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EL LONGEVO DICTADOR DE CUBA

Camilo Valverde Mudarra

ESPAÑA



EL LONGEVO DICTADOR DE CUBA

Camilo Valverde Mudarra

El longevo dictador de Cuba cumple 80 veranos el 13 de agosto del 06, aunque hace un tiempo, le confió a unas maduras mulatas que lo felicitaban en la calle de La Habana Vieja: «Jamás imaginé que iba a vivir 70 años. Ahora, de repente, uno descubre que casi todo quedó por detrás y que la vida tiene sus límites». Ha resistido al funeral de su paisano y colega F. Franco, ha visto la caída del régimen soviético y del Muro de Berlín, y ha sabido sobrevivir a diez orgullosos presidentes del despacho oval y a 637 intentos de asesinato; pero, su madre no sabía que, el 8 de enero de 1959, iba a entrar en La Habana triunfador de Batista, con su fusil en alto.

Nació Fidel el 13 de agosto de 1926 en Mayarí, provincia de Holguin, hijo de Ángel Castro Argiz, un gallego emigrado de la aldea de Láncara, que se afincó en la isla algo antes de la independencia, en 1898, ganándose la reputación de despiadado latifundista; casado con María Argota, que le dio dos hijos, posteriormente, se unió con Lina Ruz, una muchacha que trabajaba en su casa, con quien Ángel Castro tuvo siete hijos, entre ellos Fidel y, de las hermanas, una, Juanita, llegó a declararle su más extrema hostilidad desde Miami: «No es el mismo Fidel. El poder lo matará». Según las hermanas, residentes allí, sufrió una infancia de niño pobre en el seno de un hogar acomodado y rico que le dejó secuelas indelebles. El niño Fidel, hijo de la burguesía cubana, recibió una educación elitista; fue matriculado con los jesuitas, lo que marcó su carácter y maneras en su vida, así como las desastrosas relaciones con su padre, que lo sometió a una educación rígida y disciplinaria en los mejores colegios de Cuba; a lo que se añade el poso de amargura que dejó en el fondo de su alma el no haber podido asistir a su muerte y despedirlo en 1956, cuando Fidel aderezaba desde México la invasión de la Isla. Únicamente su madre saboreó, antes de morir en 1963, el triunfo de su hijo revolucionario.

La azarosa vida privada del dictador ha sido abordada muchas veces, con más o menos acierto. Su amigo García Márquez ha dicho: «Es tal el pudor con que protege su intimidad, que su vida privada ha terminado por ser el enigma más hermético de su leyenda». Se sabe que sólo ha estado casado con una mujer, Mirta Díaz Balart, hermana de un compañero de universidad, una chica rica de veintidós años y de buena familia, con la que contrajo matrimonio en 1948, quien, once meses después, le dio el único hijo reconocido, Fidelito. Hicieron su viaje de novios a EEUU, donde compró su primer libro de Lenin y, se dice, que allí, las discrepancias con la familia de su esposa iniciaron la pendiente hacia el divorcio, que llegó en 1954. En sus amoríos, se citan otros encuentros. Natividad Revuelta, la mujer de un cardiólogo, que, ocultándolo en su casa, le salvó la vida al guerrillero; y, claro, tuvieron una hija, Alina Fernández Revuelta, nunca reconocida por Castro, que es una de las ’traidoras’ más célebres de Fidel, y más explotadas por el exilio; en cuanto puede, explica que «Todos los males de Cuba tienen un nombre: Fidel Castro». Alina, sin esconder jamás sus desavenencias paternas, se dedicó al mundo de la moda en Cuba, hasta que se marchó en el 1994.

Estudió Fidel, medicina en la Universidad de La Habana, periodo fértil para entablar y destacar en sus actividades políticas. En este campo abonado de militancias y sueños, surge su empeño de derrocar la dictadura de Batista mediante la insurrección armada. La inició en el centenario del héroe cubano de la independencia, el poeta José Martí; el 26 de julio de 1953, Fidel, lanzó el crucial asalto al cuartel Moncada, en Santiago, en que la mitad de los 135 atacantes cayeron, en la lucha o ajusticiados, y fue encarcelado tras su famoso alegato “La historia me absolverá”, que altivo pronunció ante el tribunal de justicia.

