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VÍCTIMAS DEL TERRORISMO

César Rubio Aracil

España



No puede ser verdad. Me niego a creer que las víctimas del terrorismo utilicen el perenne duelo nacional por sus muertos para servir al poder derrotado. Ni siquiera en estos tiempos en que se vende hasta la propia dignidad, puedo inclinar mis pensamientos hacia el lado opuesto de la razón. Sin embargo, cómo no meditar sobre las bajezas humanas, los arribistas dispuestos en cualquier momento a obtener provecho del obligado silencio de los mártires. ¿Acaso -me pregunto- no existe ningún alma corrupta capaz de, valiéndose de la desorientación y la credulidad popular, manejar las hebras más sensibles de los sentimientos ajenos? Todos sabemos cómo se comportan quienes, en nombre de unos principios que ellos mismos dejan de cumplir, se alían con el diablo para citar a Dios, a la Patria y a la Justicia con intenciones que prefiero no calificar. Los muertos no pueden hablar; pero yo, sin ser pensador, como no tengo mutilada la lengua, voy a ejercer mi derecho democrático a la libre expresión. Forman legiones los que, sumándose a las víctimas del terrorismo en sus manifestaciones callejeras, instrumentalizan estos movimientos para obtener beneficios personales, políticos, religiosos y de cualquier clase, además de que, en no pocos casos, les sirve para envenenar el ambiente social y dejar vacía el alma para poder rellenarla de ponzoña. Sin valorar consecuencias ni tener en cuenta el dolor de quienes, por razones obvias, se sienten incomprendidos, ni percatarse del sufrimiento de esas otras víctimas prudentes, sensatas y de verdad amantes de la paz, que guardan silencio y rezan por sus deudos asesinados.

Con estas actitudes vocingleras, enarbolando la Bandera nacional (símbolo que debería ser respetado por razones obvias) y explotando los sentimientos del pueblo con fines supuestamente innobles, pretenden los partidarios de la sinrazón “solidarizarse” con las víctimas del terrorismo, por fortuna para todos todavía en pie. Sin embargo, éstas, arrulladas por el pandemónium de voces atronadoras que claman “justicia”, no se percatan del rubor que podrían sentir sus muertos si pudiesen levantar la cabeza. ¿Para qué ha servido tanto sacrificio? ¿Para propiciar reacciones terroristas ahora que los vascos y el resto de los españoles suspiramos por la paz y el bienestar que, con acierto y con el apoyo de los partidos políticos, intentó nuestro anterior presidente aproximando presos terroristas a Euskadi? ¿Por qué no se manifestaron entonces? ¿Qué se pretende en estos momentos? ¿Vencer por la fuerza del despropósito al Gobierno, sin tener en cuenta que la mayoría de españoles queremos vivir tranquilos y apoyamos el fin de la violencia? Así no se ensalza la memoria de quienes perecieron por ayudar a España a buscar la concordia. Bien estaría que las víctimas del terrorismo reclamasen la vida digna que merecen en atención a su sufrimiento y al estado económico lamentable en que muchas de ellas se encuentran, ni estaría mal que, con argumentos de peso, criticaran los errores gubernamentales cuando fuese procedente, ayudando con su actitud a encontrar la paz que todos necesitamos con urgencia. No sucede así, como se puede ver, y, mientras unos aspiran al poder como sea y a costa de lo que sea, la fragmentación de España va adquiriendo proporciones alarmantes, no precisamente por la bulla montada frente al Estatut, sino por la bipolarización de las ideas en posicionamientos tan antagónicos como letales.

Siempre ha sucedido lo mismo. Las izquierdas tratan de condonar deudas de sangre en aras de la estabilidad política y social; pero no la derecha recalcitrante, en todo momento dispuesta a propiciar el odio para conseguir sus fines. España, estoy seguro de ello, a trancas y barrancas, a pesar de la perenne oposición del clero católico y de la connivencia de los falsos políticos con el Vaticano, algún día dignificará la memoria de quienes nos dejaron para siempre. Lo hará cuando los votantes sepan cuál es el valor real del sufragio universal y dejen de pensar en churras y merinas. Mientras tanto, no cabe sino esperar que las víctimas del terrorismo dejen de ser lo que algunos quieren que sean: víctimas de la ambición ajena.

augustus

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