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LONDON UNDERGROUND

Valentín Justel Tejedor

España



El convoy circulaba a gran velocidad sobre los subterráneos, esplendentes, y bruñidos raíles ferroviarios de Central Line, produciendo en su plúmbeo avance un desagradable, molesto, y cadente traqueteo, que conseguía desplazar levemente a los ocupantes del destartalado vagón, esta incómoda situación se veía agravada por el estridente, chirriante, y horrísono estruendo que penetraba con procacidad por las abiertas y desnudas ventanillas, produciendo en su interior una verdadera insania colectiva. En los oscuros corredores subterráneos de Lancaster Gate este mismo fragor reverberaba sin pausa disonantemente, sonorizando estos solitarios, lóbregos y fuliginosos túneles que comunicaban las estaciones de Notting Hill Gate y Marble Arc, apenas iluminados por el dinámico y oblícuo haz de luz amarillenta proveniente del foco situado en la testuz de la locomotora, y por la imperceptible luminosidad de unas sempiternas y equidistantes luces de emergencia que indicaban la salida dentro de aquella cavernosa cavidad; así instantes después tras recorrer la galería subterránea, la hilera de vagones rotulados con multicolores grafittis, se detuvo bruscamente en la estación de Marble Arc, con el consiguiente retroceso producido por efecto de la acción- reacción; durante un ínfimo lapso de tiempo, las puertas del desvencijado vagón permanecieron abiertas penetrando en su interior varios viajeros que ocuparon unos sintéticos, polímerizados, e incómodos asientos; una vez que el tren inició su marcha, uno de los pasajeros se levantó situandose junto a la puerta de acceso permaneciendo agarrado a una de las barras de seguridad del suburbano; así, mientras escuchaba a través de su
MP3 una música al más puro estilo hip - hop, su cuerpo se contoneaba y cimbreaba ritmicamente, lo que ocasionaba el pendular movimiento de un refulgente colgante argentado, que pendía de una larga cadena compuesta de vastos eslabones que guindaba de su cuello; su boca se plegaba dejando escapar por la comisura de sus labios una inaudible voz en off que tarareaba la machacona melodía incansablemente, siendo su vestimenta objeto de atención por parte de una de las ancianas viajeras, que observaba con asombro la extravagante y holgada indumentaria que vestía este joven estudiante de color, con semblante simpático, y expresión risueña, que fricaba desmadejando su ensortijado cabello de forma refleja y sin causa aparente a laxos intervalos.

En uno de los asientos cercanos a las ventanillas permanecía impasible un viejo octogenario, caduco y trémulo, cariaguileño, con una ictérica, enalmenada y helgada dentadura, todo el de aspecto héctico y tísico, que esbozaba un gesto lánguido, y flébil, este anciano portaba entre sus manos acanaladas y ajadas, un elegante bastón de madera, decorado en su extremo superior con una metálica cabeza de félido. Su mirada cansada y perdida, sus hórridas ojeras ennegrecidas, y su tuberculosa tos pulmonar delataban su valetudinario y decrépito estado de salud.

Frente al caquéctico anciano se encontraba sentada una bella mujer de mediana edad, carrirredonda, con sus pupilas glaucas, audaces y vivarachas, que se mantenían protegidas por unas hermosas pestañas, que intermitentemente aleteaban proyectando su  nigérrima sombra sobre el lozano sonrosado de sus mejillas; sus labios perfectamente alabeados y carnosos, refulgían suavemente encendidos por una finísima capa carmesí que adornaba su cautivadora sonrisa, la cual, enardecía de entusiasmo a cada instante debido a su ardoroso y férvido carácter; sus cabellos rubicundos y dorados se agitaban animosamente al son de la impetuosa y fresca ventolera, que penetraba por los entreabiertos ventanos del compartimiento; su gesto amable y candoroso le otorgaba un plus de benignidad y complacencia; su ergonómica y discreta postura llena de comedimiento, la convertía en un destacado ejemplo de urbanidad comportamental.

A su lado, un educado hombre de raza hindú que frisaba la cincuentena, y que portaba un gran turbante albar sobre su cabeza, mostraba la madurez de su rostro a través de unas marcadas facciones, ocultas parcialmente bajo unas lactescentes, cendales y níveas barbas; de vez en vez, retiraba las dactiladas lentes de su rostro para estregar con suavidad sus vagarosos y dormidos ojos, finalizado el ludido de los párpados volvía a colocar los anteojos sobre su prominente nariz, para continuar entregado a la lectura errabunda de aquellos denegridos y elzevirianos tipos, que conformaban las noticias del matutino The Time...

(...)

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