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HERMANO DE LAS ESTRELLAS

Adrián N. Escudero

ARGENTINA



HERMANO DE LAS ESTRELLAS.

A JESÚS, el Poeta de Nazareth.

Han pasado muchos años desde aquel momento. Dudo, inclusive, lo ocurrido con nosotros. En cierto modo hemos cambiado. Tenemos que haber cambiado. Los seres que forman esta Congregación Orbital están sujetos a leyes naturales de adecuación al medio, y yo, a pesar del cansancio y de la decepción, todavía me siento uno de ellos. Por eso, si bien comienzo a dudar, es posible que todo no deje de ser algo fugaz y dominable...

No he salido aún fuera de la Estación. Observo a la Tierra con esa regularidad inconsciente que me acerca hasta sus continentes deformados por los gases. Me empeño en teñir de azul sus mares definitivamente lilas, pero no lo logro. Ni siquiera aparece, como otrora, aquella alba capelina de nubes entibiándola sobre la espuma del mar. No obstante, la especial fosforescencia de los grumos radiactivos que consumen su atmósfera, dan a su figura una belleza sin igual...

Sí, creo que hubo razones para desear el espacio, mas no sé cuántas - aunque trate de impedirlo - las hay ahora para añorar la Tierra.

Hoy, después de todo, he vuelto a pensar en la partida. "Tomás, un día, los dos, vamos a ir a esa estrella", debió decir mi padre (con su técnico amor propio de ingeniero industrial) aquella noche de verano, señalándola.

Yo era muy chico entonces, pero recuerdo que, en mi pueblo, bajo la luna virgen todavía, los grillos cantaban, unos niños grandes jugaban entre árboles de eucalyptus, unos viejos buenos olían perfumes dulces de clavelinas sentados en sillas de mimbre y madera, una música alegre tejía los oídos de la gente, y mamá servía a papá un vaso al tope de vino helado, colgado yo de sus hombros, tratando de atrapar la estela del cohete que había partido hacia el lucero, mientras mi hermano mayor arañaba el amor y mi hermano menor gateaba por el jardín...

Pero pasó. Todo eso pasó. Como un relámpago de la vida - tormenta imaginaria -, pasó. Como pasó lo demás...

(También a los doce años se puede morir).

Sigo en busca de mi padre ahora. A pesar de mucho. De la propia guerra. En circunstancia inefable y nada poética, como escapándole a la doble muerte (madero de un incendio que se apaga). Junto a dos sueños colonos. Uno de hombre. Otro de niño. Fusionados, si bien, nada confusos. Con el alma encerrada en este único instrumento que la atesora y la proyecta hacia la eternidad...

He saltado muy alto y atrapado la estela del cohete. Y estoy, más allá del odio que consume a mi planeta, en el mágico perfil que hiende la inmensidad y me arroja, después del anillo protector de lo imposible, al Nuevo Hogar.

"Paz", se llama mi cohete. (Y tuvo fuerzas y estabilidad, y brilló aún en las noches en que la luna fue esquiva). Su orgullosa estirpe no fue sino el nervioso reflejo de la ansiedad humana revelada, agrupada, cuantificada y resuelta en una endriaga estructura de metal; con cabeza de astronautas, cuerpo de semidios - presto a conversión - y extremidades de fuego - purificador -... Y yo amaba a ese cohete, a su despegue atronador: promesa de lo nuevo, anhelante invitación que me acercaba a los sueños y a su mismo Hacedor. Sin duda, no había sido hecho yo del polvo de un mundo vano, sino del sibilante crepitar de las estrellas...

Ellas enterrarían mis huesos.

PRIMER SILENCIO.

Todavía sigo dentro de la Estación. Desde aquel día en que las comunicaciones cesaron, estoy orbitando con el resto de los Doce; y es la primera vez que vuelvo a mirar atrás. Los cohetes que nos apoyaban dejaron de hacerlo y, por alguna razón, hemos abandonado la sensación ventral que nos hacía esclavos de los alimentos. Hace bastante tiempo también que no necesitamos dormir. Nuestro contacto con la Tierra se reduce a sonorizar al enjambre de ruidos inalámbricos que ruge de nuestros aparatos, y que no porta mensaje alguno.

Ya no encontramos descabellada la intención de rechazar el retorno. Y aunque hubieran ayudado para esto mis esforzadas insistencias, somos retenidos al margen de la singular catástrofe vislumbrada a lo lejos. Y nuestras mentes no nos imponen la obligación de allegarnos al planeta para saber lo ocurrido. Es como si aquél fuera una proyección de lo Pasado, y toda nuestra realidad se hubiera transferido a otra Dimensión. Sin embargo, es tan nítida y persistente su imagen, que ha llegado a conmoverme hasta despertar en mí nostalgias del ayer...

Por lo demás, sigo confiado en la fugacidad de lo que acontece.

