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PAISAJES DESDE EL FERROCARRIL

Valentín Justel Tejedor

España



PAISAJES DESDE EL FERROCARRIL

Una sucesión de campos de labor binados con sorprendentes geometrías, se alternaba con extensos y vastos cultivos de amarillentos trigos lampiños, y cuadrilongas superficies de albazana cebada; agrupados o en solitario, vetustos ejemplares de carrascas y pinos cascalbos salpicaban la monótona superficie; en la lontananza las suaves cresterías de unos erosionados alcores despuntaban sobre un cielo acelajado, y parcialmente cubierto de estratificadas nubes virginales, que convertían aquel desmesurado espacio abierto, en una inmensa y traslúcida bóveda cerúlea.
Solariegas casas de labranza y predios, diseminados caprichosamente por un entorno enjugado y seco, se erigían como escasos puntos de referencia en una infinita llanada apaisada, rasa y uniforme; sus techumbres encañadas sostenían unas enmohecidas e imbricadas tejas parduscas; sus paramentos de barro y tapiales broncíneos por el permanente sol, que abrasaba sus careados de mediodia con inusitada vehemencia, daban fe del caluroso y sofocante clima de aquella vasta región; sus cercados de simple alambre extrusionado y retorcido, confinaban a impasibles y despreocupadas reses vacunas; espantajos de paja y madera, vestidos con calandrajosos harapos, ahuyentaban las denegridas áves de estas tierras de sembradura o de pan llevar.
Próximos a las dactiladas ventanillas, rematadas en sus extremos laterales superiores por alabeados resaltes de grueso acero inoxidable, pasaban con matemática cadencia y gran celeridad, los estáticos y lignarios postes telegráficos, que con sus filásticos hilos tendidos en combada inflexión, iban marcando un sinuoso y virtual pentagrama sobre el fondo de unas enjutas campas abertales. De vez en vez, la visión por los nebulosos, aunque transparentes ventanos, se interrumpía por el frenético paso de algún convoy que circulaba por una bruñida y refulgente vía paralela, pero en dirección contraria a la de nuestro sentido de marcha, era entonces cuando un instantáneo, trémulo y adherente movimiento denotaba la presencia de la interminable hilera de vagones, cuyo fugaz paso nos resultaba paradójicamente lento y premioso; quizá fuera por el enardecido anhelo de columbrar a cada instante, aquel singular, costumbrista, e inagotable paisaje.
Así, tras varias horas de recorrido la panorámica comenzaba a variar paulatinamente; de este modo, las extensas y desnudas planicies, y llanuras mesetarias, se convertían en arromados oteros y suaves lomas alcarreñas; los jarales, zarzas y matorrales, ahora eran tupidas árboledas y plantíos impregnados de un intenso color verdino, que contagiaba su cromatismo a unas tierras feraces y entregadas al regadío; las moribundas ramblas pluviales, y los venajes e hileros de los agónicos cauces fluviales, se convertían en caudalosas torrenteras y ovantes álveos, que con su color azulino satinado y turquesa iriscente, tiznaban el horizonte de una especial pigmentación rica en gamas de azules y parduscos; los solitarios y vacilantes senderos que desaparecían engullidos por el tosco entorno, eran ahora frecuentados y amplios arriates, trashumantes cañadas, y espaciosas veredas...Recuerdo... aquel esplendente y cegador destello de sol, que brillaba con gran intensidad sobre la gemela vía férrea que nos escoltaba durante buena parte de nuestro viaje, o su fulgurante refulgir sobre los embolismáticos nudos o plexos ferroviarios que dejabamos atrás a gran velocidad; como también recuerdo el sobreagudo y estridente pitido, que en ocasiones emitía la locomotora indicando su proximidad; el cadente y oscilante traqueteo se convertía en una música concentuosa y acompasada que nunca faltaba, salvo cuando el tren se detenía en el andén de alguna estación.Recuerdo el ritual del inicio de la marcha, con el jefe de estación ataviado con su característico sombrero, su silbato, y su banderín de color rojo encendido, dando la salida al convoy; los pasos a nivel con sus níveas y rubescentes barreras, que se tendían en paralelo con el horizonte para permitir el plúmbeo paso de nuestro tren, mientras los vehículos aguardaban en ringleras, que zigzagueaban por las cercanías de la pandeante carretera rural; recuerdo como algunos labriegos detenían su ruda y trabajosa faena, para mientras alzaban el sombrero de paja, fijar su cansada mirada en la dinámica silueta del tren que por allí pasaba; recuerdo aquellos jinetes que momentáneamente desafiaban con sus monturas al galope, el constante e imparable avance del ferrocarril; los fuliginosos túneles y galerías, que se mostraban como inesperados refugios ante la asfixiante canícula estival. Así, tras cruzar varios puentes de hierro, y atravesar inhóspitos barrancos y hondonadas, en cuyos overos y polvorientos lechos trashumaban nutridos rebaños de merinas; vislumbramos en la lejanía, las esbeltas siluetas de los prominentes edificios de la capital madrileña, que sobresalían sobre una amalgama de tejados y azoteas.
A medida que el tren se aproximaba a su destino: la estación de Mediodía, hoy Catedral ferroviaria de Atocha, su velocidad iba decreciendo, al punto de que algunos viajeros ya preparaban sus equipajes, mientras otros emocionados por los inminentes reencuentros, mostraban unos rostros cariacontecidos, a medio camino entre la incontenible alegría, y la nostalgica melancolía por el luengo espacio de tiempo transcurrido.Así, se escuchaba el hueco sonido producido por los artejos de los viajeros cuando golpeaban los ventanos, para alertar a sus parientes, o amigos los cuales, permanecían atentos en el apeadero.
Al detenerse el tren por completo, la inquieta muchedumbre que abarrotaba el rectilíneo andén, aguardaba con impaciencia ese anhelado abrazo, ese deseado beso, esa esperada mirada, que colmaría de felicidad aquellos inolvidables momentos ...(...)

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