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ENCÍCLICA DE CONSUELO

Willo Cucufate



Así podríamos considerar el fallo que favoreció con una mención honorífica (de consuelo para Consuelo),  a la obra de teatro “El Evangelio según San Borges”, de la reconocida poetisa y narradora bocatoreña Consuelo Tomás F.
Al declararse “desierta” esta categoría en el género teatro, en el concurso nacional Ricardo Miró, en su versión del año 2003. Los jurados nos dieron una buena señal de que la era “del premio al mejor esfuerzo”,  ya fue superada, ojala que de manera permanente. De modo que si las reatas se siguen tensando a cuero de buey chucaro, no les queda de otra, a los escritores que aspiren a ganarse esta presea, que doblar el lomo con ahínco y quemarse las pestañas  de ojo orinador en serio, sobre su  sufrida hoja en blanco.
Antes de dar mi opinión acerca de esta obra de teatro, deseo confesar que leer teatro para mí, siempre ha sido cosa aburrida, caso contrario me sucede cuando veo buen teatro arrullado por una cómoda butaca. A lo mejor esto se deba a mi trauma estudiantil, sufrido por aquellos años de guerra, no ya tan fría, en que muleaba  la secundaria; para ese entonces leer no era una obligación, sino que una imposición. A pesar de los círculos de lectura ¿Se seguirá dando este fenómeno en las escuelas de nuestra globalizada América latina? Otra cosa no es la intención de este escrito criticar ni mucho menos evaluar la calidad estética o literaria  de esta obra de teatro, mas bien el asunto consiste en tratar de transmitir mi punto de vista como lector para retomar un lema ya conocido, pero muy poco puesto en práctica: Pro mundi beneficio.
Este evangelio, el de Consuelo, según San Borges, consta de cinco actos, cada acto es encabezado o introducido por una para-letanía apócrifa borgiana, con la que de manera condensada y profunda, intenta la autora darnos un luzaso sobre lo que de arte dramático se nos viene encima. Los títulos de los actos en su orden de puesta en escena son: “Las hermanas” (pobreza de espíritu), “El Vagamundo y la Dama” (el olvido), “La intriga de los Santos” (el sufrimiento), “Viaje alrededor de la ventana” (la razón) y “El último y final” (el azar). Los paréntesis no son de la autora, si no del que joroba.
A mi modo de ver el gran tema que se nos plantea en esta obra es la muerte, se sitúa a los personajes en lagunas existencialistas, marcadas por una inconforme  vejez, como una etapa no entendida de la vida, de transmisión hacia el viaje sin regreso y sin destino.
La mayoría de los actos se desarrolla con la participación de dos personajes, el escenario se mueve al compás de música de fondo, sonidos de ambiente y voces en “off”, simultáneamente se desarrollan las acciones con una cinética óptica de luces, apagones totales y túneles de luces en picada, de acuerdo a la necesidad de efectos y movimientos de acciones.
El escenario religiosamente  se presenta poblado de elementos que a la vez que contribuyen  a la ambientación de la trama desarrollada, también están llenos de mucho simbolismo. (la red negra acampanada, la ventana, el perro negro, la fachada de la ciudad, las escaleras de tijera, la maleta negra, la andaderas, los zapatos, el columpio, la salida de emergencia). De la red negra acampanada podríamos decir que simboliza una vida sin voluntad, de encierro y monótona, la ventana podría representar el horizonte ya sea pasado o futuro, el perro negro nos muestra un poder vigilante omnipresente en la vida y en la muerte, las escaleras bien podrían representar los peldaños que en la vida  nos pueden impulsar a mejores situaciones, la maleta negra simboliza “la caja negra” de los recuerdos de una posible doble vida, las andaderas no son mas que los intentos fallidos  por prolongar una optima calidad de vida, los zapatos, tienen que ver con la posición social, zapatos sucios o la ausencia de ellos es sinónimo de pobreza. “Ser pobre y viejo” o tener los zapatos sucios o carecer de ellos, es estar doblemente jodido (o sea doblemente muerto), opinaría Cachito; el columpio bien podría representar indicios del Síndrome de Peter Pan por parte de Claudia, la hormigas en su mundo laberíntico y devorador bien podría ser una alusión a la sociedad de consumo, que todo lo cosifica y finalmente el ilógico sueño de Beatriz (buen recurso literario) viene a ser ese difícil proceso de toma de conciencia por el que necesariamente se tiene que pasar para lograr un cambio de actitud ante las grandes decisiones de la vida.
Ya dijimos que el gran tema tratado es la muerte, cualquiera podría alegar, que la muerte es en realidad el conflicto, bueno esto no deja de ser relativo, como casi todo en la vida; digo casi todo, porque lo único absoluto en la vida es lo relativo, porque siempre será relativo. El punto es que en este caso a los personajes les preocupa más que la muerte, la vida. Concretamente que hemos sido capaces de hacer durante esa licencia existencial a la que llamamos vida.
El acto final se plantea como un desenlace aparentemente caótico, en donde los personajes de mayor relevancia aparecen alternativamente, iluminados por túneles verticales de luz, sumergidos en un profundo escenario marcado por la oscuridad casi total.
Los personajes de esta obra siguen siendo el tipo de personajes que Consuelo acostumbra a plantear en su narrativa corta, gente de clase baja o gente de clase media con ínfulas de hiedra trepadora. De ellos podríamos decir: Claudia, representa a la hermana consentida, vanidosa y manipuladora; Laura encarna a la persona pusilámine y sin voluntad; Dama representa a la engreída, vanidosa y oportunista; Vagamundo es el tímido, inseguro, el añejo “metrosexual “de clóset; Cachito nos muestra al perfeccionista; Rolando es el desinteresado, el poco me importa; Ornela representa el valor, la decisión y Beatriz encarna el cambio, la toma de conciencia.
El problema que enfrenté al leer esta obra de teatro es que se percibe el planteamiento de un gran conflicto, de manera muy general; la cuestión es que a lo largo del desarrollo de las acciones, éstas se desarrollan sobre la marcha de una tensión dramática muy horizontal, debido a que se siente la ausencia de esa lucha encarnizada que debe de haber entre  ese binomio dramático, que hace al buen teatro: el protagonista y el antagonista. Luego a esto hay que sumarle el hecho de que  los parlamentos de la mayoría de los personajes no profundizan gran cosa en el desarrollo del tema planteado, quizás es por eso que, sentimos que los personajes se mantienen estáticos en el planteamiento y desarrollo de su pensamiento. Pareciera que buena parte de la idea a desarrollar en esta obra no logró plasmarse en el papel y que se quedó flotando aún en los recovecos bocatoreños de la musa gris de Consuelo.
Una obra de teatro como esta, con un conflictivo titulo, adornada con el nombre de un monstruo de la literatura latinoamericana y escrita por una de las mejores creadoras panameña de los últimos, pero para nada apocalípticos tiempos, me produjo la sensación de estar parado ante una gigantografía con tremenda fachada, pero que aún detrás está, toda una obra de arte de la arquitectura literaria a medio construir, en espera de que venga un buen director de teatro, que sepa montar bien las tablas y la descontamine de su calidad de lectura apócrifa, para  el bienestar de nosotros, los lectores.

Autor: Willo Cucufate

Este artículo tiene © del autor.

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