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EL JARDÍN DE LA EXPIACIÓN

Adrián N. Escudero

ARGENTINA



EL JARDIN DE LA EXPIACION

A Ray D. Bradbury, con indeclinable admiración...

...Ahora tocaba el turno al Contador de Cuentos.

Porque el cumpleaños había venido desarrollándose normalmente, tal como era estilo en aquellos tiempos. Esto es: los payasos habían recibido y distraído a los chicos que llegaban, ayudando al agasajado a disfrutar de sus juegos. Luego, habían comido alimentos salados y dulces, y bebido refrescos abundantes - pues era verano -; y, después, el Señor Mago, los había hechizado envolviéndolos con un tejido multicolor de situaciones inexplicables. Hasta que, por fin, y de modo de entregarlos serenos a sus padres al cabo de tantas esperadas y excitantes experiencias vividas, entraban a la sala mayor de la casa, ordenadamente y dueños de casa de por medio, tomaban asiento y esperaban, aún ansiosos y cuchicheantes, el turno del Contador de Cuentos.

El Contador de Cuentos entraba por una puerta lateral de dicha sala, subía a un estrado pequeño enfrentando a las hileras de niños escucha-cuentos, depositaba el libro que debía traer siempre a mano sobre la tarima oratoria, y, sin abandonar el gesto profesoral que llevara al más absoluto silencio al auditorio, saludaba gravemente y comenzaba su tarea...

La tarifa era por tres relatos. Un cuento ambientado en el Pasado, otro en el Presente, y, el restante, en el Futuro. Los dueños de casa grababan los cuentos y, a instancia de la personalidad de cada chico, cuando los padres venían a buscarlos alrededor de la cuarta hora de fiesta, se llevaban de obsequio a uno de esos relatos.

Ya en casa, Luigi repasó en su equipo el cuento seleccionado. Papá tuvo la paciencia esperada en estos casos, y dejando en penumbras el dormitorio, pactó con mamá los últimos quehaceres del hogar, acostó al niño, y escuchó con él aquel extraño relato de Navidad que el Contador de Cuentos inventara y contara, y que intrigara tan especialmente a la absorta audiencia....

Sí, aquella mañana fueron tres los niños que escondieron su desayuno de cápsulas con gusto a leche y mermelada de duraznos. Lo hicieron bajo las escafandras del color dorado de las aguas de los sueños con que llenaran los Canales Marcianos. LUIGI, MEMO y SCOLL.

Sin embargo, sólo dos podrían escaparse hasta el Valle de las Colinas Verdes a cumplir La Misión. Abrumados por imaginarias alforjas y urgidos por el imperio de la aventura, La Misión les estremecía la piel, y no precisamente por causa de aquel viento frío que soplaba del sureste cuando huyeron de la Colonia con rumbo desconocido...

UNO (El Plan):

Estaban seguros. En algún lugar encontrarían un pino o algo parecido para adornar. Porque, así como los chicos de la Tierra ruedan por las noches renegando de sus padres, atrapados por el silbo milenario de la Luna, atraídos por el clamor codificado de la Legión de los Pies Descalzos (miradas electrizantes y manos forjadas para lo incierto), repitiendo edad por edad la historia de un tiempo donde la muerte no existe, y el dolor es la risa del amor propio compartida; así ellos también, en Marte, eran los dueños del Mundo. Capaces de superar la incertidumbre de lo extraño hasta dominarlo y poseerlo. Capaces de embarcarse en la oscuridad aciaga del Planeta Rojo, y deslizarse y echar migas con aquellas Bolas etéreas e inofensivas que aparecieran por las noches, acechando los cohetes y los radares, cuando todos, menos ellos, dormían...

Que por algo dos lunas había. Y no tan lejos. Muy cerca de sus cabezas acorazadas, destruyendo la sensación de lo imposible que tan sólo lo exclusivo y lejano promueven en el alma de los niños.

