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I. JESÚS, CRISTO HISTÓRICO

historicidad

Camilo Valverde Mudarra

ESPAÑA



I. JESÚS, CRISTO HISTÓRICO

Camilo Valverde Mudarra

En la Palestina del s. I, existió Jesús de Nazaret; un hombre que fue oído y seguido por la gente sencilla y rechazado y condenado por la sociedad instalada de entonces y que puede seguir siéndolo por la de nuestros días. Pero lo cierto es que su mensaje evangélico tiene una profundidad novísima y extraordinaria para el hombre de ayer y de hoy; y, que nadie puede tener el monopolio de su conocimiento y de su enseñanza.
Hoy, algunos ponen en duda la existencia y discuten la historicidad de Jesús de Nazaret. Hay quienes lo consideran un personaje legendario o le conceden la misma realidad que a un héroe; otros llegan a decir que no se tiene absolutamente ninguna prueba fiable, de fuentes seculares, de que Jesús haya vivido, al menos de la forma descrita en el N.T. Sin embargo, lo más prudente consiste en acercarse y examinar los datos y evidencias que la historia y los estudiosos aducen sobre la existencia de Jesús de Nazaret.

Si se revisa detalladamente, se hallarán las fuentes de Cristo Histórico; los datos procedentes de los escritores paganos de Roma acerca de su existencia son muy valiosos: Tácito, Suetonio, Flavio Josefo, Plinio el Joven, la carta de Mara Bar-Serapion y las fuentes Judías, que, de modo hostil y con dura oposición, lo citan, con lo que no niegan que existiera y muriera en la cruz. La traducción de la esencia de la doctrina, por la técnica de retroversión rabínica confirma lo expresado en arameo y hebreo: el contenido de los dichos es exacto, algo que está muy probado filológicamente. Y, en fin, habrá que examinar la aportación de los textos cristianos.

Fuentes romanas clásicas.

Las primeras referencias a Jesús extrabíblicas son las fuentes clásicas. Tienen una relenvancia considerable por provenir de un contexto cultural previo al Occidente Cristiano y por ser extrañamente las únicas conocidas, incluso por quienes se reputan especialistas en la Historia del cristianismo primitivo

No es ilógico que los documentos ajenos a la Biblia sobre Jesucristo sean alago excasos. Los grandes historiadores de la época no podían ocuparse de un suceso ocurrido sólo en Palestina: un país pequeño, colonia romana insignificante y una condena de un hombre a muerte de cruz, tan frecuente en el Imperio, y sin más trascendencia que sofocar un movimiento popular de poca envergadura. Lo extraño es, precisamente, que estos hechos hayan sido reseñados por fuentes clásicas, como así fue, en la obra de algunos significados historiadores romanos.
De los autores clásicos, destaca un documento oficial del Imperio. Hacia el año 112, el gobernador de la provincia romana de Bitinia, Plinio el Joven (61-114 d. C.), escribe al Emperador Trajano, para informarle sobre la conducta de los cristianos, quienes, según un edicto imperial, deberían ser condenados a muerte, por negarse a dar culto al Emperador. El informe dice:
«Los renegados afirman que todo su error consiste en que se reúnen en días fijos, antes de salir el sol, y entonan cánticos a Cristo como a su Dios; se obligan mutuamente y con juramento, no a maldad alguna, sino a no cometer hurtos, ni latrocinios, ni adulterios, a no faltar a la palabra dada, ni a negarse a devolver el dinero recibido en depósito. Una vez hecho esto, se retiran, volviendo de nuevo, para participar en una comida inocente».

El historiador Tácito, nacido hacia el 56-57 d. de C., ofrece otro testimonio de la existencia de Jesucristo en su obra “Anales de Roma XV, 44”, escrita hacia el año 115-7; sus referencias históricas son muy cercanas cronológicamente en muchos casos. Tácito habla de manera concreta del cristianismo, originario de Judea, cuyo fundador había sido un tal Cristo, nombre que usado por el historiador resulta más que dudoso saber si se trata de un título o una denominación; y añade que, durante el principado de Nerón, sus seguidores ya existían en Roma, donde se les consideraba gente despreciable:
«El emperador Nerón, con el fin de acallar el rumor que le acusaba como autor del incendio de Roma, acusó, condenó y persiguió con grandes penas a los que el pueblo llamaba cristianos. El fundador de este movimiento, Cristo, había sido ejecutado por el procurador Poncio Pilato, bajo el gobierno de Tiberio».

