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Balumba

Ángeles Charlyne

Argentina



"Qué balumba de ventanas cerradas, de cristales, de

plásticos, de vencidas, dobladas estructuras.

Entonces entrará, podrá bajar el viento hasta el nivel del

fondo y desde entonces no existirá más arriba ni abajo"

Rafael Alberti

Clara se detuvo en la puerta del estar amplio y su mirada se quedó demorada en la desolación del desorden. Allí estaban alineadas todas las desprolijidades insalvables que la paralizaban y que, por otra parte, ella, paralizaba a la hora de elegir.
Ese raro privilegio -el de elegir- lo aprendió a los golpes que la vida reparte, siempre para quedarse con la mejor parte.
Se volvió hacia los ventanales y comprobó, otra vez, que el valle estaba allí y las acacias otorgaban toques blancos, como pasaportes a la coloratura, para calmar locuras y reacciones propias de una familia como la suya.
Damián, esa mañana contribuyó decisivamente al desorden cuando, desde el garaje del cual se apropió como una declaración de independencia interior, le tiró las llaves por la ventana del mal llamado “dormitorio”, como único mensaje, botella al mar, de una relación donde ser madre y padre de un número impar de hijos, no sólo duplica la tarea de contener y ejemplificar, donde la mujer del grupo descendiente, recoge -a riesgo del exceso- sólo la inaudible protesta.
Esa película que no vio, sacudía telarañas de apegos y desapegos.
Gastón, su otro hijo adolescente, se había dormido, masticando -hasta la madrugada- la boquilla de su trompeta, porque la soldadura de los hermanos varones arrastraba una escisión insuperable, por el momento, donde ambos no lograban conciliar los huecos afectivos que suceden en el peor momento del crecimiento.
“Balumba” se dijo la mujer al regresar con su mirada a la montaña de ropa y el desorden del inicio.
Ludmila, desde el silencio heredado para su madre, vigilaba la batalla desigual de los sexos, dispuesta, para ser y hacer con los medios que recibían de algún país remoto, donde su padre había detenido la búsqueda, quizás la huida, para legitimar los despojos nunca rendidos en el tiempo.
Clara, ahora y sola frente a la balumba, resignó que sus hijos varones se desviaron a la música, para contarse y contar las historias que ya no podrían contarles, como ellos quizás esperaban.
Ausente el narrador, asumieron que ellos lo podrían hacer. Por supuesto el precio era alto, a la hora de querer ser, porque para Clara la batalla se duplicaba en los frentes más inesperados y a los que nunca, antes, debió enfrentar. “Hay alturas en la vida que el futuro se escribe justo en la mitad de esa vida y lo que resta no es fácil”, se dijo.
Los pinos del parque parecían vigilar sus movimientos, cada vez que lo abandonaba para disponer de la ropa o" quizás asumir alguna tarea de esas absurdas, por lo menos en la esperanza de que salgan bien.
“Los pinos murmuran, cuando el viento decide confiarles algún secreto”-pensó-,
por ejemplo, que en el fondo y quizás haciendo frontera con el vecino, había un cuarto taller donde quiso tener su propio espacio, clausurado mentalmente por ella, ya que los quehaceres domésticos ocupaban la mayor parte de sus horas. Por eso siempre debió caminar lenta, sobre todo cuando la garúa baña con lágrimas leves, tanto sueño demorado.
Se quedó clavada contra la ventana esperando otras manos contra los fríos que se volvían insoportables, y se dijo para sí, que, la fuerza de la necesidad cobra peajes caros depende la circunstancia y el momento.
La puerta del taller estaba herrumbrada, lo advertía desde lejos, pero todo colisionaba con el paisaje diario, con la cuota invencible que no podía doblegar y que llamó “balumba”.
El timbre de la puerta de calle rebotó, casi una alarma agresiva, en tiempos donde la agresión dominaba los tonos.
El hombre llegó con un carrito que portaba desordenadas paredes de cartón, botellas y chapas, capaces de ayudarlo a llevar luego de rendir, algo de comida a su casa.
Félix tendría cuarenta años pero aparentaba muchos más. Los vientos curten no sólo los rostros, esmerilan el alma; dan forma al futuro y al futuro con que ellos forman a sus hijos, que no eran justamente y afortunadamente parecidos a los de Clara. Suena egoísta Es cierto, pero este tiempo fortalece los individualismos y si no se abriga, la intemperie hace destrozos.
Félix parecía feliz, desde aquel invierno cuando la bocanada de aire liberada por sus pulmones, le permitía escribir el infortunio con el aire.
Religiosamente, llegaba para llevar los cartones y desechos que para él tenían utilidad, y que a ella la deslumbraban a partir de la molestia de juntar aquello que aprendió a llamar basura, aplicada a todo lo que no sirve -tarde descubrió que para gente como ella significaba eso y no tanto para gente como Félix.
Lo invitó a pasar y buscar las cajas sobrantes del viaje al supermercado que habían quedado abandonadas como restos de un naufragio impensado.
Félix era dueño de una modestia natural. Inusual en tiempos de prepotencia, de avasallamientos; respetuoso, cortés, buen administrador de silencios, lo secundaba con la misma actitud, “Jeremías” que, en su caso, no tenía pies de plomo, rubricó alguna vez Gastón aludiendo a una historia de Vox Dei.
Esa mañana fragante casi aviesa, Félix le preguntó a Clara si por causalidad -en ese cuarto cerrado- tendría disponible algo que a él le sirviera.
La mujer se quedó pensando. No respondió. Y cuando estaban al borde de cerrar las puertas -clausuras que se establecen cuando alguien llega y otro se va- Félix acotó -refiriéndose a la puerta del cuarto deshabitado-, -No la lave más... ¡Ni la pinte!... Al final todo será balumba -finalizó sentenciando.
El hombre se encaminó rumbo a la calle adoquinada y ancha; tomó y empujó su carrito. Las marionetas plásticas y metálicas comenzaron a vibrar entre telones acartonados. Un suicidio ruidoso de pasado, presente y memoria.
Ella se quedó con las manos en cruz y el mensaje, sintiendo repiquetear en el alma... el eco de la basura....

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