Algo ocurre entonces: me escucho sollozar. Mi corazón es una llaga pálida que ha perdido control y rechina, imparable, dentro de mis ojos. Pero miro alrededor y suspiro al encontrarme, felizmente, solo. Porque ella está allí. Hermosa. Con su alba capelina de nubes y sus aguas grises y calizas, y sus tierras rojas, verdes y marrones. Como una Penélope desnuda, teje mi regreso con zarco recelo y ardorosa prestancia de mujer... Y pienso en lo propio como inútil. En esta soledad infinita que ha terminado, al fin, por traicionar mis anhelos debilitando la esperanza. Y algo ocurre porque veo a este aletargado subsistir como el canje infantil de todo un mundo, pleno, por la arrogante y diminuta bola de metal que vuela en torno a él.

Trato de reaccionar. La imagen se borra y aparecen nuevamente los grumos radiactivos. Pero en seguida vuelve.

Mis padres continúan en la lejana estrella, esperándome.

Dios late dentro de mi cerebro, pero no encuentro la llave de la puerta que lo hará manifestarse por fin. Y todo es demasiado perfecto aquí como para demostrar, tan siquiera, solidaridad. Todo ha sido demasiado calculado como para pretender salir en auxilio de alguien. Temo ser la primera víctima, o haberme vuelto loco; y eso me aterra también...

Ahora siento que me ahogo. Es como descubrirse encerrado en uno sin poder ver, ni oír, ni oler, ni hablar, ni tocar...

Intento rehacerme y reconozco que no falta alguien en el Grupo que nos hable de Él y nos aliente. Ya me he persuadido de que, pronto, se revelará el trasfondo de la Misión.

Entretanto, es como si no estuviera vivo. Y creo hasta haberlo Encarcelado.

¿Nada ha pasado aquí durante estos años? Ellos siguen lejos, como lejos emerge ese globo verdiazul que se hamaca allá abajo. Sí, no están ellos ni los sueños que, desde aquella jornada de roja estridencia fabril, continúan asomándose mientras reposo. Tampoco mis marcianos. Ni mis fantasmas. Ni mis otros mundos, hombres y dimensiones en los que admirar nuevos valores...

Entonces, ¿qué hago aquí? ¿Dónde estoy? Tardo en contestarme pero la respuesta me persigue y me confunde todavía más: "Esperas. En el inacabable circuito parabólico de un tiovivo espacial, esperas..."

Y grito.

Es una verdad a medias...

Intento controlarme otra vez. Sé que deliro y no alcanzo a relacionar mis ideas... El ahogo me sofoca.

¡Voy a salir! (¡Es que la fábrica de papá está en llamas!)

SEGUNDO SILENCIO.

...Estoy mejor. Aquí afuera estoy mejor... Sigo solo y agradezco. Agradezco al Comandante el haberme permitido salir y mezclarme con este rocío helado... Lo escudriño. Trato de analizarlo, porque parece muerto. Pero no es así: huele, medita, hace planes y compone estrellas y cometas para que los humanos terminemos poniéndoles el nombre que nos dicte la suma de nuestras vanidades más respetables. Diría que hasta sonríe en ese irónico halo que chasquea sobre las barras del radar...

Tengo la vista fija en el lugar opuesto a la Tierra. Eso evita que escuche su canto de sirena lacerada.

El brazo acolchado que me une a la Estación flota como todo mi cuerpo y es como una lánguida serpiente proveyéndome oxígeno, mientras danza tenuemente sobre la superficie apagada de la nave. Por delante se explaya la más siniestra oscuridad, y los reflejos del sol que brilla a mis espaldas estallan en cada uno de los parantes y desniveles metálicos con brío. Eso contribuye a enceguecerme y a variar de posición. Alternativamente observo al globo verdiazul, y la angustia del ayer parece devolverme mi renegada humanidad. Trato de respirar hondo, como lo hacía antes, cuando la brisa de aromas dulces prendía primaveras a mis sentidos...

Me decepciono.

Sólo encuentro en este venerable hueco el sonido agitado de mis pulmones al atraer, voraz, el aire artificial de la serpiente.

¡Dios! De nuevo la duda, la terrible duda acusándome de haber enajenado mi naturaleza por un manojo de ilusiones almacenadas en el caparazón lógico de un computador.

(Y las blancas sirenas de las blancas ambulancias -que huyen de las rojas llamaradas-, se apagan en el espacio).

TERCER SILENCIO.

Me he cansado de flotar. Estoy como sentado, enlazado por estas cuatro barras exteriores.

Un acto instintivo me lleva la mano derecha al corazón. Deseo averiguar si está allí todavía: si late -como fuente de mi originaria sensibilidad- fabricando ambiciones, sin cansancio, en desmedro de una actitud simplemente cerebral.

Entonces, el ahogo aumenta. No parte sólo de mi ansiedad: es una causa física. ¿Qué pasa? ¡Virgen! La serpiente me abandona...

ULTIMO SILENCIO.

... Ya no estoy afuera. Debo haber perdido el conocimiento porque, cuando lo recobro, mi Pequeña Ciudad ha desaparecido (como si el incendio de la fábrica que matara a papá, hubiera alcanzado a incinerarlo todo).

