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Una visita a la Real Academia

valcazar@fundeu.es



Real Academia EspañolaPero en agosto del año pasado el área de tecnología de la institución emitió un informe desconcertante. Ese mes la palabra que ganaba siempre había sido superada por otra de melodía caribeña: «majunche». Había un culpable: Hugo Chávez, que en el fragor de su última campaña electoral se refería a su rival, Henrique Capriles, con ese adjetivo despectivo y coloquial que significa «de calidad inferior, deslucido, mediocre».

«Fue gratificante descubrir que la palabra estaba en el diccionario; tenía una buena definición y estaba viva, como lo prueba que la usara Chávez», señala el académico Darío Villanueva, actual secretario de la Real Academia Española (REA). Una pequeña batalla ganada, tal vez, para el grupo selecto de lingüistas, escritores y científicos que lucha día tras días por registrar la evolución de un idioma en cambio permanente, sometido al vendaval de la comunicación digital, a los constantes inventos tecnológicos y a las presiones de la política. Es una carrera contrarreloj que transcurre en cámara lenta, con el método artesanal y las formas solemnes que idearon hace 300 años los ocho tertulianos que fundaron la Real Academia Española con la misión de detener el deterioro del castellano y acometer la descomunal tarea de documentar sus palabras.

Los 46 miembros de la academia pueden discutir hasta los gritos por precisar la definición de un término controvertido, pero nunca dejarán de tratarse de usted, llamarse «excelentísimo» o ponerse de pie al final de cada sesión para oír la oración en latín con la que el director da por concluido los debates. «Hay exposiciones acaloradas y mucha discrepancia. Pero nunca se pierde la camaradería formal y la altura argumentativa que convierten en un placer cada reunión», dice el novelista Arturo Pérez-Reverte, académico desde el 2003.

La fuerza de la tradición impacta al correr los cortinados rojos de la Sala de Plenos, el corazón del palacio que aloja desde fines del siglo XIX a la Real Academia, justo detrás del Museo del Prado. Cuarenta y seis sillones rodean una mesa ovalada forrada con paño verde. Cada uno está coronado por una letra del abecedario tallada en la madera, en mayúscula o minúscula: el símbolo que acompañará de por vida a quien resulte admitido en el club de los académicos. Frente a los asientos se apilan carpetas y libros en distintos idiomas bajo la luz tenue que proyecta una lámpara de tamaño inverosímil que desciende desde el techo. Todo recuerda un templo; un lugar sagrado, de ésos donde se construye la historia.

Todos los jueves se repite allí el ritual centenario. Siempre secreto. A las 7 de la tarde, el tilín-tilín de una campanita marca el inicio del pleno…

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