Suetonio, hacia el 120, menciona a los cristianos y en otro pasaje de la misma obra, hablando del emperador Claudio (49 d. de C.), dice que a "los judíos, instigados por Chrestus, los expulsó de Roma por sus hábitos escandalosos": Iudaeos, impulsore Chresto, assídue tumultuantis Roma expúlit (De Vita Caésarum. Divus Claudius, 25). Seguramente Suetonio escribe mal a propósito el nombre Christus, que el latín había tomado del griego, y lo reemplaza por chrestus, que en latín significa «buen hombre», «íntegro», «útil», pero que también se usaba en sentido peyorativo de «simple», «ingenuo», «tonto» y era un apelativo aplicado a los esclavos, entre los que la liberal doctrina cristiana calaba y estaba en auge.

Los datos coinciden con algunas fuentes cristianas que apuntan una temprana presencia de cristianos en Roma, muchos de origen judío en aquellas primeras fechas. El texto parece concordar con el relato de Hechos 18, 2.

Existe un manuscrito siriaco del siglo VII, actualmente en el Museo Británico de Londres, que contiene una carta de un tal Mara Bar-Serapion, escrita desde la cárcel a su hijo, para incitarlo a buscar la sabiduría. No hay acuerdo sobre la antigüedad de la carta; gran parte de los estudiosos la fechan en la primera mitad del siglo II o incluso en el último cuarto del siglo I. En ella, se hace una referencia a un «rey sabio», condenado a muerte por los judíos, que ha sido interpretada por varios autores, como una alusión a Jesús de Nazaret por cuya muerte los judíos caen en desgracia y sufren la abolición del reino que viene a ser la destrucción del templo de Jerusalén en el año 70:

“¿Qué ventaja obtuvieron los atenienses cuando mataron a Sócrates? Carestía y destrucción les cayeron encima como un juicio por su crimen. ¿Qué ventaja obtuvieron los hombres de Samo cuando quemaron vivo a Pitágoras? En un instante su tierra fue cubierta por la arena. ¿Qué ventaja obtuvieron los judíos cuando condenaron a muerte a su rey sabio? Después de aquel hecho su reino fue abolido. Justamente Dios vengó aquellos tres hombres sabios: los atenienses murieron de hambre; los habitantes de Samo fueron arrollados por el mar; los judíos, destruidos y expulsados de su país, viven en la dispersión total. Pero Sócrates no murió definitivamente: continuó viviendo en la enseñanza de Platón. Pitágoras no murió: continuó viviendo en la estatua de Hera. Ni tampoco el rey sabio murió verdaderamente: continuó viviendo en la enseñanza que había dado” (Penna, Romano: Comentarios, Bilbao, 1994).

El texto parece bastante dudoso por sus inexactitudes históricas sobre Sócrates y Pitágoras. Y no hay ninguna prueba de que el «rey sabio», al que alude, sea Jesús de Nazaret. Puede tratarse de algún otro judío contemporáneo a Jesús, de los que se arrogaban el título de Mesías, o incluso de algún rey de Judá.

Fuentes judías

Entre las referencias a Jesús procedentes del judaísmo, se citan las obras, “Guerra de los judíos” y “Antigüedades Judías” (63-64), del historiador Flavio Josefo. Menciona a Jesús en dos ocasiones; la primera, hasta el siglo XIX, pues aparece, sin excepción, en todos los manuscritos conocidos, se tuvo por autentica, después, fue cuestionada al considerarla una interpolación cristiana; la segunda, comúnmente aceptada como auténtica, es una mención indirecta, en relación con la muerte de su hermano Santiago; una referencia tan escueta y neutral no podía venir de un interpolador cristiano. La autenticidad del pasaje, que transcribimos, ha sido discutida por algunos investigadores, a causa de la afirmación «era el Cristo» y del testimonio de la «resurrección al tercer día, según el vaticinio de los profetas». Al ser el historiador judío, puede hacer pensar en la verosimilitud del texto; no se debe rechazar totalmente el testimonio de Josefo.

