Portada del sitio > LITERATURA > Cuentos > EL BREVE ESPACIO DE UN INSTANTE
Grabar en formato PDF Imprimir este artículo Enviar este artículo a un amigo

EL BREVE ESPACIO DE UN INSTANTE

Marie Rojas Tamayo

CUBA



         Las cabras del guardagujas huyeron ante el silbido anunciador de la llegada de la máquina. El tren se detuvo para una corta parada, apenas quince minutos para bajar a estirar las piernas. La humedad y el calor eran tales que hacían germinar las líneas férreas, de donde brotaban helechos que las cabras  venían mansamente a mordisquear entre tren y tren, ignorando los pastos que reverdecían lejos del peligro.

Una niña miraba impaciente los rostros de los pasajeros, tratando de encontrar al que había venido a buscar. Finalmente le vio emerger el vagón restaurante.

-         ¡Diego! ¡Diego! ¡Aquí! - gritó, saltando y agitando el sombrerito de paja.

-         ¡Chely! - respondió el aludido sin poder ocultar la sorpresa - ¿Qué haces aquí? ¿Cómo llegaste?

Ella corrió a abrazar su cintura, a la altura justa de sus delgados bracitos. Él correspondió con afecto.

-         Vine en la bici, no es tan largo el trayecto. No te preocupes, nadie lo sabe y volveré a tiempo para la cena. Quedará como un día de escuela en las estadísticas maternales.

-         Loquita... - dijo él revolviendo los cabellos que ya el viento se había encargado de destejer a su antojo - ¿qué te hizo seguirme?

-         Sé que mamá y tú rompieron - suspiró ella -, la vecina de al lado lo dijo delante de mí... creo que quería ver mi reacción, pero yo no le di pista, aunque me dolió enterarme así. No entiendo por qué me tuvieron que inventar todo eso del viaje a la capital por asuntos de trabajo.

-         ¿Quieres que te busque una soda?

Ella asintió y él se internó de regreso al vagón.

"Allá va a esconderse. No sé por qué esa manía de los adultos de ocultar las emociones. Mientras le hablaba apenas me sostenía la mirada. A veces pienso que la madurez se pierde con los años. Ahora viene portando un refresco, con la mejor de las sonrisas... ¿cuánto le habrá costado fabricarla? Ay, Diego, ni con cuarenta años eres capaz de enfrentarte a la verdad, si no fueras tan genial y simpático..."

-         Tu soda, Chelín, bien fría, como te gusta, debes estar seca con tanto pedaleo bajo este solazo.

-         ¿Quieres que nos sentemos afuera o prefieres que hablemos adentro, para aprovechar el aire acondicionado?

-         Ya veo, no tengo escapatoria... adentro entonces, con tal que escuches el silbido y te bajes a tiempo. Creo que tu madre me mata si te rapto.

Entraron y se acomodaron en una mesita de dos, él pidió un café y se entretuvo removiéndolo, con la vista fija en la cucharilla. "Está haciendo tiempo", pensó ella sin arredrarse; si había llegado hasta ese punto no lo iba a dejar pasar.

-         No me importa mucho lo de la separación, sé que mamá se acostumbrará pronto y cuando menos me lo espere ya estará instalada con otro, como pasó después del divorcio con papá. No has sido su único acompañante. No vine tampoco a preguntarte los motivos, más o menos siempre son los mismos y rondan alrededor de las incompatibilidades mutuas. Y de que ella me quiere, no me cabe dudas, es una de las ventajas de ser hija única.

-         Geniecillo perverso, no sé cómo de esa familia has salido tú, el fenómeno del diamante entre el carbón. A veces, cuando hablas, parece que tienes cien años, y cuando te miro, lo que veo es una trigueñita quemada por el sol, que ni siquiera ha alcanzado la altura promedio de una niña de doce. Eres el único recuerdo que quiero conservar de estos dos años, si lo que deseas es un poco de sinceridad.

-         La sinceridad es algo que se ve poco en estos lados - respondió entre ruidosos buches de refresco -, y no me refiero a lo de no contarme ya sabes qué, pienso que lo hicieron por mi bien... o eso pensaron. Excepto en ese momento, fuiste impecable conmigo. ¿La pasábamos bien, verdad? No sólo porque me dejaras quedarme despierta hasta tarde viendo películas, ni porque no te fueras de lengua con la abuela y mamá por mis escapadas de clases, ni por aquella ocasión en que me llevaste a ver el partido de pelota sin dudar de mi femineidad. Hablo de nuestras conversaciones esotéricas, la vida después de la muerte, en otros mundos, en otras dimensiones, los poderes de la mente y todo eso, ¿recuerdas?

