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LA EXPRESIÓN LITERARIA

PROSA Y POESÍA

Camilo Valverde Mudarra

ESPAÑA



LA EXPRESIÓN LITERARIA
PROSA Y POESÍA

Normalmente, entre los actos del habla normal y la literaria es habitual establecer la distinción de prosa y poesía, que no son formas antitéticas, sino de grado, intención y precisión del sistema comunicativo. La diferencia es, primordialmente, de naturaleza lingüística. Para Dámaso Alonso, no hay diferencia esencial entre el habla usual y la literaria, sino de matiz y grado. Es que, al fin, todo hablar es estético, pues, lo expresivo es estético como dice Croce: “todo el que habla es un artista”.
En la expresión normal del lenguaje, la prosa se desliza con gran flexibilidad de ritmo, y no ha de someterse a medida ni formas métricas. Es más variada y ágil, de menos densidad y de inferior expresividad que la poesía. La prosa responde a la más práctica actitud del hablante, a la comunicación y la representación de conceptos, aunque también puede adoptar la función expresiva. En todo caso, siempre es más analítica que la poesía. Y, en fin, ambas tienen diferente finalidad. Pero, ciertamente, poesía y prosa han de presentarse vestidas de su corrección, propiedad, exactitud expresiva y armonía de conjunto expresivo.
Fluye con mayor libertad, el ritmo de la prosa, que también existe; sus combinaciones son más variadas y su cadencia no va en absoluto monocorde, al centrarse sobre todo en la variadísima enunciación y en la representación conceptual. En la prosa, el ritmo es coincidente con las unidades sintácticas, no así el poético; la unidad rítmica está en el propio período, no en sus componentes, que aparecen organizados en una figura melódica conjunta; el factor ritmo es el equilibrio y la simetría de las frases que resulta del ensamble entre ritmo interno y fonético. Normalmente, una frase larga se compone de dos partes, separadas por una leve pausa y configuradas por varios grupos fónicos. La simetría rítmica y sintagmática, inmediatas a la pausa, producen un sentido de serenidad y una impresión de oración redonda y completa, construida con saber y corrección.
El autor es urgido, decían los románticos, por la inspiración; y, en otro sentido, por la búsqueda de la originalidad. El escritor intenta influir en el entorno y modificar o reafirmar las experiencias que tiene de su mundo, el modo de ver y vivir la realidad; el autor, al componer, ve modificada su propia visión y la del público; la obra literaria remueve las experiencias vividas de los grandes problemas universales que instan y afectan. Las palabras, en sus experiencias lingüísticas, pierden su forma habitual y multiplican su significación a su aire y se transforman y nos transforman, se cargan de sentido y nos enriquecen. “El misterio, añade D. Alonso, se llama amor y se llama poesía. Todo intento de obra literaria ha de empezar por la intuición y ha de rematar en la intuición también”.
Según la tradición, Aristóteles define la obra literaria como el “arte de la palabra”. La obra consta de contenido y de forma, en unión estrechísima y fundidos en solidaridad absoluta. No existen los contenidos específicamente literarios, pero, sí las formas, lo que convierte un contenido en literatura, es la forma, que consiste en el material lingüístico y la estructura.
La lengua literaria usa su propio código. La lengua es básicamente la escrita y culta, en la que se buscan palabras poco usuales y artificios de variada índole; puede considerarse que constituye un desvío de la estándar común o, tal vez, la corriente revestida de rasgos específicos que la justifican como hecho particular y especial. Lo cierto es que, en el lenguaje literario, existe una función estructurante que se denomina función estética o poética.
Toda manifestación literaria trata de atraer la atención respecto a la forma del mensaje. Ello se consigue mediante los medios de producir extrañeza, son los artificios extrañadores, entre los que se halla el más evidente, el verso, pero también, en la prosa, se hacen visibles. Así, desvío, connotación, polisemia, redundancia, opacidad, son, entre otras, las propiedades que confieren al lenguaje el poderoso encanto propio de la creación estética y que se alcanzan mediante los tratamientos especiales de la construcción gramatical.
El resultado es que la lengua literaria, por sus calidades sonoras y por el impulso imaginativo, se convierte en materia de contemplación ella misma. Es capaz de provocar placer y sentimientos elevados.
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Camilo V. Mudarra es Lcdo. en Filología Románica
Catedrático de Lengua y Literatura Españolas,
Diplomado en Ciencias Bíblicas y poeta.

Este artículo tiene © del autor.

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