Ahora claro; aquel mundo era Otro Mundo. Y había que considerarlo como tal. Olvidar los viejos cuadros, los viejos libros, las viejas calles y los viejos juegos, y pintar, escribir, recorrer e inventar otros. Todo debía renovarse. Todo debía ser nuevo. Todo era nuevo...

Por eso aquella inusitada manera de caminar dando saltos, flotando en el espacio como nimbus de tormenta. Las manos, sujetas. Las voces, desfiguradas: ahogadas por el cuenco de la escafandra; enrarecidas por los intercomunicadores de corta distancia.

No era fácil. Sobre todo porque ellos, los Primeros, no habían nacido allí.

Entonces, costaba cambiar el sigilo gatuno de las bicicletas alquiladas y lanzadas como misiles por la espesura de los parques. Trocar el centellear de sus ruedas (zaranda vibrátil donde el Tiempo anida y se estaciona), la vivacidad de sus cintas coloridas (estelas de un sol de primavera), la estridencia súbita de sus bocinas (chillar de aves disparadas en el cielo), por aquel complicado y, no por nada, versátil vehículo que los llevaba ahora, sobrevolando a escasa altura, la superficie amarronada del planeta nuevo.

Aunque pocos lo entendieran, respondiendo al ancestral llamado de la naturaleza, MEMO y SCOLL habían escapado, acompañando al expansivo latido del Universo, mientras el tambor cósmico truena y sacude las galaxias...

DOS (La Huida):

Los grandes, por su parte, y como siempre sucede en estos casos, tardarían en sospechar, en descubrir la Huida. Por supuesto que, una cosa era eso, atreverse a flotar - levitador mediante -, o a volar como pájaros novedosos en una tierra sin pájaros, o a dejarse caer como lluvia en una tierra sin lluvias, y abandonar el sexto piso de la colmena propia y pasear por la ciudad en miniatura, desarmable y plegable, explorando a los saltos sus geométricas callejuelas - como canguros en una tierra desértica sin canguros -, y analogar su amanecer con el de la lejana, nunca olvidada Tierra, añorando sus paisajes y su historia, buena o mala, pero real y comprensible al fin porque de su polvo habían nacido...

Una cosa era eso. Y otra... aventurarse en el Valle de lo Ignoto.

SCOLL, por ejemplo, vivía hablando de Ellos. De los Marcianos.

No los hacía verdes. Tampoco enanos. Por el contrario, los imaginaba blancos y delgados, muy altos, espigados, con la facultad de tornarse invisibles a la luz del sol. De allí su parco y retraído andar por las mañanas. Su obligado respeto por las colinas cercanas...

PAUL, el francesito, contradecía al sueco e insistía en que debían ser redondos. Redondos como esas Bolas celestes y rosadas diseminadas por la noche alrededor de la Base, y que turbaban el sueño de la Colonia con un millón de ojos de serpiente marina, desapareciendo al amanecer...

No obstante, ambos coincidían en algo: la imposibilidad de hallarlos a pleno día.

Por su parte, LUIGI adoptaba una actitud risueña y terminaba corriendo como consecuencia de sus ironías sobre el tema. MEMO, en cambio, los escuchaba y preguntaba. MEMO era el mayor; y varias veces los había azuzado en el coraje, preguntándoles si serían capaces de ir en su busca una noche cualquiera.

Y pudo haber sido esto, y la Navidad sólo un pretexto, o bien la Navidad el objetivo y, al mismo tiempo, la oportunidad de demostrar hombría, lo cierto es que el Viaje había comenzado al fin. Aunque PAUL renunciara a la empresa, y el áspero LUIGI, de madre intuitiva, no pudiera en consecuencia gustar de la aventura...

