eso no hay monumentos a los gestos y menos homenajes a quienes los llevan a cabo. Cuando Tomás pasó con el cuerpo en sus brazos, me pareció que Wolf guiñaba su ojo izquierdo, pero sólo me lo pareció...

Este artículo tiene © del autor.

318

Comentar este artículo

   © 2003- 2017 Mundo Cultural Hispano

 


Mundo Cultural Hispano es un medio plural, democrático y abierto. No comparte, forzosamente, las opiniones vertidas en los artículos publicados y/o reproducidos en este portal y no se hace responsable de las mismas ni de sus consecuencias.

Visitantes conectados: 3

Por motivos técnicos, reiniciamos el contador en 2011: 3433557 visitas desde el 16/01/2011, lo que representa una media de 531 / día | El día que registró el mayor número de visitas fue el 25/10/2011 con 5342 visitas.


SPIP | esqueleto | | Mapa del sitio | Seguir la vida del sitio RSS 2.0