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PASEO POR LOS ADARVES TOLEDANOS

Fragmento de la Novela "LOS CAMINOS DE LA FE"

Valentín Justel Tejedor

España



PASEO POR LOS ADARVES TOLEDANOS

La casa radicaba en el número diecisiete de la calle Sillería, en los bajos de la misma se ubicaba una exigua platería, que ofrecía a su clientela pulseras, brazaletes, crucifijos de plata, collares de nácar, y ámbar del Báltico, por encima de este pequeño comercio sobresalía en la fachada principal de la vivienda un mirador de madera en color albarazado, que constaba en su parte superior de cuatro grandes ventanales coronados por una moldura compuesta por siete artesones, y un techado superpuesto sustentado por cinco modillones centrales, y tres en cada uno de los aleros laterales; su parte inferior estaba formada por otros cuatro pequeños ventanales, rematados por otro listel de siete casetones de madera, situado a escasos centímetros por encima de la marquesina donde estaba emplazado el cartel que daba nombre a la orfebrería.
La vivienda estaba cubierta por una techumbre cuyo vuelo inferior se encontraba adornado por veintisiete resaltos en forma de ménsula, pues dos de ellos se habían desprendido del cornisamiento, y la fachada principal constaba de ocho lumbreras y dos balcones con protección de hierro forjado, con vistas a la plaza Zocodover y calle de la Sillería.
El itinerario comenzaba bajando por la costanillla de la Calle del Comercio, una vía empedrada, que en su parte central disponía de una atarjea, que servía a modo de desagüe para canalizar las aguas de lluvia; las edificaciones que encontraban a su paso eran todas ellas muy similares, así eran frecuentes las balconadas de madera, los resaltos engalanando las cornisas de las cubiertas y tejados, los enjaretados, rejillas, entramados y celosías; y las filigranas inverosímiles, dispuestas en grecas, franjas, y cenefas compuestas por elementos vegetales y zoomorfos, tales como las flores de hojarasca rizada, los frutos de la vid, y los animales mitológicos; esta maravillosa arquitectura se completaba con una exquisita arquería que describía bellas curvaturas y trazados en forma de herradura, ojivales, y lobulados.
En aquella calle había una armería donde se vendían armaduras, y espadas del más noble acero toledano, sin embargo lo que llamaba la atención de los viandantes, era un broquel con un blasón central de bronce que brillaba como el sol, en el que lucían tres leones superpuestos, con campo exterior en fondo blanco, cruzado por dos bandas rojas, una horizontal y la otra vertical.
Así, después de dejar atrás la armería a unos cincuenta metros del inicio del recorrido en la Cuesta de Los Pajaritos, perpendicular a la calle Ancha o del Comercio, se encontraba otro establecimiento de gran solera, la “Casa del Mazapán”, donde se elaboraba el mejor mazapán toledano, desde este emplazamiento comenzaban a ver la esbelta silueta de la aguja de la torre de la Catedral, y unos pasos más abajo a la altura de la Plaza de Solarejo, saludaban diariamente a D. Julio Peña, afamado maestro artesano en el arte del damasquinado, oficio que desempeñaba con gran habilidad y destreza, siendo considerado como el artesano del gremio más reputado del reino.
Unos metros más adelante, en la llamada Plaza de las Cuatro Calles - que son cinco -, había una edificación que llamaba la atención de Jacob, pues siempre se detenían en aquel lugar unos breves instantes para contemplar la singular belleza de aquella construcción, que regalaba a los ojos de quien deseaba admirarla unas yeserías y lacerías hermosísimas. El conjunto se completaba con espléndidos motivos arquitectónicos, que convertían sus paramentos exteriores, su crujía de piezas, y sus detalles ornamentales menores en una visión verdaderamente fascinante.
Así dejando a un lado el Hospital del Rey, tomaban la calle del Hombre de Palo donde había varios comercios tales como una pequeña tienda de imaginería e iconografía religiosa, que ofrecía trípticos con imágenes marianas, y cuadros repujados en plata de primera ley con la figura de Jesús, al lado de este establecimiento concretamente en el número trece, radicaba un mesón de nombre “La Campana Gorda”, frecuentado por estudiantes que solían ir a comer un buen guiso de carcamusa, y justo unos metros más adelante en un callejón inesperado situado a mano izquierda, se encontraba una taberna de nombre “La Tarasca”, cuya entrada principal estaba protegida por una impenetrable puerta de hierro, rematada en su extremo superior por una serie de afiladas rejas en forma de punta de lanza.