-         ¿Cómo lo voy a olvidar? En medio de una familia que apenas escucha radionovelas y ve culebrones en la tele, sepultada en un pueblito cuyo único acontecimiento es ver pasar el tren cada día, llevándose a los afortunados que logran escapar, hay una niña que se preocupa por los destinos del universo... es un regalo que te han hecho y que debes conservar a toda costa. No dejes que te roben tu singularidad, Chely, vas a llegar muy lejos, los dos lo sabemos. Un día tomarás este tren, o quizás otro más moderno, y partirás en busca de nuevos horizontes...

-         Si no tengo con quién hablar perderé mis facultades - lo interrumpió la niña y, mirando la expresión de su rostro, sonrió -; no me pongas cara de asustado, no he venido a pedirte que regreses, yo sé que en estos asuntos no hay vuelta atrás, lo aprendí a los seis años. Venía a hacerte una proposición: ¿Quieres ser mi padre?

Diego saltó, derramándose encima parte del café que estaba sorbiendo. Graciela no pudo menos que sonreír, pero el progreso de su alegría se detuvo cuando vio que no era correspondida. El se rascaba la nuca como cuando estaba preocupado, mal síntoma.

-         Escucha, Chely. No puedo ser tu padre. Ni aunque estuviera aún con tu madre. No puedo sustituir a quien te creó, ni usurpar su lugar. Te quiero mucho, me duele lo que te estoy diciendo, pero te reconozco lo suficientemente inteligente como para superar este mal rato. Hay vacíos que no puede llenar nadie y éste que dejó tu padre al marcharse es uno de ellos... Por favor, no llores.

-         No estoy llorando - porfió la niña, enjugándose las lágrimas con la manga -. Tú no eres el único que no soporta las emociones fuertes. He pedaleado tanto para escuchar una respuesta que debía haberme imaginado.

La primera llamada de advertencia a los pasajeros se dejó escuchar en toda la estación.

-         ¿Vuelves con tu familia, verdad, Diego?

-         Así es, y lo del empleo en la capital es cierto, al menos te di parte de la verdad. Ahora escucha, te propongo algo - habló él con voz entrecortada, tomándola de la mano y escoltándola hacia la puerta.

El hombre quedó en el primer peldaño de la escalerilla, asido al pasamanos. La niña bajó al andén. Desde allí se veía más pequeña e indefensa.

-         No puedo ser tu padre, es cierto, pero te propongo ser tu amigo. No será necesario que me escribas a diario, ni que nos llamemos o nos veamos a toda costa. Existe un tipo especial de amigos, más allá de las diferencias, de las distancias... Son aquellos que cuando tienes un problema, cuando estás triste o sola - el segundo silbido le obligó a subir el tono de voz - puedes decir: "Él está ahí, para mí, siempre, aunque yo no quiera"... - la última frase sonó extrañamente alta en medio del silencio que retornaba, algunos pasajeros voltearon el rostro para mirarlo.

-         ¿Y a partir de cuándo empieza a funcionar esto de la amistad? - preguntó ella mientras el ferrocarril iniciaba su cansina marcha rumbo a otro pueblo sin nombre, a pocos kilómetros del anterior, hasta que la línea infinita lo adentrase en el camino de los lugares reconocidos por la geografía, rumbo a la urbe superpoblada donde se pierde la identidad, pero se gana en oportunidades.

-         ¡Ya está funcionando! - gritó él moviendo la mano en señal de despedida.

-         ¡Es que tengo algo que contar a mi mejor amigo! - corrió ella, a pesar de saber que sus palabras no serían escuchadas.

-         ¡Nos vemos, adiós, Chely! - escuchó cuando ya su rostro era apenas un punto en la masa de desconocidos que oteaban desde las ventanillas.

-         Estoy muy sola - dijo ella al viento, como si hablara de nuevo a los ojos de Diego, sin ocultar esta vez las lágrimas, ya sólo advertidas por las cabras que regresaban, lerdas, a mordisquear los helechos -. Soy especial, tal vez soy única en el mundo, me enseñaste... Pero, ¿de qué me sirve? El hombre que habia escogido para ser mi padre, no tuvo el valor de aceptar el gran honor que le había concedido.

 

Este artículo tiene © del autor.

1285

Comentar este artículo

   © 2003- 2015 MUNDO CULTURAL HISPANO

 


Mundo Cultural Hispano es un medio plural, democrático y abierto. No comparte, forzosamente, las opiniones vertidas en los artículos publicados y/o reproducidos en este portal y no se hace responsable de las mismas ni de sus consecuencias.

Visitantes conectados: 26

Por motivos técnicos, reiniciamos el contador en 2011: 3314815 visitas desde el 16/01/2011, lo que representa una media de 754 / día | El día que registró el mayor número de visitas fue el 25/10/2011 con 5342 visitas.


SPIP | esqueleto | | Mapa del sitio | Seguir la vida del sitio RSS 2.0