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GUERRA NO DECLARADA

La guerra en el Líbano

Camilo Valverde Mudarra

ESPAÑA



La maquinaria destructiva con sus bocas de fuego, lanzada por los israelíes en Gaza y en Líbano no cesa; la furia terrorista y el hostigamiento de Hamás y el bombardeo odioso de Hezbollah no termina. El rugido de sangre y dolor sigue; los nuertos y los heridos, los desposeídos y los oprimidos claman entre los escombros y la penuria; decenas de niños sin madre, cientos de madres sin niños, caminos sin tránsito, calzadas sin puentes, oficinas e instalaciones sin edificios, refugios inhóspitos sin acomodo. Plantas generadoras sin energía, terrenos sin cultivar, mientras guerrean y hostigan. Hamás apoyado por los palestinos, Hezbollah por Sria e Irán, Israel por Bush y sus EE.UU, y El Líbano consintiendo a Hezbollah. La UE callada sin poder alguno, la ONU inoperante sin resolución. El mundo árabe observando en silencio y las demás naciones a la expectativa, sin ganas ni resortes.

Terrorífico espanto sobrecoge el ánimo.La indignación quema el corazón del mundo ante la matanza de treinta y siete niños y diecisiete civiles por las bombas israelíes en la Canaá del Líbano; murieron aplastados, al derrumbarse el edificio, en cuyo rótano se habían refugiado. Y Hezbollah dispara 220 katiushas y misiles de fabricación siria, que han matado a cincuenta y seis mayores y tres niños israelíes. Siempre los niños, siempre los indefensos son víctimas, siempre caen pasto de la masacre, de la ruina.
La Región se quiebra y arde; los palestinos sufren cruel asalto en forma de castigo colectivo por el apoyo a Hamás, facción que con osada audacia atacó a los soldados israelíes en la frontera de Gaza. El Consejo de Seguridad de la ONU, a los dieciocho días, discute una solución y condena los ataques israelíes por desproporcionados, el resultado queda en el fracaso, por la oposición de los Estados Unidos, cuatro abstenciones, y diez votos a favor. Entre tanto, el negro monto de cadáveres, la ley del Talión y la legítima defensa legitimada.aumentan y la destrucción del Líbano y Gaza continua. Hezbollah lanza sus katiushas cada vez más profundos sobre Israel, mata a gente indefensa, asola y desgarra.

Sin embargo, si los israelíes, al sentirse provocados y agredidos, hubieran concretizado sus ataques y limitado su respuesta de represalia a objetivos clave de Hezbollah, la cuestión sería otra. No era preciso entablar una guerra total, perpetrar el bloqueo naval, destruir los aeropuertos y carreteras del Líbano, ni los ataques artilleros y aéreos a cientos de objetivos en áreas urbanas densamente pobladas de inocentes civiles, acto de guerra no declarada a un estado miembro de Naciones Unidas, cuyo gobierno no ha atacado a Israel; su culpabilidad está en dar cobijo al terrorismo ultraradical de los chiítas hezbollanos, al verse obligado por el temor de caer como Hariri y los otros. EEUU, haciendo gestos de preocupación humanitaria hacia la galería política, sólo le pide a Israel, que "muestre moderación", no exige, no le ordena el cese total del fuego. La realidad desmiente la declaración de ataques de precisión dirigidos a objetivos terroristas. La posible buena voluntad de las masas árabes e islámicas en el Medio Oriente no existe, si alguna vez la hubo; encuestas recientes demuestran que se disipó con la televisada invasión de Irak; el costo humano ha sido un duro golpe para la imagen de EEUU en la región. Ahora la destrucción del Líbano, a los ojos del mundo árabe, puede resultar definitiva en la opinión contra los Estados Unidos, reforzada la idea de que Irak no fue una anomalía o una guerra contra los terroristas, sino contra el pueblo musulmán. Esta vez, no hay un sangrinario dictador, aquí se golpea a una democracia naciente, El Líbano, en un vano intento de herir mortalmente a Hezbollah y obligar al casi impotente gobierno libanés a que expulse y se desprenda de la facción hezbollana, lo que haría estallar la guerra civil.

Por otra parte, la vida, allí, en la tierra prometida, se hace difícil e insoportable. Se ha convertido en una lucha de supervivencia. Cuando en 1947, la O.N.U. determinó el reparto de Palestina en un estado judío y otro musulmán, la Liga Árabe se opuso y no aceptó tal determinación. Al año siguiente, el 48, los ingleses se marchan, dejando el problema. Ese mismo año, el 14 de mayo, se proclamó el Estado de Israel y, acto seguido, el día 15, la Liga Árabe le declara la guerra. Y, desde ese entonces, hasta hoy, la lucha y la discordia se han hecho crónicas. El mismo día, de haberlo aceptado, se pudo establecer también el Estado Palestino. Quizás, se hubieran evitado muchos años de sufrimiento y de terror. En verdad, hoy, Tel Aviv obstenta la única democracia de esa masacrada heredad de Abraham; pequeño y rico país, moderno y desarrollado, provisto de un ingente poderío militar, hostigado por el vecindario musulmán, que trata, dificultosamente, de habitar la vieja casa paterna. Y trata de sobrevivir entre el continuo ataque que no es sólo el hostigamiento, sino el exterminio; las fuerzas árabes, Irán y Siria con su brazo armado de Hezbollah han juaramentado acabar con Israel, echarlo al profundo abismo, bajo las arenas del mar.

En esta situación, es imposible vivir; y más escaso el espacio para la voluntad de acuerdo. ¿Cómo conjugar la existencia con la aniquilación, la perduración con el genocidio?

Cuanto más tiempo se permita la campaña militar y se tarde en solucionar la crisis, más completa será la destrucción. El cese de la violencia es crucial, pero, detener la muerte y la destrucción en Líbano es menos importante que el objetivo de neutralizar por completo a Hamas y Hezbollah; el intento de desalojarlas con la artillería y bombardeos aéreos es ardua tarea, al estar firmemente arraigadas en la población chiíta de Palestina y del Líbano respectivamente. Aunque Israel, desafortunadamente, se vea forzado a atacar preventivamente a los terroristas en legítima defensa, la opinión pública, y, en especial, la musulmana no lo podrá o no lo querrá entender. La humillante e indignante destrucción del Líbano augura un execrable futuro en Oriente Medio. Las milicias chiítas, ya irritadas y enfrascadas en el caos de Irak, no es probable que acepten la situación. La cuestión se endurece. Es posible que se de un giro cualitativo en el proceso de la radicalización islámica y en la posición occidental, ya provocada por las Torres Gemelas, Madrid y Londres.

La devastación de un pequeño país emergente y el furor mortífero de las faciones terroristas ahuyentan el afianzamiento de la moderación y la democracia en el mundo árabe. Son obstáculos insalvables para la paz y la prosperidad. Las elecciones, donde se han celebrado, han sido terreno abonado para el radicalismo. Se derrumba cualquier tipo de esperanza. La paloma de la paz se aleja; el ramo de olivo se desvía, no llega a las ventanas de Oriente Medio.

Camilo Valverde Mudarra

Este artículo tiene © del autor.

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