Liberado a favor de una amnistía, se refugió en México; desde allí planeó minuciosamente la estrategia de ocupación. Habiendo conocido al Che, lo enroló y se embarcaron en el yate ’Granma’, partiendo del puerto mexicano de Tuxpan en noviembre de 1956, con un efectivo de ochenta combatientes, del que sólo llegaron sanos dieciséis a las estribaciones de Sierra Maestra, donde emprendieron la guerra de guerrillas que, tres años después, los colocó en La Habana. Batista, viéndose perdido, abandonó Cuba el 31 de diciembre de 1958, y Castro entró victorioso el 8 de enero de 1959.

Luego, en los avatares de la Guerra Fría, el enfrentamiento con Washington abocó a Fidel hacia las redes de Moscú. La visita que, el 15 de abril del 1959 realizó a EEUU, durante doce días, no logró mejorar sus relaciones con los “vecinitos del Norte”; por el contrario, un contingente anticastrista, en febrero de 1961, desembarcó en Playa Girón (Bahía de Cochinos), pero, la revuelta fracasó y al año siguiente, el 3 de febrero de 1962, el presidente Kennedy establecía el bloqueo total de la isla. Posteriormente, la “crisis de los misiles ”profundizó más aún la “sovietización” de la revolucionaria dictadura, y, para colmo, el espionaje yanky descubrió en octubre de 1962, que la URSS, se disponía a instalar, en la isla, rampas de misiles. Aquella grave cuestión se resolvió y pasó, pero Cuba quedó atrapada en los hilos de Moscú hasta que, en 1991, cayó su imperio y su ficticio poderío; tan es así, que la Constitución de 1976 determina que el partido comunista es «la vanguardia organizada de la nación cubana y la fuerza dirigente superior de la sociedad y el Estado»; y a Castro le asigna toda la jefatura: jefe del partido, jefe del Ejército, jefe del Gobierno, jefe del Estado... y, a su hermanísimo Raúl, su sucesor, el segundo puesto. Es comandante en jefe, el inflexible, como muestran sus cárceles y mazmorras, la cantidad de opositores, la huida de los ‘balseros’ y el negro monto de fusilados que lleva a sus espaldas, entre ellos, el general Arnaldo Ochoa, veterano de Sierra Maestra.

Al ver la carencia tambaleante de su régimen Fidel, en 1969, obligó a toda la masa social a la gran zafra, la recogida de la caña de azúcar, para almacenar diez millones de toneladas de azúcar; y, aunque fue un fracaso, le sirvió de incentivo y sometimiento. Muy avispado y humanitario ha mandado a miles de soldados y técnicos a las grandes ’causas internacionales’: las guerras de Angola y Etiopía, los titubeos de revolución en el Chile de Allende, como ahora en la Venezuela de Chávez...; enviando, desde el puerto cubano de Mariel, en 1980, decenas de miles de cubanos, muchos de ellos delincuentes comunes en dirección a EEUU, azuzó la crisis de los ’marielitos’, de modo que Washington no tuvo más remedio que tragárselos. La caída del Muro de Berlín, en 1989, le impulsó a tomar, lo que llamó «periodo especial en tiempos de paz», un conjunto de medidas draconianas que no han podido resolver una crónica debacle económica, que no levanta cabeza ni logra sacar de la pobreza y la penuria a esa hermosa tierra.

Mientras tanto, él vive prósperamente instalado; aseguran que se cuida con desvelo; sin permitirse licencias, guarda una esmerada dieta de verduras y pescado hervido. Por ello, dejó de fumar sus famosos habanos y, en 1985, se retiró de los cigarros, para dar ejemplo durante una campaña contra el tabaquismo. Si todo ese vigor lo hubiera dedicado, como debieron enseñarle los jesuitas, a extender la prosperidad y el bienestar, la justicia y la fraternidad y la libertad y democracia al pueblo, en lugar de su revolución dictatorial, otro cantar sería el que se oiría por los malecones de la Preciosa Cuba. Su amigo G. García Márquez le preguntó un día qué es lo que más anhelaba: «Pararme en una esquina», contestó; quizás para pensar de qué le ha servido a Cuba su larga presencia. “Ni un paso atrás. Ni para tomar impulso” dicen que dijo, pero, desgraciadamente, no referido a la lucha por el justo reparto y bien común. (Apuntes de R. Rivero y crónicas de prensa).

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