«En este tiempo vivió un tal Jesús, hombre excepcional, si es permitido llamarle hombre, pues llevó a cabo obras prodigiosas. Era el maestro de las gentes que se mostraban dispuestas a recibir la verdad; arrastró a muchas gentes entre los judíos y los griegos. Se pensaba que era el Cristo, pero, según el juicio de los principales entre los nuestros, no lo era. Por este motivo, Pilato lo crucificó y le dio muerte. Los que desde el principio le entregaron su afecto, no dejaron de amarle, porque él se les había aparecido vivo al tercer día, tal como lo habían predicho los profetas» (Antigüedades Judías, 18,3 3).

En un segundo pasaje de Antigüedades asegura:

“El joven Anano... pertenecía a la escuela de los saduceos que son, como ya he explicado, ciertamente los más desprovistos de piedad de entre los judíos a la hora de aplicar justicia. Poseído de un carácter así, Anano consideró que tenía una oportunidad favorable porque Festo había muerto y Albino se encontraba aún de camino. De manera que convenció a los jueces del Sanhedrín y condujo ante ellos a uno llamado Santiago, hermano de Jesús el llamado Mesías y a algunos otros. Los acusó de haber transgredido la Ley y ordenó que fueran lapidados. Los habitantes de la ciudad que eran considerados de mayor moderación y que eran estrictos en la observancia de la Ley se ofendieron por aquello. Por lo tanto enviaron un mensaje secreto al rey Agripa, dado que Anano no se había comportado correctamente en su primera actuación, instándole a que le ordenara desistir de similares acciones ulteriores. Algunos de ellos incluso fueron a ver a Albino, que venía de Alejandría, y le informaron de que Anano no tenía autoridad para convocar el Sanhedrín sin su consentimiento. Convencido por estas palabras, Albino, lleno de ira, escribió a Anano amenazándolo con vengarse de él. El rey Agripa, a causa de la acción de Anano, lo depuso del Sumo sacerdocio que había ostentado durante tres meses y lo reemplazó por Jesús, el hijo de Damneo” (Ant. XX, 200-3).

El presentar a Jesús únicamente en una mera condición humana sin más apelativos y que ese modo de expresión tenga paralelos en el mismo Josefo (Ant XVIII 2,7; X 11,2), le presta autenticidad. Lo mismo se puede decir del relato de la muerte de Jesús, cuya responsabilidad, disculpando a Pilatos, la carga sobre los saduceos, sesgo que ningún evangelista ni cristiano habría hecho de forma tan tajante, salvo un fariseo como Josefo, contrario a los cristianos e inclinado a señalarlos en un aspecto hostil ante el pueblo romano. La referencia a los saduceos y la descripción de los cristianos como “tribu” (Guerra III, 8,3; VII, 8,6) hacen muy posible que Josefo se refiriera a Jesús como un “hombre sabio”, cuya muerte, instada por los saduceos, ejecuta Pilatos. Las frases, “si es que puede llamársele hombre”, la referencia como “maestro de gentes que aceptan la verdad con gusto” y la mención de la resurrección de Jesús, posiblemente sean también auténticas. Flavio Josefo cuenta la historia judía de forma razonablemente completa. Pero al ser su propósito granjearse el favor de Roma hacia los judíos, ha de soslayar o disminuir las cuestiones que pudieran resultar conflictivas y perjudiciales a las relaciones.

Existe otro documento de un eslavo llamado Josefo en una versión árabe, recogida por Agapio en el s. X, de autenticidad problemática. Se trata de un conjunto de interpolaciones no sólo relativas a Jesús, sino también a los primeros cristianos.

Fuentes rabínicas

Posiblemente, los textos históricos relacionados con Jesús más interesantes se hallen en las fuentes rabínicas. Revisten un enorme interés porque provienen de escritores hostiles a Jesús y al cristianismo. Las citas resultan especialmente negativas en su actitud hacia el personaje y, muy sugestivas, porque estas fuentes confirman gran parte de los datos provistos por los autores cristianos.