MEMO y SCOLL, en definitiva, serían sus representantes.
Así que el perplejo artefacto se alejó de la campana de seguridad que coronaba a la colmena, y papá y mamá se alejaron... Los cuartos abrigados, también. Y la máquina de juegos que olvidaran apagar, y los libros de cuentos y los fantasmas que olvidaran encerrar. En cuanto al Regreso... , vencedores o vencidos, un breve escalofrío les recorrería las espaldas, punzándoles las asentaderas moradas por el castigo paternal.

Pero valdría la pena. Porque si encontraban el Pino, podrían con seguridad encontrar flores en el lugar. Flores que reemplazaran a las burbujas de mica o soplillo por pimpollos naturales, listos para adornar.

Pero había que encontrarlo. Encontrar en Marte un Jardín o un Bosque donde hallar ofrendas para la Navidad.

TRES (El Trayecto):

Una voz: "...Mi reloj marca el mediodía marciano. Hace unos segundos que el asedio ha comenzado. He investigado todos los detalles, pero no puedo determinar la falla que impide a la Oruga emprender la retirada. Hasta la presión del aire que eleva al EXPLORADOR es correcta. Pero los mandos no responden. Insisto, todo parece estar bien en el módulo de rescate: estabilidad, dirección y fuerza impulsora. Pero ELLAS cada vez son más y se agrupan en un círculo caleidoscópico... Rrrurr..., y los traviesos MEMO y SCOLL nada recuerdan. Presumo haber perdido hace instantes - como ellos - el conocimiento. Al parecer, esa Cosa Blanca y Gigantesca que no acierto en definir, habría surgido desde el centro del Bosque como una voluta cristalina, como un embajador reflejo de alguna de las lunas que duermen bajo el bendito Planeta, y se ha comunicado. Ha sacudido mi mente participándola de los remotos orígenes de una Historia inverosímil... Rrrurr... Ustedes tardarán en recibir este mensaje; un minuto quizás. Y un minuto será tarde ya para la rapidez con que se precipitan los alógenos sobre... Rrrurr...".

— MEMO, siento... -SCOLL asume el temblor y queda con la vista abstraída en aquella chispa que se alarga como una exhalación de dragón cerca de las colinas entenebrecidas. Tal vez una estrella.

— Miedo... Y SCOLL vuelve a estremecerse hasta que la voz de su amigo lo serena.

— No es nada. Adelante.

Entretanto, el vehículo recorre las distancias dejando tras de sí una fina estela de polvo, que es como una danza de espectros bailando bajo las lunas marcianas; como bengalas crepitantes que se alzan y caen sobre la tierra sombría, para no levantarse jamás...

— ¿Qué distancia hemos...? -murmura SCOLL restregándose los ojos, vencido por el sueño.

— Treinta kilómetros -responde MEMO, apartando la vista del camino y en rápida ojeada al marcador.

Seis de la mañana.

La chispa es, por entonces, una enorme fogata que estalla como un incendio azul, y semeja a una nueva luna que hubiera apoyado su vientre en el Planeta.

MEMO piensa y una música dulce turba sus sentidos, le moja el paladar y le desata de pronto las cuerdas vocales en un grito eufórico...

— ¡Un castillo! ¡Se trata de un castillo!

Pero la actitud de SCOLL es reservada y para nada optimista. Y aunque está todo muy oscuro, puede adivinarse en su rostro la ansiedad que le produce el contacto inevitable con lo desconocido. Porque el castillo, o lo que fuera, está allá, a lo lejos, esperándolos...

El olor de sus calderos humeantes y salados llega hasta su nariz arrancándole lágrimas, porque en verdad tiene miedo, mucho miedo, y un deseo loco de dar la vuelta y abandonar el propósito del Pino y de las Flores, y de los Globos y Regalos, y franquear desesperado la entrada la Base, y correr a su cuarto, y desvestirse, acostarse y dormirse, y no volver a hacer caso a esas viejas historias que enseñan a la gente a festejar la Nochebuena con alegría y ganas de ser mejores...

Pero no puede.

Además, se siente hombre. O con muchas ganas de serlo. Así que... ¡adelante!

