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POR LA RIBERA DEL JUCAR

Valentín Justel Tejedor

España



Impresionantes gargantas, desfiladeros y cañones estratificados, con evidentes huellas y señales de una permanente acción erosiva, escoltan el pausado discurrir entre meandros del río Júcar, por este bello y singular paraje manchego.
Existe un marcado contraste entre la profusa y ubérrima vegetación, que ocupa las fértiles campas contiguas al lecho fluvial, y las aristadas, agrestes, y escarpadas paredes verticales, que encajonan su liento y premioso avance. Así en las glaucas vegas limítrofes se suceden los plantíos y arboledas, junto a los pradales y herbazales, estos últimos salpicados de rubescentes amapolas; los alabeados, encarrujados, delgados y nudosos ramajes y codales de los sauces, y abedules se descuelgan con audacia y procacidad sobre el azulado y aterciopelado álveo, produciendo un efecto visual ciertamente umbrío y fantasmagórico; las suaves y leves corrientes arrastran leñosos troncos, que continuamente emergen y se sumergen al undísono son del movimiento de las aguas; un tímido y caricioso céfiro de atarceder, desplaza con suavidad la verde fronda del boscaje, mezclando su dulce susurro con el armonioso y trinado gorjeo de los pájaros. Todo este indescriptible espectáculo natural, que impregna los sentidos es columbrado desde la proceridad por unas majestuosas, ajadas, y turbadoras moles pétreas, que con sus arromados peñascos, sus profundas hendiduras y cavidades, y sus desprendidas cornisas, y resaltes tratan de proteger con su innegable fortaleza el pandeante serpenteo de la fluvial cárcava.
De este modo, siguiendo la ocre y melada trocha paralela al cauce, donde en su margen izquierdo, perpendicular a la enhiestada y vertical pared rocosa se hallan riscos, pedruscos, y guijos fruto de parciales y abruptos desprendimientos, se vislumbra a media altura, sobre la imponente masa caliza, el lignario balaustraje de las Cuevas del Diablo, y un poco más a la izquierda los ventanales excavados en la roca viva, que corresponden a las Cuevas de Garaben; decenas de metros más arriba la inconfundible silueta del inexpugnable castillo, se erige en excepcional vigilante del pintoresco paisaje.
Así, oculto tras un peñasco de grandes proporciones, al superar el último alabeo del camino, se presenta sin preámbulos, el maravilloso pueblo de Alcalá del Júcar, con su sáxeo puente de cuatro vanos, que facilita el discurrir de un río alegre, transparente y agitado, que se desenvuelve con soltura entre los rápidos y las corrientes, que se forman junto a la sangradera o caz, que discurre con suma premiosidad por la parte baja de la población.
Así, una ascendente y empedrada escalera permite el acceso a un mirador con rejería de forja,  situado junto al templo parroquial, desde donde se puede divisar toda la comarca, avistar el peculiar coso taurino, y detener la mirada en las inusuales viviendas excavadas en las entrañas de la roca.
Declinadas callejuelas, con históricas reminiscencias e influencias árabescas, dan vida a este singular pueblo; correderas y cuestas que se encuentran exornadas con testerajes de enardecidos geranios bermellones, purpurinos, y carmesís; de virginales y albares azucenas; y de rubras y coccíneas hortensias; floral colorido que se muestra antagónico con las pulcras, y níveas fachadas, que únicamente se tornan umbrías con la azabache y fresca sombra matinal o vesperal, y con el  crepuscular y denegrido manto de la endrina anochecida. Sus gentes sencillas, y campechanas muestran su carácter más hospitalario y amable con los visitantes, que recorren las angostas calles del núcleo urbano, tratando de localizar dos de los singulares atractivos de este entorno, por un lado las famosas Cuevas del Diablo, lugar privilegiado desde donde observar la espectacular hoz del río Júcar; y por otro lado, el imponente castillo medieval, poderosa fortificación, que tras superar los intrincados escalones en enrevesado caracol, se convierte en un lugar  excelente para obtener una asombrosa y bella panorámica de la comarca.

 

 

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