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BIENAVENTURADOS LOS QUE TRABAJAN POR LA PAZ

LA FELICIDAD ESTÁ EN DAR AMOR Y CONSTRUIR LA PAZ

Camilo Valverde Mudarra

ESPAÑA



BIENAVENTURADOS LOS QUE TRABAJAN POR LA PAZ

Camilo Valverde Mudarra

El género literario de las bienaventuranzas es un producto semita. Las S. Escrituras las emplean varias veces (Sal 1,1-3; 31,1; 41,2; Prov 3,13; 8,34; Eclo 14,1; 28,23, ...), lo mismo que los escritos rabínicos.
Mt y Lc difieren en el número; ordinariamente se admiten ocho en S. Mateo, pero atendiendo a su simple diferenciación literaria, parece que el número es de nueve. Estas nueve “sentencias exclamativas” forman el exordio solemne del sermón de la montaña (Mt 5,3-12) y constituyen una síntesis del mensaje evangélico como programa de vida cristiana. Al mismo tiempo, se presentan como formas concretas de concebir la felicidad del hombre.
Las bienaventuranzas definen las disposiciones interiores que conforman al hombre con la voluntad de Dios: Unas, el grupo más numeroso, cualifican la actitud del creyente ante Dios y otras dos, la de los misericordiosos y la de los que trabajan por la paz, llamadas “activas”, designan disposiciones del corazón que han de inspirar al cristiano en sus relaciones con el prójimo.
Bienaventurados los pacíficos, los pacificadores, los que activamente aman, buscan y se comprometen con la paz; de ahí que la mejor versión sea aquella de “los que trabajan porque se implante la paz en el mundo, ellos serán llamados hijos de Dios”. Son hombres como S. Pablo, S. Francisco de Asís, S. Juan de Dios, Martin Luther, M. Gandhi, Teresa de Calcuta y tantos otros que callada y silenciosamente dedican todas las fuerzas de su vida a la oración y a extirpar del corazón humano el odio y la violencia para que reine la paz en este mundo.
En esta séptima bienaventuranza, no se beatifica a los pacíficos estáticos, o a los de temperamento pacífico y de natural tranquilo, sino a los dinámicos en el ejercicio de esta virtud: los hacedores de paz (Son los constructores de la paz, los que, por amor a Cristo, por una virtud efectiva, se dedican a edificar la paz. La realización de la paz en la vida del cristiano tiene un aspecto interno que consiste en el comportamiento personal de la voluntad de vivir en paz con los demás y para los demás. “La paz os dejo, mi paz os doy; no como el mundo la da, os la doy yo” (Jn 14,27). Y así aconseja el Apóstol: “Corresponded a sus desvelos con amor siempre creciente. Vivid en paz entre vosotros” (1Tes 5,13). “Alegraos, buscad la perfección, consolaos, vivid en paz, y el Dios de la caridad y de la paz estará con vosotros” (2Cor 13, 11). “En cuanto de vosotros depende haced todo lo posible para vivir en paz con todos” (Rom 12,18). El cristiano ha de promover la paz a imitación de la obra sustancial de Cristo en la búsqueda constante de la virtud y la perfección; “para que seáis hijos de vuestro Padre Celestial... Vosotros sed perfectos, como vuestro Padre Celestial es perfecto” (Mt 5, 54.48); y en Santiago 3,18: “El fruto de la justicia se siembra en la paz, para los que obran la paz”.
El contenido de la bienaventuranza incluye a todo el que busca, difunde y trabaja por la paz; abarca a todos, la misma estructura en que está redactada lleva a una formulación universal e impersonal
El premio que tendrán los “hacedores de paz” es que serán llamados hijos de Dios. “Ser llamados”, en semita significa ser “reconocido” por tal, ser verdad lo que se dice de uno. Cristo les promete que van a ser hijos reconocidos por el Padre, hermanos suyos y por tanto, coherederos en el reino celestial. Es extraordinario, impensable, la criatura adquiere todos los derechos de hijo en la casa de Dios Nuestro Señor. ¿Y cuándo será esto así? La redacción lo supone en la fase escatológica, lo mismo que el contexto en que se encuadra (vers. 5.6.7): premio en el cielo. Los tiempos usados para indicar el premio de las bienaventuranzas, puestos unos en presente y otros en futuro, no son argumento decisivo, porque la redacción es de tipo “sapiencial” o “gnómico” en que los tiempos cuentan menos que el sentido atemporal que encierran y la permuta de los tiempos verbales no suele afectar al concepto. Para una valoración mejor en este punto, se deben tener en cuenta estos dos elementos:
a) El doble concepto que se usa en los evangelios sobre el “ingreso” en el reino. Unas veces ya está presente y realizado, otras, sin embargo, se presenta como futuro, pues se piensa en su fase celeste, escatológica.
b) El sentido moral de adaptación universal que les haya dado S. Mateo por el sentido “eticista” de todo su evangelio.
En hebreo, la relación o dependencia se establece frecuentemente con la palabra hijo (ben : hebreo y árabe; bar: arameo). En la S. Escritura, a Dios se le llama muchas veces Dios de paz; los “hacedores de paz” tienen una relación especial con Dios. De ahí la formulación de “hijo de Dios: “Amad a vuestros enemigos, y orad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre Celestial” (Mt 5, 44-45). Y S. Pablo afirma: “porque todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús... sois herederos según la promesa” (Gál 3, 26.29).
Por último, se deja notar en esta bienaventuranza una enseñanza o invitación respecto a la forma de fundamentar el reino: no por el fragor de las armas, sino de modo silencioso y espiritual, esto es, “haciendo, edificando la paz” del reino entre los hombres.

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Camilo V. Mudarra es Lcdo. en Filología Románica
Catedrático de Lengua y Literatura Españolas,
Diplomado en Ciencias Bíblicas y poeta.

Este artículo tiene © del autor.

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