CUATRO (El Encuentro):

— ¿Qué será? -pregunta SCOLL, más sereno.

— No sé. Parece un castillo; o una fortaleza marciana. Tal vez un gran estanque donde los marcianos ahogan a sus enemigos. O el caldero gigante donde los hierven antes de comérselos... -ironiza MEMO conmoviendo a la cándida valentía de su amigo-. O una estrella cansada de viajar... No sé. Falta poco; ya veremos.

Y el humo de las brujas se pega al renegrido telón de los luceros, y su aroma a incienso desechado por los ángeles buenos, es como un elixir del Averno que se parece mucho al hedor del miedo...

A treinta y dos kilómetros de recorrido, la fogata se convierte no sólo en un incendio azul, sino también rojo y amarillo, con un restallante esplendor que encandilará sus ojos y les obligará a detener la marcha y a esperar que el corazón vuelva a ubicarse donde generalmente deben estar los corazones humanos... Porque el sendero ancho y desértico, con leves ondulaciones marginales, se cerrará de súbito en una curva cóncava entre las dos ciclópeas columnas de piedra por donde el fuego se filtra, y en angostado pasadizo inclinado abruptamente, dará origen al valle de la escabrosa meseta donde se ahueca el Hoyo de los Arboles Sibilantes...

— ¡Dios mío!

— ¡Virgen santa!

— ¡¿Qué diablos?! -protestan intentando el retroceso. Pero están obnubilados para hacerlo.

— ¿Es posible una COSA así? ¿Cómo es que los grandes y sus aparatos no registraron ESO nunca? ¿O lo registraron y nosotros no sabíamos...? -Susurra MEMO mientras sus pies se desvanecen en el aire y su cuerpo se desintegra en escalofríos acelerados. Entonces, la cabeza le explota en esquirlas de duda, y su existencia es sólo una idea vagando errante por la cósmica soledad de Marte...

SCOLL también es una idea.

— No sé. Puede ser... Dos meses es poco... Tal vez ESO pueda ser fotografiado, o ESO recién acaba de formarse. ¡Claro! ¡Así es! - y MEMO vuelve a sentir que todas las moléculas disparadas al ozono de la quietud marciana, retornan desde el infinito a su idea de carne y huesos invisibles, convencidas de la sutil armonía recuperada que las agrupa. Su cuerpo, entonces, exhala tibieza nuevamente y la mueca de terror se trastoca en suspiro de alivio.

— ¡Eso es! -repite, eufórico.

Y SCOLL lo mira y piensa que todo empeora porque ahora su amigo parece haberse vuelto loco.

— ¿Qué es? -pregunta irritado.

— ¡Espejismo!, SCOLL. ¿No te das cuenta? ¡Espejismo! -chilla MEMO feliz, pero la radio de los trajes espaciales emite un ruido que es como un graznido, y la ansiedad, sorprendida, enturbia los visores y el intercomunicador enmudece quedando ambos, por un segundo, absolutamente solos, sin ver ni oír nada...

— (...)

SCOLL, que ha perdido el sueño, no habla; porque habla y MEMO no lo escucha. Grita, y MEMO no atiende sus quejidos. Esclavos de la vestidura, sus torpes movimientos sólo atinan a dibujar la desesperación de estar cerca pero solos; con la improbable certeza de adivinar sus pensamientos...

Y cuando las bolas celestes y oblongas, amarillas y chispeantes, rojas y maléficas, que ellos conocían, se acercaron, un largo silencio adormeció la Región.

