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¿QUIÉN MOLESTA?

Antonio Nadal Pería



Nos encontramos tan tranquilos mi mujer y yo mientras cenamos y vemos una película en la pantalla del televisor, las ventanas del comedor abiertas para que entre un poco del frescor de la noche en esta primavera cálida, cuando sobre las once y media de la noche suena el timbre de la puerta con impaciencia. Mi mujer y yo nos miramos interrogativamente. No son horas de visita. Detengo la emisión de la película y recorro el pasillo. Abro la puerta con cierta precaución. Es la vecina del piso de abajo, con expresión hostil, que se queja por el bullicio y la juerga que tenemos en casa. Abro la puerta de par en par para que mire al interior y le digo: "Tenemos una juerga impresionante, como puede comprobar". La vecina atisba con desconfianza cuanto puede desde el umbral de la puerta. Debe de pensar que al oir el timbre se han escondido nuestros invitados y hemos apagado el aparato de música. "Le aseguro que el jaleo provenía de aquí arriba", insiste. "Está equivocada. Puede ser de otra casa, pero no de ésta", le digo, molesto por su impertinencia. "Imposible, tengo muy buen oído. Mi lámpara colgada del techo se movía". Se asoma mi esposa y le dice: "Asegúrese de quién le molesta y no nos venga con cuentos, que es tarde." Cierro la puerta con cierta brusquedad pero me aseguro de no darle con ella en sus narices de bruja, para que no pueda alegar un día que fue maltratada por un vecino. "Esa mujer está loca. Además, no tiene derecho a quejarse aunque tuviésemos en casa una juerga. Ella es la que más ruido hace en toda la casa", me comentó mi mujer. Nos sentamos otra vez ante el televisor y puse en marcha la película. Quince minutos después sonó otra vez el timbre de nuestra puerta, ahora  más prolongadamente. Abro muy enfadado, dispuesto a la bronca. La mujer de abajo parece asustada y habla con mesura: "Le aseguro que el follón viene de aquí. He llamado a la vecina de enfrente y lo ha comprobado". La vecina de enfrente es otra vieja asustadiza y maniática con la que habla a menudo en la escalera. Le propongo bajar a su casa para averiguar de dónde viene exactamente el ruido que tanto le molesta. Acepta. Entro en su casa y no oigo nada. "Espere", me recomienda ella. Aguardo con impaciencia y, de repente, estalla arriba, en mi casa, un bullicio insoportable de músioa, gritos, risas y golpes. Sin duda proceden de mi casa. Me estremezco. "¿Qué me dice ahora?", me interroga con los brazos en jarra, triunfadora. Corro hacia mi casa, entro como un suspiro y encuentro a mi mujer tranquilamente sentada ante el televisor.          

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