Hay una torta añosa con doce velas no apagadas y mis doce años sin cumplir, y una ambulancia blanca que cubre de nieve mi ingenua alegría, amortajándola para siempre...

(Sí, en el dulce momento de la espera, de su llegada a manos llenas prometida, la amarga noticia es como una sombra de horror porque mi padre no volverá; tampoco el cohete "Felicidades" alzará su copa de burbujas, porque ha explotado en la partida). Como un velo, la melancolía enturbia mis ojos. Y no veo al sol. Es el Universo un habitante oscuro, calcinado, en cenizas...

En seguida, la Guerra.

También Ella. Y el fuego no de una: de mil fábricas.

Cuando, pese a tanto, acabo de crecer y de creer; también Ella. Como increíble apología de la humana estrechez.

Pero ya he partido.

Soy un hombre más alternando su carácter primigenio con la verosimilitud de un sol nuevo. El prisma del tiempo me muestra que es exacto: los años han pasado y no en vano sucedido cosas.

A la sazón, el rescate ha sido rápido.

Ya no dudo. Recobro el sentido del tiempo y del espacio, y no están ellos. Ni la casa de tejas del abuelo, donde crecí. Ni los cipreses navideños de papá, ni los álamos -a falta de olivos- pascuales de mamá. Confirmarlo es doloroso.

Sembrado de malezas el viejo jardín.

Nuevamente solo, vuelto niño en el angosto instante que espaciaría a mi mundo, he vuelto a caminar por la azotea de la casa sin querer bajar...

Pero mis hermanos han cesado de insistir en que descienda (no podré hacerlo), y deje de soñar y mirar a las estrellas para jugar con ellos entre los árboles y el río, con cascos de astronautas pero en la Tierra, con brazos de astronautas pero en el rocío claro del pueblo donde nací.

Con la conciencia de mis actos, Once voces llegan (desde el tercer cubículo) hasta mí, y presiento a mi lado la sonrisa de Pedro invitándome a ir...

"Tomás, sé que si no ves no crees; pero eres el Doce,y hay una torta especial con doce velas para festejar tu cumpleaños", me dice.

Y algo confuso nuevamente, entre lágrimas comprendo.

Comprendo como siempre debí hacerlo desde que acepté Su Desafío, que, aparte de haber sido adoptado por El, de haber trocado un mundo en juicio por este bote de inmortalidad, y de haber dejado de ser polvo para convertirme en apóstol y hermano de las estrellas, en todo el tiempo que tengo por delante, deberé acostumbrarme a la idea de que, aquí (porque más allá de la nostalgia, hay todo un universo que redimir), he vuelto a nacer...

ADRIÁN N. ESCUDERO - Santa Fe (Argentina), 1978. Texto ajustado 04-03-06.-

“HERMANO DE LAS ESTRELLAS”:
Recomendación Especial CONCURSO NACIONAL “MANUEL GÁLVEZ” - Sociedad de Escritores de La Plata - Marzo, 1979.
Publicado en Diario “El Litoral” (Santa Fe) - 03-05-80.
Primera Mención de Honor CONCURSO “H.G.O.” - Revista “Nuevomundo” (Capital Federal) - Noviembre, 1984.
Integró la primera edición del libro “DOCTOR DE MUNDOS”. Editorial Vinciguerra SRL (Buenos Aires, Argentina - Enero de 2000), págs. 61/67
.

P.-S.

ADRIÁN N. ESCUDERO - Santa Fe (Argentina)

Breviario curricular: Nacido en SANTA FE (ARGENTINA) (1951) - Autor de los libros de cuentos editados: “LOS ÚLTIMOS DÍAS” (1977); “BREVE SINFONÍA Y OTROS CUENTOS” (1990) y “Doctor de Mundos I - EL SILLÓN DE LOS SUEÑOS” (2000); continuado en saga con “Doctor de Mundos II - VISIONES EXTRAÑAS” (Inédito, 2005) y “Doctor de Mundos III” - LOS ESPACIALES (en desarrollo); así como, entre otros, de los libros de cuentos inéditos: “NOSTALGIAS DEL FUTURO” - Antología Fantástica (Ficción científica) (La Botica del Autor, 2005); “MUNDOS PARALELOS y Otros Cuentos para un Semáforo” - Colección de Realismo Mágico (La Botica del Autor, en desarrollo); “DESDE EL UMBRAL - Terrores Cotidianos y de los otros” - Colección de Horror (La Botica del Autor, en desarrollo); LA TORRE DE LOS SUEÑOS (Y LOS SUEÑOS DE LA TORRE) (La Botica del Autor, en desarrollo), y “EL EMPERADOR HA MUERTO y Otros Relatos” - Colección de Realismo Mágico (La Botica del Autor, en desarrollo); todo sobre relatos inscriptos bajo registro en la Dirección Nacional del Derecho de Autor (Ministerio de Justicia y Culto de la Nación). Domicilio particular: Obispo Gelabert 3073 - (3000) Santa Fe (Argentina) - Te.: (0342) 455-4811 - E.mails: anescudero@gigared.com y adrianesc@hotmail.com.-

Este artículo tiene © del autor.

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