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LA IGLESIA DE LOS CONDENADOS

de "CUENTOS COLOMBIANOS"

Bernardo Jiménez de Aristizábal

Colombia - España




El acontecimiento mayor del año en el Penal de Araracuara, no estando crecido el río Caquetá, era oír roncar ese motor sobre nosotros. Tan pronto el hidroavión se asentaba en el agua, corríamos a sacarlo empujado al playón.
Para escapar de ese penal, Alvaro Pío no hizo como los que se aventuraron por el río y murieron tragados por el remolino de Angosturas, o como los que se metieron selva adentro y murieron por picadura de serpiente rieGa o ararac. Alvaro Pío se metió con los otros al río a empujar el avión que se iba. El director del penal, disparando su revólver desde la orilla, dio la orden de salida. Tronando en nuestros pechos con la esperanza rota, el hidroavión se elevó. Pero la sorpresa grande fue cuando apareció uno colgando con sus manos agarradas al fuselaje.
-¡Miren ese loco! -gritó uno.
-¡A ése se lo comerán las pirañas! ¡Ya verán! -pronosticó otro. Y cuando vieron que no se soltaba y que, glorioso, seguía elevándose, dijeron:
-¡Caerá en la selva y los tatabros frontinos se comerán su cadáver! -¡O los pumas!
El director quiso dispararle, pero le advirtieron que podía errar y darle al aparato y se tuvo que guardar el revólver con una dolorosa expresión de rabia. (No era que le hiciera falta un presidiario, porque en el Penal de Araracuara éramos quinientos sesenta, sino porque a sus doscientos guardias les gustaba matar y enterrar a los muertos con las botas por fuera. Era una forma de ver cómo estaban las suelas para la subasta). Y, en medio de la desilusión, contemplaron al colgado como si volara con las alas del avión, que zumbaba en la lejanía hasta irse volviendo un punto imaginario en la memoria colectiva.
Coronada la fuga, Álvaro Pío entró a vivir en la civilización, escondió bajo una sotana. Y disfrazado de cura, calculó los días y las horas que le separaban del atardecer en que el representante de Dios sobre la tierra sería bien recibido en el hogar indulgente.
Llegaba en un Chrysler negro con chófer blanco, entraba en casa del cristiano sin anunciar la visita y se armaba un enorme alborozo, que trataba de silenciar con presteza, no fuera que llegara al vecindario y tuviera que unir en matrimonio a los amancebados.
Después de unos preparativos solemnes, que de algún modo recordaban las cenas cardenalicias, le pedían:
-Padre Pío, rece usted hoy el santo rosario. y en la mesa, la familia entera contestaba a coro el Ave María. Estando el padre Pío no se escatimaba nada. Y menos para una obra tan misericordiosa como la construcción de una iglesia para los presos del Penal de Araracuara: un purgatorio a orillas del río Caquetá sin más conexión con el mundo exterior que un hidroavión cada seis meses.
-¿A quién no le cabe en el corazón un golpe de pecho? ¿Qué hombre al hablarle de la cárcel no busca atrás una culpa?
Pasaba la noche con la familia de cristianos y, muy temprano, continuaba viaje llevándose una buena dote en billetes de los padres y alguna que otra moneda de los hijos.
Así fue como, sin ningún contratiempo, en el Amazonas inició las obras de construcción de La Iglesia de los Condenados. Cada año por las mismas fechas visitaba la casa donde le guardaban la sotana y el secreto. Y en media hora salía hecho un cura. A los tres meses regresaba a por la corbata y el sombrero, y dejaba dentro de una caja de cartón, atada con un cordón, la sotana, el misal, el rosario y unos anteojos de aro de oro con cristales blancos y se iba nueve meses a gastarse el dinero.
Muchas fueron las veces que pensó en abandonar la sotana. Quiso dejarla de herencia, pero no encontró a quién. Y continuó la obra imaginada hasta casi terminarla. En marzo fue, por tercer año consecutivo, a visitar a un feligrés que se ofreció a darle todo el dinero que le hiciera falta para los ornamentos litúrgicos, pero a cambio le pidió que celebrara la Semana Santa en un pueblecito olvidado hacía tiempo por Dios.
-¡Cómo no, Don Fulgencio! -le dijo-. ¡Lo que usted diga! ¡No faltaría más! Descendiente de españoles con sepultura dentro de alguna catedral, don Fulgencio aspiraba a dejar sus restos mortales al amparo de una iglesia. Por eso Alvaro Pío se vio obligado a aceptar el encargo.
-Lamento que su iglesia se esté levantando tan lejos, padre Pío -le dijo esa noche mientras le encendía una vela al Santísimo.
El cura lo examinó de soslayo. Vio que se sentía feliz ayudando a su construcción.
-Después de dos semanas de marzo aprendiendo latín en Popayán - siguió diciendo el dueño del Chrysler-, echamos gasolina y subimos a buscar ese pueblecito en la montaña.