CINCO (El Mensaje):

El pensamiento: "... Sí, los niños están bien. Se molestan al observar el fenómeno, sin advertir el riesgo. Arrobados, ríen, se empujan y golpean, flotando en derredor como palomas; han desconectado el sistema automático y, lo que es peor aún, se han despojado de sus buzos protectores... Pero no puedo reprenderlos. ALGO o ALGUIEN me lo impide. Me he convertido en mudo espectador de sus cabriolas. Y siento temor... Clausurados mis tímpanos, endurecida mi lengua y petrificados mis miembros, todo, excepto la mente y la visión parece haberse congelado. Ellos, en cambio, están felices. Pienso. Pienso. Ambos demuestran conocer a los bichos, burbujas, marcianos o lo que sean; y hasta los saludan... Sí, están felices. No puedo decir lo mismo. Es probable que el temor haya paralizado mis sentidos. Pienso. Pienso. Tengo miedo, pero no sólo por mí; por ellos, especialmente. Si pudieran oírme... ¡Escúchenme! ¡Por favor, escúchenme! Pienso. Sólo pienso. No puedo hablar. No puedo... ¡Mayor O’ Brien, tome el mando! ¿Me escucha? No. No. No podrán. Oh Dios, grande fue la sorpresa cuando, después de rescatar a los chicos y emprender el regreso, las vimos venir. Gráciles y silenciosas; hasta sentir por ellas el mismo miedo que acaba de estremecerme. Jamás hubiera pensado que en esas bolas de polvo satinado, habitara la INTELIGENCIA. Grande también nuestro error: porque de algún modo las hemos ofendido al pretender derribar las misteriosas raíces de donde provienen; árbol bajo cuya sombra anidan como monjes esféricos... Por no escucharlos. No atender al aviso de los chicos y atribuir a fantasías de jóvenes colonos lo que, en vano, trataron de explicar...".

Interrupción.

El pensamiento dibuja arabescos en el cielo amanecido de Marte, y sortea raudo la claridad del día que se inicia.

En vano, las estacas verdes de la COSA intentan detenerlo...

"... Y las disculpas carecen de sentido. Por lo demás, ellos están como en otra dimensión: escalando estrellas, disfrutando la magia de un millón de fuegos de artificio, sentados a la mesa de azúcar gustando dulces y cristales, anticipándose en despreocupado jolgorio a la tierna remembranza de la Navidad... Sólo espero que los otros hayan escapado, y que no sea necesario destruir lo que hemos descubierto. Es algo demasiado hermoso para agravar el sacrilegio... Y el peligro subsiste. MEMO, SCOLL..., si al menos hubieran alcanzado a... Pero prefirieron venir conmigo; decían que era un orgullo viajar con el Comandante y Gobernador de la Colonia. Ahora están atrapados. Eso es lo que me temo...".

“Aunque canten... Sí, canturrean agitadamente y se estremecen como ebrios. ¿Habremos recuperado la voz? ¡Atención! ¡Mayor O’ Brien! ¿Me escucha? Sin embargo, no puedo YO escuchar mi voz. ¿Qué sucede? Pero ellos cantan, a ellos SI les escucho cantar... Y Gabriel-Bvogloc-Muska-Petronio, etcétera, son algunos de los nombres con que han bautizado a las creaturas gaseosas. Y ya estamos... ¡completamente rodeados! Las bolas se enciman, comprimen y lanzan unas contra otras, frenéticas y eléctricas, bordeando el perímetro total del EXPLORADOR en un círculo perfecto... ¡Ahhhhhh...! ¡Una belleza espectral preside la hondonada de este Valle Embrujado! ¡Sus árboles metálicos, son como arqueros de acero devolviendo cual espejo los dardos de luz! ¡Terrible alcurnia la marmolada corteza de su piel helada...!".

Y el pensamiento, transformado en brisa apenas intelegible, es como un débil murmullo empeñado en no desfallecer. Por un instante, sin embargo, sus gemidos se reemplazan por los vientos de una acezante respiración, como el bramido de una bestia sofocada...

