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II. EL MATRIMONIO. CREACIÓN Y ORIGEN

Camilo Valverde Mudarra

ESPAÑA



Los esfuerzos de la moderna investigación han venido a confirmar las narraciones bíblicas. El texto sagrado, Génesis, cuenta, en dos relatos (Gn 1,1-2,4; 2,4b-25) de sendas tradiciones que el autor ensambló, la creación de la mujer y del hombre y, por tanto, el matrimonio y su carácter:

“Hagamos al hombre a nuestra imagen, según nuestra propia semejanza...Y Dios creó al hombre a su imagen -a imagen de Dios lo creó-, varón y hembra los creó. Y los bendijo Dios diciéndoles: ‘Creced y multiplicaos, poblad la tierra y sometedla, dominad sobre los peces del mar, las aves del cielo y todos los animales que se mueven por la tierra” (Gén 1,26-28).
“Después Yahvé Dios pensó: ‘No es bueno que el hombre esté solo; le haré una ayuda semejante a él” (...) Seguidamente, de la costilla que había sacado al hombre, Yahvé Dios formó a la mujer y se la presentó al hombre, quien exclamó: ‘Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne’ (...) Por esta razón deja el hombre a su padre y a su madre y se une a su mujer, y los dos se hacen uno solo (Gén 2, 18.22.24); “El hombre puso a su mujer el nombre de Eva -es decir, Vitalidad-, porque ella sería madre de todos los vivientes” (Gén 2,18 - 3,20).

Los creó nada menos que semejantes a Él, “a nuestra imagen”, a los dos. Son una copia dúctil y viviente de Dios. El plano de igualdad y semejanza es el más alto; que el género humano esté hecho a imagen de Dios es algo extraordinario, casi impensable. La expresión “a imagen” abarca un carácter histórico-salvífico. Se ha de entender en sentido dinámico y totalitario, pues indica todo individuo humano en su aspecto psico-físico en relación con Dios, es la especie humana, así como el nombre “Adam” tiene valor colectivo. Dueños y señores del planeta “dominad la tierra”, los dos reciben esa misma potestad, como delegados y representantes de Dios por sus dotes corpóreas y mentales que los capacitan para someter y domeñar la naturaleza y la vida; “varón y hembra los creó” es curiosa y relevante esta concreta diferenciación de los sexos en un texto didáctico, como Gén.1. Diferencia que va referida tanto a concepciones socio-psicológicas, como a las biofísicas de macho y hembra y esta bipolaridad que forma esencialmente parte de la especie, es expresamente creada por Dios y se compagina de modo asombroso con los designios óptimos del Creador. Hecho que indica la perfecta igualdad y la idéntica dignidad de la mujer y del hombre; “creced” los dos, ambos, con el apoyo mutuo, han de alzarse y favorecer su propio avance y evolución, el de sus generaciones y del medio que se les confía; y “los bendijo” a los dos, bendición extensiva y comprensiva al conjunto de las dos primeras criaturas.

Hombre y mujer, desde la perspectiva del Creador, forman una unidad, los dos se necesitan y ayudan mutuamente, ambos se complementan y juntos forman la totalidad creadora que los faculta para realizar el mandato divino: “creced y multiplicaos”. Solos y separados, en solitario, no encontrarán la realización que, como creaturas, están necesitados, por su naturaleza, a buscar en la unidad, “no es bueno que el hombre esté solo”

No existe, en toda la Biblia ni en la literatura del Antiguo Oriente, una narración de tal amplitud y detalle sobre la formación de los primeros seres y su unión. En el segundo relato que ocupa un lugar privilegiado en Gén 2, el hagiógrafo refiere la creación de la mujer como producto de una reflexión que muestra claramente la excelencia y exclusividad de la mujer: “Después Yahvé pensó”. Queda pensativo ante su obra ya realizada, y ve que le falta algo “no es bueno que el hombre esté solo”. Es una afirmación rotunda. El autor sagrado muestra, sin vacilación alguna, que la soledad en el hombre comporta la ineficacia y la adversidad. ¿En qué consiste? ¿Por qué el estar solo entraña la carencia y negatividad? ¿Será la frase expresión clara de la inferioridad del hombre? Tal vez afirme indirectamente que el hombre es un ser desvalido y falto, una personalidad incompleta y débil, necesitado de impulso, dirección y sostén.

“Le haré una ayuda”, la mujer; es, por tanto, la compañera imprescindible, el auxilio preciso del hombre “semejante a él”, pero, semejante, no significa “igualdad” total, pero sí, identidad de naturaleza y de dignidad. La soledad no es buena, porque el hombre es un ser social, ha de vivir en comunidad. La sociedad fundamental es la conyugal.

El hombre para estar completo y ser eficaz necesita de la mujer, una “ayuda” conformante, integradora en comunidad armónica que llena el vacío interior del varón, de modo que, por la misteriosa atracción mutua de los sexos, renunciando a los lazos paternofamiliares e incluso a sí mismo, viene a formar con el otro un único ser nuevo, “una sola carne”, dos que forman una singular, unitaria y perfecta biunidad: el matrimonio. Comunión personal de afectos, de sentimientos y de voliciones de todo el ser, “los dos se hacen uno solo”.

Y, sumiendo al hombre en un sueño letárgico, tomó una de sus costillas y “formó a la mujer”. La “costilla” significa comunión de naturaleza en íntima unión de los dos. Es una honda interrelación de existencia. La mujer es el último acto creador, el retoque más delicado y perfecto de todo el cuadro. Es el rasgo sublime y definitivo del Artista. No indica dependencia, sino un algo más, un ir más allá, dentro de la misma dignidad de la que es tomada y formada, hay una pincelada de mejora, de superación; el varón es barro: “formó al hombre de polvo de la tierra”, y la mujer es carne y hueso de mis huesos; la “costilla” es culminación y perfección.

El relato, que sigue, sobre la tentación y la caída del hombre (Gn 3,1-24), se inserta en los modos de narrar de aquella época y cultura. Vencida la mujer por la tentación a instancias engañosas de la satánica serpiente: “seréis como dioses..., tomó de su fruto y comió”; y seduciendo a Adán, instándolo a comer la triste fruta, se consumó la descomunal tragedia. Es la imagen literaria que simboliza la potestad humana de elegir y determinar personalmente el bien y el mal. Es el uso equivocado de la libertad; la caída por orgullo que hace confundir y trastocar la validez del bien y el carácter del mal. El aceptar la tentación fue traspasar su condición, atentar contra la trascendencia, quebrantar la naturaleza.

Por un acto de soberbia, el hombre, la humanidad en este caso, efectuó la transgresión del mandato de la Divinidad con lo que dislocó el orden natural establecido en la creación. Hubo de cometer la humanidad una infracción de enorme gravedad cuya concreción ha desaparecido en la lejanía de los tiempos, pero que ha perdurado en el recuerdo ancestral y, por eso, se refleja en las imágenes y figuras literarias de la leyenda universal.

El autor sagrado expone su versión adaptada a la mentalidad de la época y acorde con el ambiente cultural del momento mediante una alegoría que encierra el contenido del “algo” que sucedió cuya significación es preciso extraer de la forma poética y figurada latente en la antigua palabra.

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Camilo V. Mudarra es Lcdo. en Filología Románica
Catedrático de Lengua y Literatura Españolas,
Diplomado en Ciencias Bíblicas y poeta.

Este artículo tiene © del autor.

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