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MORELLA, UNA ALHAJA DEL MEDIEVO

Valentín Justel Tejedor

España



MORELLA , UNA ALHAJA DEL MEDIEVO

Un extenso, orbicular, y lapídeo lienzo jalonado de equidistantes e invertidas aspilleras ojivales, abraza perimetralmente a esta fiel, fuerte, y prudente ciudad morellana.Este sáxeo paramento se abre de vez en vez, a través de portales y puertas que facilitan el acceso a su laberíntico y enmarañado interior, así destaca por su elegancia el conocido como Portal y Torres de San Miguel, constituido por dos sólidas torres octogonales idénticas, unidas por medio de un majestuoso arco apuntado u ojival, como gótico también es el arco que conforma el Portal de Forcall con dos pisos superiores y torres de planta cuadrada, desde donde se columbra una fascinante panorámica del valle rodeado de submesetas, cubiertas de nemorosos bosques de pinos, y carrascas.
Intramuros, un paseo por las calles, pasajes, y cuestas de esta noble e ínclita villa nos trasladará a una época feudal y pretérita de la historia de España.
Así, sus gráciles construcciones presentan fachadas embanderadas por la albura del cande, ornamentadas por verticales planchas de madera, que proporcionan un bello contraste donde se alterna lo albuginoso y virginal, con lo atezado y pardusco, resultando una composición que combina maravillosamente lo bucólico y lo rústico.De este modo, centenarias balconadas se asoman con temeridad al vacio de unas calles empedradas y enlosadas por grisáceos adoquines milenarios; innumerables miradores se muestran empavesados por tímidas celosías y rejerías de clara influencia mudéjar; bellos y caprichosos cornisamientos se vislumbran en la altura, amparados por primitivos modillones, y conspicuos resaltes; discontinuos soportales con pétreas columnatas cuadradas y octogonales, sostienen macizas y albazanas jácenas lignarias...en definitiva, un primoroso concierto que armoniza magistralmente idiosincrasia popular, tradición e historia.
En las proximidades de la puerta de San Mateo, formada por una soberbia torre cuadrilátera de estilo gótico morellano con innegables influencias aragonesas, se accede a uno de los lugares más bellos de esta ciudad, la Cuesta de San Juan, una empinada calle con más de cuatrocientos escalones empedrados, que son escoltados por varios abedules encarrujados y retorcidos de color ictérico y grisáceo, que tienden sus largas ramas de hojas verdinas, lanceoladas y grupales sobre la imaginaria bóveda de la escalinata, a modo de baldaquino.En sus extremos laterales la pendiente dispone de unos nigérrimos pasamanos que ayudan a remontar esta vertical rampa escalonada con mayor facilidad, sin embargo el esfuerzo es ínfimo al contemplar en el ascenso la belleza de todo cuanto la rodea; sus denegridos fanales situados en las cercanías de los cornijales, que muestran las hiladas de piedra, iluminan con procacidad estas angostas y estrechas callejas, proporcionando un claror tenue, pero envolvente que invita al misterio; sus imágenes virginales y santorales diseminadas por sus recónditas calles evidencian la devoción de sus gentes;su inexpugnable castillo elevado sobre un peñón de roca caliza a más de mil metros de altura se convierte en un referente incuestionable desde cualquier punto de esta comarca de Els Ports; halcones, águilas, y otras aves rapaces sobrevuelan su límpido y cerúleo cielo, mostrando con orgullo la envergadura de sus alas, y su velocidad punta que verdaderamente estremece cuando realizan vuelos rasantes a baja cota; el claustro de San Francisco muestra con todo su verismo la belleza de un glorioso pasado, con sus cuatro galerías de arcos góticos, sus enhiestados y verdes cipreses, y el cenobítico y arcano silencio que se respira al caminar por sus desnudas crujías.Muy cercana al claustro se encuentra la Basílica Arciprestal de Santa Maria en la que destacan en una misma fachada la Puerta de los Apóstoles y la Puerta de las Vírgenes.En último término, destacar la importancia de su excelente gastronomía, integrada por suculentas carnes y embutidos, y un sinfín de productos lácteos, entre los que destaca sin duda alguna la deliciosa y cremosa collá, cuajada elaborada al estilo tradicional con leche pura de oveja.La admirable visita a esta fortificada ciudad medieval finaliza en el acueducto situado en las proximidades de las Torres de San Miguel, allí bajo sus magnos arcos ojivales contemplamos un coccíneo atardecer iluminado por un sol en declive, que esplendía sus rubescentes y timidos rayos, mientras el otranto crepuscular daba paso a una azabache, fuliginosa, y estrellada anochecida. Así, el entenebrecido ocaso contrastaba con el fulgor de las amarillentas luces, que proyectaban sus potentes haces luminosos sobre las irregulares y centenarias piedras de las murallas, torres, y barbacanas.

Este artículo tiene © del autor.

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