Siguiendo la calle del Hombre de Palo, unos metros más abajo encontraban en el número cinco, una importante mantequería de nombre “Cuartero” donde se vendía desde cecina de ciervo o jabalí, patés de caza, o quesos artesanos, hasta miel de los Montes de Toledo, este tramo de la calle en pendiente, lindaba con los muros exteriores del claustro de la catedral, paramentos que encerraban en su interior un verdadero remanso de paz y sosiego, en el que únicamente se escuchaban los atrinados cantos de los pájaros, y el sonido acuoso producido por un surtidor de agua, que elevaba su chorro transparente y cristalino a varios metros de altura.
En este punto del recorrido Jacob y su hermano dejaban la Catedral a su izquierda, para subir por la empinada cuesta de la Calle de la Trinidad, donde se alzaba uno de los lienzos laterales del Palacio Episcopal, rebasando unos metros más adelante el Convento de Jesús María, para desembocar en la Plaza del Salvador, una sencilla explanada empedrada, con varios bancos de madera y tres hileras de cipreses y abedules, que proporcionaban en los calurosos días de verano una agradable sombra, junto a esta plazoleta se encontraban el templo de San Marcos y la Iglesia del Salvador, esta última situada a escasos metros de la calle de Santo Tomé, la cual, enfilaban nuestros protagonistas, que en lugar de atajar por la travesía del Aljibillo, y después tomar la calle del mismo nombre preferían continuar caminando por la antedicha calle de Santo Tomé, pues el hermano pequeño todas las mañanas no quería perderse la variedad de figuritas de mazapán exhibidas en las vitrinas exteriores de una pequeña confitería, justo al lado de esta dulcería había una vieja librería, en la que Jacob, en ocasiones, se detenía a leer los títulos de los libros expuestos en los escaparates, llegados a este punto del itinerario ambos hermanos dejando a un lado el Cristo Yacente colocado sobre uno de los paramentos de la Iglesia de Santo Tomé, giraban a mano derecha para acceder al Callejón de los Bodegones, una angosta calleja en zig - zag, donde siempre había una nigérrima y fresca sombra, producida por los aleros de los tejados de las viviendas situadas a ambos lados de la misma, y que dada su extrema proximidad prácticamente se tocaban en las alturas, provocando un cerramiento parcial que impedía la penetración de la luz solar. Finalmente llegaban al Convento de los Escolapios donde estudiaba Abraham, instantes después Jacob desandaba el camino en dirección opuesta, atajando por la antedicha calle del Aljibillo, en cuyo esquinal se encontraba a la altura del número veinticuatro un pequeño comercio de origen árabe de nombre “Al Kasaba” dedicado a la venta de alfombras, cerámica y artesanía árabe, después giraba por la travesía del Aljibillo una vía empedrada y en pendiente para desembocar de nuevo en la calle de Santo Tomé, a partir de aquí, volvía sobre sus propios pasos hasta llegar al Palacio Episcopal donde giraba a la derecha para pasar por delante de la Catedral, y unos metros más abajo enfilaba la calle de Santa Isabel, que en este primer tramo es ascendente, hasta llegar a la altura de la calle Córdoba donde comienza a descender para desembocar en la Plaza de Santa Isabel, donde se encontraba situada la Sede de la Escuela de Traductores de Toledo, en un regio edificio, construido con hiladas de ladrillo entre las cuales, horizontalmente se colocaron sillares de piedra y argamasa, con ventanas exteriores en sus careados de levante y poniente, ornamentadas en su parte superior con hiladas de rasilla dispuestas a tizón.
Así mismo, el inmueble constaba de una puerta de doble hoja, adornada con siete filas de tachones semiesféricos, en cuya parte superior destacaba un balcón enrejado, con seis ventanales. Esta entrada se encontraba flanqueada por dos columnas de piedra cuyos fustes y capiteles se extendían hasta la misma base del cornisamiento, espacio ocupado por treinta y tres resaltos, que sustentaban la cubierta de madera de aquel singular edificio civil.
De este modo, Jacob cada mañana caminaba por esta trama urbana de adarves y calles laberínticas, estrechas y empedradas, que regalaban a los transeúntes sus fragantes aromas a jazmín, albahaca, y yerbabuena, animando, de este modo, un itinerario verdaderamente maravilloso, ...(...)

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