Ubicado en la cima de una colina, desde lejos alcanzamos a divisar la torre de la iglesia entre las nubes. Y, como cura y sacristán, fuimos bien recibidos en la plaza del pueblo olvidado hacía tiempo por Dios. Allí sí permitió el padre Pío manifestaciones de alborozo.
-¡Llegó el cura! ¡Llegó el cura tantas veces prometido! N os abrieron las puertas de la Casa Cural y la primera tarde que pasó con ellos se los metió en los pliegues de la sotana.
Mientras procedía a abrir la iglesia para hacer sonar la campana anunciando la llegada del Señor, les pidió que antes que productos de la cosecha trajeran sobre todo dinero en metálico o el oro de sus anillos y cadenas. Aunque para la iglesia la mejor limosna eran ellos, porque entre todos tenían que colaborar con Dios para volverlo a ver.
A los tres días nos habían llenado el patio del mejor maíz, el mejor plátano y el mejor café. No había día en que no llegara una mula cargada a la
Casa Cural. Para entonces, yo había ido en mi Chrysler a comprar telas negras, blancas y moradas. Y las mujeres piadosas cosieron las túnicas para los santos. Mientras unas hacían esto, otras limpiaban la iglesia y la llenaban de flores.
Trabajando a su lado como sacristán, le evité confesiones, bautizos, comuniones y bodas, aplazando los actos para después de Pascua. Y el pueblo entero apoyó una causa que no era sólo de ellos y de la Nación, sino un asunto del cielo.
Hasta que vieron la entrada del Señor montado en la burra el Domingo de Ramos, que fue cuando empezó el espectáculo.
-¡Hosanna Filio David: Benedictus qui venir in nomine Domini! -¡Oh rex Israel: Hosanna in excelsis!
Cada vez que recuerdo la antífona con la que abrió la Bendición de Ramos, y asperjó a los que estrenaban vestido con el hisopo del agua bendita, me entra la risa. Recuerdo que estuvo muy bien en la celebración de casi todo. Porque hay que ver 10 que le sucedió el Viernes Santo en el sermón de las Siete Palabras. ¡La gente lloraba, lloraba! Bajando del púlpito, las mujeres se abrazaron a los pliegues de la sotana y la besaron.
Para entonces las familias se peleaban por damos de comer en sus casas, y en la Casa Cural nos tenían sábanas blancas como la nieve. Allí la vida era buena, sin las cuentas de los hoteles pisándole a uno los días. Allí todo parecía nuevo. Hasta el arrepentimiento de conciencia íntima del feligrés que no llegaba ni a pecado venial.
El Domingo de Resurrección por la tarde subieron los mejores animales para ofrecerlos al Señor, que había vuelto. Y era verdad. Lo volvieron a ver resucitado y con su túnica nueva. Los más jóvenes comarcanos no le conocían más que de oídas, pero allí estaba reluciente, con su cabello limpio y su barba dorada y mirándolos a todos con el resplandor de sus ojos azules.
Todo aquel negocio anduvo bien hasta que yo quise cargar con mi parte en el coche. Empecé por echarle cochinillos y gallinas al Chrysler yeso a la gente del pueblo no le gustó. ¡Cómo se iban a llevar los animales del Señor! Y aunque sabían que habían dado para la Santa Madre Iglesia 10 que el padre Pío desde el púlpito les había pedido como diezmos y primicias, "que 10 ordena el Rey de España", no faltó quien dijera que tuviera cuidado, que por decir eso del Rey, el general Mosquera había pagado doce pesos de multa y dos años de exilio en Lima en tertulia con Ricardo Palma. Yo no le di importancia al comentario. Él, en cambio, tuvo la intuición confusa de no estar a salvo de toda sospecha.
-Tate tranquilo -le dije-. En este pueblo no hay telégrafo. Piensa sólo en una cosa. En ningún sitio nos han tratado tan bien.
Así y todo, en cuanto pudimos abandonamos el lugar, donde ya empezaban a menudear las preguntas capciosas. Motivo suficiente para que el enteradillo del pueblo se apresurara a ponerse en contacto con una congregación religiosa. Sin contar mis urgencias, pues no podía vivir sin tomar una mujer para usarla varias veces al día.
Nos fuimos a recoger el resto del dinero prometido por don Fulgencio, que ya tenía noticias -de que la Semana Santa se había celebrado con mucha devoción.
Así que cuando los curas legítimos llegaron al pueblo y los habitantes confesaron haber asistido al completo a todos los actos de la Semana Santa, nosotros ya estábamos llegando a Uano Perdido.
Lo que pasó después no 10 supimos. Atravesamos el Departamento de Nariño y la frontera de Rumichaca y, escabulléndonos por entre esas rayas blancas que tiene el Código Penal y sin tocar las negras, con las que nos buscaba una caterva de tonsurados e intonsos, llegamos justo a tiempo para enterrar el cuerpo del delito: la sotana.

Este artículo tiene © del autor.

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