"...Así, de pronto, un rizo azulino atraviesa el manto de gases que nos aprisiona, rompe -eléctrico- la monotonía de su Polvo de los Siglos, aventa ramas y hojas milenarias, y una nueva columna de alabastro tornasolado ocupa su sitio, estrechando el espacio y la distancia disponible entre un Arbol y otro... Su brillo, particularmente enérgico, se perfila tras la cortina cromática. El crecimiento no es evolutivo, sin embargo. Ni siquiera lento. Es, simplemente, explosivo. Un estallido vibrante, tan vehemente como un grito de libertad. El nuevo Arbol no tarda en confundir sus aristas cortantes y espejadas, con el resto de sus pares. Pero si aquella jungla de vitrales impresiona por su génesis y efectos iriscentes, tanto más aquel racimo de penachos rúbeos y carnosos, enarbolados en punta por un ramaje verdeoliva, obnubila la conciencia y extasía la visión subyugando al olfato: sí, un perfume novedoso fluye, voraz e intermitente, desde los poros sangrientos de aquella Flor magnífica... Su orgía de aromas es mágica. En seguida a jazmines. Al instante, a rosas. Al segundo, a diamelas. Siempre en torno al festivo conjuro del que nacen los Globos Celestes, Amarillos y Rosados, que continúan -incansables- apretujándose a nuestro alrededor...".

Silencio.

"...Y antes que este Muro termine por nublar nuestro contacto con la realidad, observo nuevamente al luminoso Engendro de la tierra marciana, y no dejo de maravillarme ante su increíble transmutación, fuera de todo entendimiento... Claro: ya maduro, su brillo se estacionará estabilizando el color e igualando su estirpe al común de aquella flora apocalíptica. Pero antes, el perfume exhalado que ondea la atmósfera como una mansa e incorpórea marea celestial, se enquistará en El y será parte del vapor azulino que comienza a supurar... ".

"...Lástima; ya no alcanzo a divisarlo. La intensidad inicial del brillo ha comenzado a atemperarse y no llega a proyectar imágenes por sobre el anillo de Burbujas que arremeten. Pero sé que cuando alcance el uniforme volumen que distingue a estos Seres, se desprenderá, caerá mansamente al suelo, y empezará a vivir...".

Una súbita quietud sega voces y pensamientos dentro de la Máquina Exploradora. ALGUIEN observa cómo el Comandante detiene su mirada sobre el horizonte hostigado por los Alógenos que lo circundan. Ha contraído sus facciones y se ha quedado quieto. Los chicos también lo observan. Miran los labios finos sellados, y al rostro duro y joven que se ha vuelto viejo; y, desde la escotilla amurallada, miran también como la turba roja-azul-celeste-amarilla-roja, desencadena olas de sombra sobre el interior del vehículo.
Y tienen miedo. Después de los cantos, tienen miedo.
Primero un poco, porque no entienden lo que pasa. Sonríen nerviosamente y recuerdan lo hermoso que ha sido jugar con ellas... Y aprender de ellas... Conocer de Almas y de Paraísos. Pero ahora se aterran. Aunque les hayan confesado que no son tan extrañas a los hombres. Que los hombres conocen a los Angeles y a los... demonios. Claro que ellos, en aquel momento, no reflexionaban. No interesaba ni código ni asunto. Sólo jugar y rodar, semejarse a ellas y rodar con ardiente energía, con elástico sudor, por el estrenado suelo marciano...

Pero ahora tienen realmente miedo. Dejan de sonreír y lloriquean... Entonces, la visión del Bosque Espectral desaparece. Se esfuma limpiamente y el horizonte recobra su paisaje habitual...

El Comandante, asombrado, parece reaccionar.

Parpadea repetidas veces hasta aceptar la imprevista situación, y recobrando la agilidad de sus miembros, intenta mover el transporte.

Los tubos de elevación sueltan su carga de gases, y EL EXPLORADOR oscila un poco y parece despegar.

No es así. Nueva sorpresa. Sólo consigue elevarse unos centímetros antes de caer pesadamente para no moverse más.

