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Sólo los no y las nada

Ángeles Charlyne

Argentina



Ella estaba de espaldas a la fuente, iba a arrojar su moneda. Cerró los ojos fuertemente dispuesta a poner todas sus fuerzas para que los deseos resultaran ciertos. Creía en esas cosas y, además, la fuente era infalible según comentaban.
Los ejemplos no sobraban en su inventario, por eso se repetía, en ese último día del año y casi en el último minuto de ese último día, que había recorrido un largo camino, para formularse la esperanza.
Antes de llevar su mano hacia atrás, rumbo a la fuente, decidió abrir los ojos para mirar el cielo e invocar. Antes, también, su mirada tropezó con la figura de la mujer harapienta de edad indefinible, ¿por qué no la suya?, que miraba fijamente los prolegómenos de su propia ceremonia.
Se preguntó si podría preguntarle, pero la fijeza le hizo desistir. Además ya no le quedaba tiempo, según el gigantesco reloj luminoso que pautaba la algarabía ceremonial. Sin embargo, por esa misma razón o tal vez por algún cargo secreto de su conciencia, se prometió no marcharse inmediatamente y arrojar su moneda, luego de invocar los deseos de cambio: eliminar todas sus negatividades, suprimir la larga cadena de no... que fueron tapizando sus decisiones, las vacilaciones con que supo decir nada, tantas veces, que dejaron de ser razones.
Ese segundo previo le mostró la senda no frecuentada, como debió transitar, de las acciones positivas.
Los temores. Las limitaciones que se impusiera. Las oportunidades que dejó pasar, por conjeturar sin asidero, para no arriesgar un desengaño, multiplicaron escollos para caminar libre y abierta, capaz de responder a su propia esencia, esa que la sacudió con rudeza... la vida, cuando se llevó sueños, amor, esperanzas, sus mejores intenciones, para dejarla con la página en blanco que se negó a escribir.
Vio y se vio furiosa. Desatada por la propia incomprensión de un destino que nunca supuso para ella y castigó su propia esperanza, encarcelando la posibilidad. Se rehizo, en cierta forma, pero privando a sus emociones de toda capacidad de percibir y aceptar. Materializó la realidad y conforme a eso hizo sólida su relación con la sobrevivencia, alejándose cada vez más del desamparo desatado por los otros.
¿Privaciones? ¿Desamparo? ¿Miseria?, su pensamiento revisaba, egoísta, su historia cuando la recordó.
Volvió a mirar a la mujer harapienta. Seguía allí con la fijeza puesta más allá, tal vez de ella misma o a través suyo, pero trascendida y, nuevamente, no le habló.
Ese inmedible tiempo de la reflexión del último minuto del año, que le pareció exagerado, le permitió arrojar al agua de la eternidad y su curso, todos los no y las nada, que supo acumular para dejar de ser.
El penúltimo relámpago iluminó el pasado, se le antojó árido y no supo explicarse como se lo había permitido. Como la clausura había decidido dejar sin puertas ni ventanas, el rumbo de sus sentidos. La sombría desesperación que la había traído a este segundo ¿final?, ¿previo?, por el que había derivado sin haberlo sospechado. Es que esa noche, además última del milenio, no había registrado para ella ninguna decisión previa.
Repasó, sorprendida, que ni siquiera hubo vacilaciones capaces de imprimir el rumbo de sus pasos hacia la histórica fuente. Es más, estaba segura, que su solidez la había modelado a prueba de sensiblerías, se dijo.
Era exitosa. Era hija de la dura disciplina que le permitió erradicar todo sentimiento de su vida, todo aquello que la pusiera en riesgo, por eso aprendió a comprar todo, incluso el placer.
Esa larga fuga hacia atrás, hacia el pasado, se acumuló en la inspiración profunda. Retuvo el aire y sus pulmones le parecieron a punto de estallar. Decidió exhalar y concretar la decisión. Su brazo, raudo, como portando la espada invisible del arcángel, viajó en el tiempo por el precio de esa moneda con la que comprometía el futuro.
Arrojó la moneda que tintineó en la fuente, donde otras múltiples muestras que devolvía la luz con su presencia titilante, quedaban como tributo o pesca certera de los descreídos. Volvió a pensar en la mujer y en que, quizás, estaba esperando que se marchara para apoderarse de su moneda, sin saber que allí moraba tanta sombra. Se enojó con ella, mentalmente, por suponerla ladrona de sueños.
El estruendo, los bullicios propios de la fiesta la rescataron. Sonrió y le sonrió. La mueca ganó el espacio con toda la incredulidad posible.
La mujer harapienta, seguía en la misma posición. Lo único distinto era la moneda en la palma de su mano y las dos lágrimas que trazaron sus mejillas, rumbo a la nada, por no haberse atrevido.

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