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POR LOS CAMINOS DEL CID

Valentín Justel Tejedor

España



POR LOS CAMINOS DEL CID

La aridez, la aspereza, y la hosquedad de aquel paisaje eran ciertamente estremecedoras; las afiladas lajas cretácicas, los poljes calizos, y las estratificaciones exorreicas de las rocas arcillosas descalcificadas, eran los auténticos protagonistas tectónicos, de una orografía francamente conmovedora, muy en sintonía con el dicho popular de la zona, según el cual aquí, “el silencio habla por si sólo”, una afirmación rotundamente cierta, pues el sonido sibilante y estentóreo del viento resulta implacable erosionando, desgastando, y suavizando con su tenaz y perseverante acción los desnudos peñascos, riscos y castros, que conforman el peculiar relieve de esta comarca. Así tras superar el pronunciadísimo desnivel de las rampas de algunos de los puertos de montaña de la demarcación, se vislumbraba en la lontananza el pueblo de Cantavieja, un lugar cargado de historia, con exceso de pasado, un municipio de los de linajudos infanzones y nobles hidalgos, de los de caballeros templarios y cenobitas anacoretas; una merindad enclavada en lo alto de una robusta muela de más de mil metros de altura, cuyos accesos pandeaban con dificultad circuyendo al imponente farallón.Así tras dejar atrás esta bella población fortificada, nos dirigimos hacia Teruel contemplando en nuestro camino hermosos boscajes, teñidos por el intenso color verdino de su espesa fronda, densas arboledas en cuyas fuliginosas sombras crece la trufa negra.Así el contraste era grande entre los verdinegros pinares, y la calvera de los gredales ebúrneos y albares, que despuntaban en cualquier braña, en cualquier pradal, en cualquier paramera de pastizal...a medida que nos aproximábamos a la capital, se sucedían las serranías con sus enojosas escabrosidades, sus afilados crestones, y sus inhóspitos breñales, los mismos que fueron recorridos por Don Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador, al frente de sus mesnadas en su ruta hacia Valencia - sangre, sudor, y hierro- . Estos macizos montañosos mostraban con todo su verismo, desde las altas excrecencias, una extraordinaria panorámica de los valles de la región; la carretera aparecía dibujada como una línea serpenteante y alabeada en zig zag, que descendía con severa dificultad por las declinadas laderas de los montes, hasta que una vez sobre la apaisada llanura, libre ya del acoso tectónico, su trazo aparecía escoltado por recios ejemplares de pino negral, mientras su estela rectilínea e infinita, atravesaba la rasa hondonada, perdiéndose y desapareciendo en el lejano horizonte con extrema elegancia y sencillez. Diseminadas por el feraz valle se vislumbraban pequeñas casas de labor construidas con barro y tapiales, junto a sotillos, labrantíos y cultivos hortícolas. En aquel entorno paisajístico tan bucólico y sereno, no tardaría en aparecer nuevamente la geología tabular característica de la región, produciendo con sus formaciones de severos pedernales compactos, translúcidos, de fractura concoidea, y lustrosos como la cera, una orografía diferente, un cromatismo distinto, una particular topografia que discrepa categoricamente de la horizontalidad, y del enrasamiento.Así, camino de Teruel se sucedían los rústicos y empedrados pueblos rebosantes de belleza: La Iglesuela del Cid, con sus cuevas, puntales y ermitas; Fortanete, la joya oculta del Maestrazgo, con sus imponentes caserios medievales, sus señoriales palacios, y sus casas ducales de mampostería y sillería;Villarroya de los Pinares, que es villa por las cartas pueblas de Jaime I, roya por el colorido rubescente de la arcilla de sus rodenales, y pineda por su riqueza forestal; Monteagudo del Castillo, ubicada en las laderas de la Sierra de Gúdar, población que destaca por sus magníficas fuentes y manantiales; Cedrillas noble villorrio cargado de historia, y Corbalán éste último a tan sólo diecinueve kilometros de Teruel, un ínfimo municipio de apenas setenta y cinco habitantes, según nos dijeron, un verdadero remanso de paz y sosiego.Así, tras una de aquellas pronunciadas bajadas se vislumbraba la capital, una ciudad pequeña, pero que en comparación con los pueblos visitados parecía una urbe densamente poblada, pronto tuvimos ocasión de maravillarnos con la riqueza monumental de la Teruel Mudejar, y sus manifestaciones arquitectónicas como son las torres de la Catedral, de San Pedro, de San Martín, del Salvador o de la Merced, todas ellas ornamentadas con abundantes elementos cerámicos, y paños de ladrillo resaltado formando estrellas de ocho puntas, frisos de arcos mixtilíneos y de esquinillas con fustes de cerámica, ventanas abocinadas en arco de medio punto, e incansables repertorios decorativos. En algunos momentos al recorrer sus laberinticas calles, sus cerrados callejones, y sus perimetrales adarves tuvimos la grata sensación de encontrarnos en otra ciudad, - la Toledo Imperial -, la cual mantiene ciertas reminiscencias y paralelismos en cuanto cuna de culturas y religiones, con la Teruel Medieval...(...)

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