En seguida, la OSCURIDAD total. El despertar cruel a una terrible sensación de ahogo e impotencia que los arroja feroces contra las paredes del vehículo buscando el oxígeno para poder sobrevivir. Llantos y jadeos. Jadeos y maldiciones de manos crispadas sobre los controles, intentando destrabar puertas o reservas auxiliares para librarse y escapar... No ha sido mucho el tiempo transcurrido, pero la desesperación ha vuelto siglos los minutos. "¡Dios!", es la oración agónica que los vuelve UNO, antes de que un torrente de luz omnisciente, más blanca que la nieve, invada sus cuerpos purificándolos...

SEIS (Tres Vientos):

El resto de la partida de rescate se aproxima. Una veintena de voces sorprendidas.

Sus Máquinas arrogantes frenan la marcha en medio de la hondonada calma y silenciosa. Es pleno mediodía en aquella región de Marte. Los motores, se ahogan en un zumbido agudo...

Frente a ellos: EL EXPLORADOR. Como muerto. Mudo espectador de un suceso inaudito. A la espera. Solo.

— Señor; habla el Mayor O’ Brien. ¿Me escucha ahí dentro? ¿Dónde está el bosquecillo que acaba de describir? Hubo interferencias, pero... Comandante, no le escucho. Responda: ¿están bien? ¿Y los chicos?

— "SÍ, MAYOR. LE ESCUCHO PERFECTAMENTE. YA PASÓ TODO. SÁQUENOS DE AQUI, POR FAVOR. LA PUERTA DEL MÓDULO ESTA TRABADA; NO CEDE. POR FAVOR, INTENTEN ALGO USTEDES DESDE AFUERA...".

— No contestan. ¡Diablos!, ¿qué sucede aquí? ¡Comandante!, ¿los chicos? ¿Están bien? ¡Responda, por favor!

— "PERO, ¡¿ QUÉ PASA CON USTED, MAYOR?! ¡ACABO DE DECIRLE QUE ESTAMOS BIEN! ¡SÁQUENOS YA!

— Algo ocurre. No responde. Maldita sea. Capitán SCOLL; Teniente IGLESIAS: fuercen la puerta del transporte; como sea. ¡Rápido!

— "..."

— Mayor, ¿me escucha? Habla SCOLL.

— Claramente, Capitán. ¿Qué está sucediendo allí?

— Estamos sobre el vehículo. Pero es extraño. No vemos a nadie dentro de él. Al menos desde aquí afuera.

— ¡Fuercen la puerta! ¡Apúrense, por amor de Dios!
Un disparo.

— ¡Ya está!

Tres VIENTOS cálidos, azules y amarillos se agitan hacia el exterior, desvaneciéndose en el aire sin dejar rastros...

— Nadie... ¡Mayor, aquí no hay nadie! Teniente, vamos a revisar el aparato.

— (...)

— Todo en orden, Mayor; repito, todo en orden. No hay muestras de violencia, ni algo que nos ayude a... Es como si se hubieran esfumado.... No sé. No entiendo nada.

— Capitán; Teniente; vuelvan. Daremos una batida en busca de huellas. Tal vez nos hayamos equivocado de zona y el bosquecillo esté cerca de aquí. Parece que aún no conocemos bien esto.

— Disculpe, Mayor. Pero no puede ser. Recuerdo claramente el lugar. Incluso... ¡Sí! ¡Allá están! Las sierras eléctricas. Las dejaron cuando intentaron escapar, y por orden del Comandante...

— Vuelvan entonces de todos modos. Regresamos a la Colonia. Necesitamos pensar y planificar la búsqueda. Esto es grave. Muy grave...

Los hombres obedecen. Recogen al módulo desolado y desaparecen tras la cima de una meseta cercana.
Recorren la vuelta en silencio. El grabador reitera parte del mensaje de auxilio recibido, mientras piensan que Marte es un extraño planeta. Y están demasiado preocupados para darse una respuesta.

