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Todas las puertas

Carmen María Camacho Adarve

España



TODAS LAS PUERTAS
ESTÁN CERRADAS

Aun hoy siento vértigo, al recordar el horror que me produjo al ver surgir de la nada en mitad de una cuesta empina un posible espectro o inmortal. Al que hace muchos años fui capaz de perseguir.
Aun a veces me miro en los espejos de los bares, temiendo no reflejarme ya que tengo la sospecha que de tanto ir con gente que no existe corro el peligro de volverme poco a poco tan inmortal como él.

Una noche de invierno fue la primera vez y la última, que vi esa sombra, y busque luego durante muchos eneros nunca más lo encontré. Si aquella sombra lenta vestía un sayal marrón con brillos de tela antigua y capucha cubriéndole la cabeza -me habían contado variopintas leyendas urbanas del fraile fantasma que dicen es S.Juan de Dios-. Con el que mucha gente se ha tropezado por la cuesta de los chinos. Su sombra se deslizaba por las paredes de las fachadas de las casas. Inicie el juego de la persecución.

Era bastante alto más que los demás hombres, el habito raído y corto mostraba unos tobillos exangües sus pies esqueléticos iban descalzos o casi llevaba unas sandalias con dos tiras de piel marrón rudas muy gastadas, se puede decir que no caminaba sobre sus pies, mas bien andaba suspendido a unos centímetros del suelo. Caminaba con tal recogimiento que no se apercibía de su milagrosa levitación si la luz de una farola lo iluminaba. La cabeza cubierta bajo la capucha puntiaguda. Se giro y quede aterrada no tenia rostro era un trozo de profunda oscuridad. Una osamenta de retablo. Me pudo la curiosidad. Me repuse al miedo. Lo seguí cuesta arriba, por que el juego era excitante y la noche, me impone continuar la persecución hasta que el perseguido desaparezca en un portal o se pierda en una esquina hay esquinas que se tragan a las personas -era el mejor de mis juegos- cuando el perseguido desaparecía me sentaba en un portal a la espera de otro y volvía a empezar de nuevo era un juego que me emocionaba ya que podía no tener fin nunca y a la vez tenerlo retomarlo o dejarlo dependiendo del tiempo que dispusiera para jugar.

El no advirtió que lo seguía en la misma época lejana y en la misma ciudad entonces casi inaccesible donde eran habituales sus sayales con brillos de dómine cabra. La quijada alta, los cuévanos de los ojos una figura gótica, que por un favor o tal vez una maldición había sobrevivido a la edad media alta y andaba muerto entre los vivos, no por voluntad propia sino quizás por la nostalgia que lleva a los difuntos a repetir los mismos pasos por las calles que vivieron.

Era invulnerable a todo lo que acontecía a su alrededor, no se fijaba en los pasos de peatones, no miraba lo semáforos, ni el trafico al cruzar las calles, ni hacia caso a las caras de sorpresa de los viandantes, ni a las risas y burlas de los niños, cuando se topaban con su fúnebre figura. Oculto como un jirón dentro de su hábito de brillos marrones que no defiende del frío sino de miradas que acusan y manos con dedos que señalan. Caminando con un furtivo ademán. No era la mascara del miedo era la metáfora de una inquietante soledad que habita en cualquiera de nosotros y cobra sentido de persecución en las calles. Donde las personas y la noche nos vuelven solos como habitantes fantasmales de ínsulas extrañas bordeadas por una selva de cristal en donde lo mas destacable son pupilas hostiles. La raíz del miedo no esta en el fantasma del monje acechando en un callejón raquíticamente iluminado. Esta en esa posibilidad en la cual uno mismo puede convertirse el fraile muerto como una lenta metamorfosis que sucede en una cuesta mojada que relucía de escarcha impregnada de invierno lleva al bosque de la Alhambra, en una celda húmeda y cerrada, ante un espejo turbio.

Escrita en la oscuridad cadavérica del fraile, hay una señal de la cruz de ceniza, solitaria figura que rompe las normas de lo real abriendo en las calles sepulturas de locura. Callejones de soledad que conducen a puertas tapiadas, barrotes en las ventanas, puertas cerradas, pasillos ciegos donde hay personas en los huecos de la semioscuridad fumando cigarrillos. Esperando que se abran puertas y pasen a otra espera que a veces no termina con la muerte.

De golpe me ocurrió lo que tanto había temido; el inmortal sorpresivamente viro en una esquina sin estremecer al viento que movía el hábito, apenas un leve crujido de tela litúrgica, cargando la noche un silencioso perfume eclesial, guardado en mi memoria desde la infancia. Recuerdos de sacristía que me traían olores a ropa para cantar misas, cajones de nogal abiertos, misales, inciensos, cirios viejos, cera quemada, vino de misa, oraciones, susurros, pecados confesiones con prisa. Manos de hermosa blancura se deslizan con extrema delicadeza sobre los paños de lino, curva dorada y bella de cálices, reflejos de luz dorada recorren las paredes, semipenumbra de un confesionario, oraciones, pecados susurrados, confesiones sin detalles y con prisa.

Mire hasta que me dolieron los ojos espere casi toda la noche junto a la esquina de la callejuela por donde se esfumo el monje inmortal. Una nube negra tapo la luna ¿y...yo?, ¿seguiría entre los vivos?
Todos los portales del callejón estaban cerrados.

Este artículo tiene © del autor.

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