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AFRODITA 5

Antonio Nadal Pería

España



Un día llegó su marido a casa más apesadumbrado de lo habitual. Le había telefoneado el director del Banco al que pidió un crédito hipotecario para comprarse una vivienda y le comunicó que eran imprescindibles dos avales para la concesión. El Consejo de Administración no juzgaba suficiente su trabajo bien remunerado y de carácter fijo. "No conozco a nadie con suficiente confianza para pedirle ese favor. Tendremos que seguir aquí por mucho tiempo, en este lugar asfixiante". Ella decidió en ese momento que si no aceptaba pertenecer al grupo Afrodita no podrían vivir a gusto en aquel lugar. Un par de horas después, cuando su marido volvió al trabajo, telefoneó a la mediadora del grupo y le contó el nuevo problema que había surgido. "Lo estáis haciendo muy bien, el cerco es cada vez más estrecho". "Un cerco que empieza a ser angustioso y que se puede abrir con tu incorporación al grupo", aseguró la mujer. "Contad con ello. No sé lo que se me espera, pero no quiero que sufra mi familia si está en mi mano evitarlo". "Pasado mañana nos reunimos en mi casa, después de dejar a los niños en el colegio".
La joven fue presentada a las otras mujeres del grupo en casa de la mediadora y fue muy bien recibida por todas ellas. "Sabemos que las negociaciones contigo han sido un poco duras, así que la prueba de ingreso tiene que estar en consonancia", le comentó una de ellas. En ese momento apareció una mujer negra, muy alta y gruesa que llevaba una caja en las manos. "Es la oficiante de la ceremonia de iniciación", le informó otra. La mujer negra depositó la caja en la mesa del salón, la abrió y sacó su contenido: un falo enorme de látex, un pañuelo negro y unas esposas. "Desnudadla ya", pronunció. En el pequeño salón se corrieron las espesas cortinas y se encendió una pequeña lámpara de luz discreta. Cada mujer del grupo quitó una prenda a la joven, luego la acompañaron hasta una mesa larga y le dijeron que se colocase encima, apoyada en las rodillas y las palmas de las manos. Le pusieron la venda y le esposaron las muñecas. La mujer negra se desnudó y se colocó el pene alrededor de la cintura ajustándolo con un cinturón. Subió a la mesa, se puso de rodillas detrás de la joven, separó sus piernas y le lamió por la hendidura. Luego la sujetó fuertemente por las caderas, guió la punta del falo y arremetió con fuertes golpes dentro de ella. Sus manos agarraron los pechos medianos de la joven y los estrujó mientras seguía embistiendo. Por la puerta del salón apareció una figura masculina que se acercó, descalza, hasta el centro de la reunión para contemplar ensimismado la posesión de su mujer por la negra.

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