Libros religiosos judíos, como el Talmud, recogen versiones sobre la vida de Jesús, dando interpretaciones parciales e irreverentes; sin embargo, nunca niegan su existencia histórica. Así, en el Talmud se afirma que Jesús realizó milagros; recalca que eran fruto de la hechicería (Sanh. 107; Sota 47b; J. Hag. II,2), pero no los niega ni los relativiza. Del mismo modo, se reconoce que tuvo muchos seguidores en ciertos sectores del pueblo judío, al indicar que sedujo a Israel (Sanh 43 a); dato coincidente con el texto de Josefo, y de enorme importancia, por estar relacionado con los motivos de la muerte de Jesús. Últimamente, se ha producido, por causas históricas fácilmente entendibles, el intento muy acusado de exculpar a los judíos de la muerte de Jesús. Quizás, con ello, se quiera mostrar que no todos los judíos de entonces fueron responsables de su ejecución y mucho menos los actuales; así, tal corriente historiográfica es acertada. Por el contrario, no se puede afirmar que la condena a muerte de Jesús fue un asunto meramente romano, sin faltar a la verdad histórica. Los Evangelios explican que el inicio del proceso, que condujo a la crucifixión de Jesús, se entabló por las insidias de las autoridades judías que lo tildaban de alborotador. La cuestión, en efecto, se relata en el Talmud, que, incluso señalando, que lo colgaron la víspera de Pascua (Sanh 43 a), descarga toda la culpabilidad de la crucifixión exclusivamente en dichas autoridades.

Las fuentes rabínicas contienen también información interesante sobre la enseñanza y el mensaje de Jesús; en consonancia con los textos evangélicos, el Talmud recoge que Jesús se proclamó Dios e incluso que anunció que volvería por segunda vez (Yalkut Shimeoni 725). Estas indicaciones sobre la divinidad de Cristo y la Parusía han sido desechadas a partir del siglo XIX, como adiciones de los primeros cristianos. No parece que esta argumentación de la Alta Crítica tenga mucha base; es más creíble un texto proveniente de los enemigos rabínicos de Jesús que, a su vez, viene a confirmar las narraciones de los evangelistas.

Son también muy relevantes las referencias a la interpretación de la Torah que sostenía Jesús. En estos últimos tiempos, para limar las asperezas con el judaísmo, se ha intentado achacar a San Pablo la relativización de la Torah, exculpando a Jesús; tal suposición es desmentida por los textos rabínicos, en que se le acusa efectivamente de relativizar el valor de la Ley, lo que lo convierte en un falso maestro y en acreedor de la última pena. Esta discrepancia interpretativa entre Jesús y los fariseos explica, que, en algún texto del Talmud, se le condene incluso a vivir, en el otro mundo, entre excrementos en ebullición (Guit. 56b-57a).

El Toledot Ieshu, obra judía anti-cristiana, datada en el Medioevo pero, seguramente de fecha anterior, vierte su hostilidad contra la figura de Jesús, aunque no niega los aspectos fundamentales de los relatos evangélicos. A partir del s. XIX, se ha optado por reinterpretar a Jesús como hijo legítimo del judaísmo, pero sin aceptar su mesianidad y su divinidad. En ese mismo orden, han ido apareciendo varias iniciativas de parte judía, tendentes a reconocer a Jesús como Mesías y Dios, pero sin dejar la observancia y devociones del judaísmo.

Estos testimonios son de gran valor, muestran que, con Jesús de Nazaret y el Evangelio se origina la expansión del cristianismo. Son importantes al confirmar, como documentos históricos, la existencia de Jesús de Nazaret y las principales verdades de su vida. Y, aunque sea de modo negativo, refuerzan las esencias y fundamento de nuestro Credo: la vida, la muerte en la cruz y la resurrección de Jesucristo; y, de modo implícito, la fundación de la Iglesia, al hacer mención de la extensión del cristianismo como comunidad constituida en Cristo, dispuesta a abrazar el martirio. El cristiano no funda su fe en estos testimonios; cree en la existencia de Jesucristo por la fe, don de Dios. Sin embargo, la razón, en lo humano, se funda en el testimonio de testigos veraces.

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Camilo V. Mudarra es Lcdo. en Filología Románica
Catedrático de Lengua y Literatura Españolas,
Diplomado en Ciencias Bíblicas y poeta.

Este artículo tiene © del autor.

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