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PANSEXUALISMO

César Rubio Aracil

España



Los financieros me hipotecan, los políticos me engañan y, para más inri, los prelados me quieren vender la burra ofreciéndome el Cielo a cambio de castidad.

 Según la Iglesia Católica -leo en la prensa- “la presente condición histórica de la persona humana está marcada por el pecado”. Me ha llamado la atención la frase “persona humana”. No obstante, siendo consciente de que los prelados conocen perfectamente la Gramática, me inclino a pensar que tal redundancia tiene su porqué en la diferenciación entre hombre (léase también mujer) y cada uno de los componentes de la Santísima Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Al margen de esta reflexión, deseo centrarme en el título motivo de este trabajo.

Ciertamente la humanidad, si no estoy en un error, adolece en estos momentos de una visión clara sobre el uso sexual. La propensión al placer carnal es instintiva, aunque, en no pocos casos, esa tendencia innata queda desfigurada hasta encontrar en el desequilibrio psíquico el peor acomodo posible. Sin embargo los dirigentes eclesiásticos, conocedores de la tremenda problemática social, política, económica y religiosa que estamos soportando como consecuencia de un materialismo feroz (¿se culpará ahora al marxismo de la notoria caída espiritual que estamos padeciendo?), ¿qué soluciones prácticas nos proponen? Porque no basta con intentar remover conciencias, máxime cuando la idea de Dios ha quedado únicamente para temerle en algunos casos, para justificar desmanes en Su Nombre y, sin pretender entrar en otras consideraciones (omito blasfemias y maldiciones a la divinidad por parte de muchas personas aburridas y desesperadas), en circunstancias extremas para aferrarnos a una hipotética salvación ante lo desconocido. Si no fuese así; si el Dios que se nos ha ofrecido y se nos promete, justiciero y a la vez bondadoso, pesara más que el sexo, no haría falta tanto sermón ni tendrían sentido las intromisiones eclesiásticas en los medios político y financiero que nos rodean. La Iglesia necesita renovarse. Dos mil años de cristianismo no han sido suficientes para modelar el mundo de acuerdo con los Evangelios. Tampoco bastarán dos mil lustros, mientras los sucesores de San Pedro (de San Pablo prefiero no opinar) sigan anclados en la Edad Media. Jesucristo no murió en una cruz con la finalidad de apelmazar al hombre en un mundo estático. Las naturales exigencias sexuales, cuando acometen, inhiben la voluntad humana. Aunque parezca una irreverencia o un sacrilegio lo que voy a decir, ¿alguien puede asegurarme -no con vaguedades ni con sofismas religiosos, sino con pruebas palpables- que Jesús no tuvo ninguna intimidad sexual en su corta vida? Sin embargo, pese a mi atrevimiento en Semana Santa, la figura del Nazareno me causa un gran respeto. Intuyo que más que a muchos de los que defienden a ultranza las posturas vaticanas.

Comprendo, aunque yo no lo comparta, que la Iglesia no admita el matrimonio homosexual; pero que incida sobre los creyentes con alternativas callejeras y que financie un medio de difusión como la COPE con el fin -entre otras malevolencias- de enfrentar al Gobierno a un amplio sector de la nación, eso, para mí, sin lugar a dudas, sí que es un grave pecado. De manera especial cuando los españoles, queramos o no, estamos sufragando en gran medida los gastos onerosos de la Iglesia Católica. ¿Acaso Jesucristo procedió de un modo similar para inculcar en el hombre el sentimiento de la bondad? ¿Por qué no pueden amarse, y formar pareja, dos personas del mismo sexo? ¿No está la Iglesia plagada de homosexuales y, lo que sí es maligno, de pederastas? ¿Es más loable una "santa cruzada" que el beso, o el fornicio, entre personas del mismo sexo? ¿Pesa más, para el Bien de la balanza divina, una guerra en que se le ponía cinturón de castidad a ciertas damas que el beso homosexual?  Déjennos en paz, señores prelados y purpurados, con nuestras tendencias. Las grandes crisis se solucionan por sí mismas, sea con la muerte o con el advenimiento de un nuevo paradigma. Peor es cuando intervienen las jerarquías. Ustedes tienen por misión cumplir con la palabra de Dios, que tanto pregonan, sin emplear procedimientos maniqueos (sí o no, cuando les conviene, en una dicotomía de infernales consecuencias), siempre anatematizando y mostrándonos las calderas de Pedro Botero. Si el único placer que tenemos a nuestro alcance los desheredados es el de la sexualidad, asequible hasta a las economías personales paupérrimas, ¿qué se gana; qué gana el mundo con tanto asedio a los pobres? ¿El Cielo? ¿El Cielo que ustedes prometen a los castos y puros borreguitos del Señor? Prefiero vivir en este infierno, donde el clero, desde hace dos milenios, abandera la injusticia más horrenda que se conoce. De ese modo podré combatirles con la escasa libertad que me permiten las leyes, en muchos casos dictadas, o sugeridas, por la Iglesia Católica, Apostólica y Romana. El Templo que ustedes, seguidores de San Pedro y de San Pablo, están aniquilando con sus iniquidades.

 Pese a estar celebrándose en España la Semana Santa, no dejo de ver en las playas alicantinas, a rebosar de cuerpos semidesnudos, miradas concupiscentes y babas libidinosas resbalando por labios machos. Es normal, ¿no?, cuando la opresión financiera, las guerras y las injusticias nos acosan a diario. ¿Qué otra alternativa tiene la juventud, aburrida y desengañada? Señores prelados, más allá del mundo en que vivimos, sólo existe el vacío cuando nos despedimos para siempre. Déjennos disfrutar como podamos y sepamos. Dios, que ve lo que ve y calla lo que ustedes desean, estará pensando: “¡Menudo sacerdocio me he buscado!”

Augustus.

Este artículo tiene © del autor.

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