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DEUS CHARITAS EST

I. EL AMOR DE DIOS

Camilo Valverde Mudarra

ESPAÑA



“Tanto amó Dios al mundo, que le dio a su Hijo Único”
(Jn 3,16).

La plenitud de la revelación del amor de Dios se hace realidad, en la fase final de la economía de la salvación, con la venida a la tierra del Hijo Unigénito de Dios. Cristo, pues, es la manifestación perfecta del amor del Padre.
El N.T. se proclama con frecuencia y sin paliativo alguno que la prueba suprema del amor de Dios hacia la humanidad consistió en ofrecer en don a su Hijo, el Unigénito. Dios, al entregar a su propio Hijo, proporcionó el signo más grande y elocuente de su amor ardiente a los hombres pecadores: "Porque tanto amó Dios al mundo, que le dio a su Hijo Único" (Jn 3,16).
Efectivamente, Cristo es la personificación del amor de Dios; en Él y en su oblación, el Padre pone de relieve de modo perfecto todo el calor de su abrazo solícito por el hombre sumergido en las tinieblas del pecado.

El amor a su Hijo

El amor de Dios se revela plenamente en su Hijo. Dios, Nuestro Señor, se manifiesta realmente en la historia de la salvación como un Dios de amor y de misericordia, como un padre bondadoso y amante que perdona todas las culpas del extravío y cura de todas las maldades (Sal 85,2ss; 103,3.13). Dios ama la Creación, al hombre, su criatura, y, de manera especial, a los justos y a los discípulos de Cristo; pero el objetivo prioritario y principal de su amor es su Hijo Unigénito, el Verbo hecho carne.
El Padre en persona se hace presente y proclama a Jesús, su Hijo Predilecto y Amado; a la orilla del Jordán, durante el bautismo de Cristo, hizo oír su voz: "Tú eres mi Hijo amado”, “ho agapétós” (Mc 1,11 y par). Análoga proclamación se oye en la cima del Tabor, durante la transfiguración de Jesús (Mc 9,7 y par.; 2Pe 1,17). En la parábola de los viñadores homicidas, se presenta al heredero como hijo amado, con evidente alusión a Jesús (Mc 12,6 y par.). El primer evangelista recoge también el oráculo profético de Is 42,1ss, en donde se presenta al Mesías como el siervo amado por el Señor (Mt 12,18).
Ciertamente, el Padre ama al Hijo ya desde la eternidad (Jn 17,24); por eso, lo ha puesto todo bajo su poder (Jn 3,35). Este amor único explica el motivo por el que el Padre muestra al Hijo todo lo que hace (Jn 5,20). Por su parte, Jesús es Hijo obediente, dispuesto a ofrecer su vida para cumplir la voluntad del Padre, por lo que el Padre lo ama tiernamente (Jn 10,17). Este amor tan fuerte y profundo es análogo al que siente Jesús por sus amigos (Jn 15,9). Por consiguiente, Cristo es el Hijo muy amado, el predilecto del Padre (Ef 1,6), que ha arrancado a los discípulos del dominio de las tinieblas, para trasladarlos al reino del amor de su Hijo; el cual es imagen de Dios Invisible, por el que reconcilió consigo todas las cosas, tanto las de la tierra, como las del cielo, pacificándolas por la sangre de su cruz (Col 1,13-20).
En el “Diálogo con Nicodemo”, bella perícopa de enorme contenido teológico, el cuarto evangelista no menciona expresamente la muerte en la cruz del Hijo de Dios, aun cuando está insinuada en el contexto, ya que, en el símil con la acción de Moisés, queda proclamada la necesidad de que fuera levantado el Hijo del hombre a semejanza de la serpiente de bronce en el desierto (Jn 3,14), “para que quien crea en Él tenga vida eterna” y, en su comentario, añade San Juan, que la razón está en el amor tan grande que Dios nos tiene, por el que entrega a su propio Hijo (Jn 3,16).
Así mismo, San Pablo declara de forma explícita que el signo supremo del amor de Dios para con nosotros, pecadores, se encuentra en la muerte del Señor Jesús: "Dios mostró su amor para con nosotros en que, siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros" (Rom 5,8). El Padre nos ha amado tanto que no perdonó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó en sacrificio por todos nosotros (Rom 8,32). Por el Amor de Dios, estamos en Cristo Jesús y éste crucificado, único saber del que se precia el Apóstol, es la sabiduría, la justicia y la santificación de Dios (1 Cor 1,30; 2,1-7); es, por consiguiente, la concreción plena y perfecta del amor que el Padre tiene a su Iglesia (Rom 8,39).
El Apóstol San Juan resume la revelación del amor del Padre en dos perspectivas de enorme importancia: la entrega del Hijo y el sacrificio del Calvario: "En esto se ha manifestado el amor de Dios por nosotros, en que ha mandado a su Hijo Único al mundo para que nosotros vivamos por Él. En esto consiste el amor: No somos nosotros los que hemos amado a Dios, sino Dios el que nos ha amado a nosotros y ha enviado a su Hijo como víctima expiatoria por nuestros pecados" (1Jn 4,9s). Verdaderamente, la presentación de Jesús como víctima propiciatoria para el sacrificio recuerda los pasajes en que Jesucristo es proclamado ofrenda de expiación por nuestros pecados y por los de todo el mundo (1Jn 2,2), puesto que el Hijo de Dios nos purifica de todo pecado con su sangre (1Jn 1,7; Rom 3,25). Es suficientemente clara y transparente la alusión a la muerte redentora de Cristo. Por ello, la prueba suprema del amor del Padre a la humanidad pecadora consiste en el Hijo, que muere en la cruz por haber amado a su Iglesia hasta el límite extremo (Jn 13,11ss) y que se sigue entregando en sacrificio diario en la Eucaristía. No es posible concebir un amor más grande y más extraordinario que el de Dios que ofrece al Hijo y el del Hijo que se somete.

Camilo Valverde Mudarra

Este artículo tiene © del autor.

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1 Mensaje

  • DEUS CHARITAS EST 29 de julio de 2007 18:01, por pellerinversDieu

    Interesante cita la de Romanos:8,32 en una traducción, quizás de Reina Valera, que dice "El que aun a su propio Hijo no perdonó, antes le entregó...".

    Reflexión para los Trinitaristas: ¿Dios el Padre perdonando (o no) a Dios el Hijo? ¿Dios el Uno y Trino perdonándose así mismo?

    ¿No sería mejor que utilizaran la traducción de Dios Habla Hoy: "Si Dios no nos negó ni a su propio Hijo, sino lo entrego..."? Así pueden evitarse confusiones. Por lo demás encuentro que es un magnífico escrito.

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