A veces se miran. El Capitán ha perdido a un hijo de once años. El Teniente a uno de doce. El Comandante ha sido una buena persona, y una familia lo aguarda. Una Navidad triste les espera si, al cabo de un día, ellos no aparecen. Volverán a la Colonia y armarán el planeador. En algún lado estarán: ellos y los malditos bichos y los malditos árboles. Ellos y los benditos bichos y los benditos árboles. Hermosos y benditos árboles para pinos de Navidad...

SIETE (El Final):

Cinco minutos y están llegando. Entonces...

— ¿Oyen? ¡Son cánticos!-, alerta alguien.

— Villancicos. ¡Villancicos! ¡Las mujeres cantan villancicos!

— "Ya llegó la Nochebuena, ya llegó la Navidad. Entonemos alabanzas, para el Niño que vendrá"...

El Capitán deja caer la gota de lluvia que ha superado su fortaleza, y el Teniente siente su corazón anegado por la angustia. Sí, probablemente han comenzado a caminar por una calle nublada, descalzos, viendo a lo lejos las luces de una ciudad que jamás despertará...

No obstante, los cantos se escuchan con gran nitidez.

— Pero...

Un Árbol de Navidad. El Cohete es un fantástico Árbol de Navidad. Un gigantesco, fantástico Árbol de Navidad...

— ¿Qué..?

Y una alucinante multitud de globos, burbujas y esferas lo adorna por doquier. Sobre su pico -belleza sin par-, una Sombra Blanca y Brillante los observa.

La Colonia ha desaparecido bajo el lúcido manto de aquella jungla de cristal, y sus árboles gestan una cadena de Almas que cantan y alaban, y es un murmullo dulce el sonido del Jardín...

Los que llegan son recibidos con verdadero gozo.

Es que el Jardín ha crecido y canta. No otra cosa sucede cuando, de tanto en tanto, el Purgatorio cambia de lugar...

ADRIAN N. ESCUDERO - Santa Fe (Argentina), 1980 - Texto ajustado: 1999. Integra el Libro DOCTOR DE MUNDOS (actualmente, DOCTOR DE MUNDOS I - El Sillón de los Sueños), que fuera publicado por Editorial "Vinciguerra S.R.L." (Buenos Aires - Argentina). Enero de 2000.-

P.-S.

ADRIAN N. ESCUDERO - Santa Fe (Argentina). Breviario curricular: Nacido en SANTA FE (ARGENTINA) (1951) - Autor de los libros de cuentos editados: “LOS ULTIMOS DIAS” (1977); “BREVE SINFONIA Y OTROS CUENTOS” (1990) y “Doctor de Mundos I - EL SILLON DE LOS SUEÑOS” (2000); continuado en saga con “Doctor de Mundos II - VISIONES EXTRAÑAS” (Inédito, 2005) y “Doctor de Mundos III” - LOS ESPACIALES (en desarrollo); así como, entre otros, de los libros de cuentos inéditos: “NOSTALGIAS DEL FUTURO” - Antología Fantástica (Ficción científica) (La Botica del Autor, 2005); “MUNDOS PARALELOS y Otros Cuentos para un Semáforo” - Colección de Realismo Mágico (La Botica del Autor, en desarrollo); “DESDE EL UMBRAL - Terrores Cotidianos y de los otros” - Colección de Horror (La Botica del Autor, en desarrollo); LA TORRE DE LOS SUEÑOS (Y LOS SUEÑOS DE LA TORRE) (La Botica del Autor, en desarrollo), y “EL EMPERADOR HA MUERTO y Otros Relatos” - Colección de Realismo Mágico (La Botica del Autor, en desarrollo); todo sobre relatos inscriptos bajo registro en la Dirección Nacional del Derecho de Autor (Ministerio de Justicia y Culto de la Nación). Domicilio particular: Obispo Gelabert 3073 - (3000) Santa Fe (Argentina) - Te.: (0342) 455-4811 - E.mails: anescudero@gigared.com y adrianesc@hotmail.com.-

Este artículo tiene © del autor.

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