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ISLANDIA, TIERRA DE HIELO

Valentín Justel Tejedor

España



ISLANDIA, TIERRA DE HIELO

En aquellas septentrionales latitudes paradójicamente europeas, no muy lejos del círculo polar ártico, la belleza y los encantos naturales de aquella maravillosa isla se mostraban ante nosotros con todo su verismo, ofreciéndonos minutos antes de tomar tierra en el Aeropuerto Internacional de Keflavik, situado en una península al sur de la capital Reykjavik, una espectacular panorámica aérea del perímetro suroeste de su costa, jalonada de recónditas bahías y ensenadas, intrincadas y alabeadas penínsulas, y minúsculas e ínfimas islas, que vaticinaban el atractivo entorno que en breve nos aguardaba, así nuestra primera visita fue a la capital del país, una ciudad con mucha historia que se remonta a la época de los Vikingos, caminar por sus calles era como pasear por cualquier ciudad escandinava, pues sus construcciones en hilera exhiben sus fachadas y techumbres pintadas de diversos colores: rojizos, azulinos, glaucos, grisáceos, etc acrecentando su marcado carácter e idiosincrasia nórdicas, estas construcciones se hallan ubicadas en la zona situada entre el lago Tjörnin, Laekjargata, y el puerto de la ciudad; una visita obligada la constituye su impresionante iglesia de Hallgrim`s en forma ascendente triangular, que según nos explicaron evoca un río de lava, su esbelta silueta despunta sobre la trama urbana de la capital, sus interiores góticos, y sus espectaculares panoramicas desde lo alto de la torre de más de setenta metros realmente impresionan, a los pies de esta construcción religiosa, en una amplia plaza en forma de elipse que acoge todo el conjunto monumental, se encuentra la no menos llamativa estatua de Leifur Eiriksson, que según nos dijeron, alcanzó la costa Americana quinientos años antes que el navegante Cristobal Colón; así tomando la avenida Frakkastigur llegamos a otro de los puntos de interés de la fresca ciudad atlántica, la escultura del Wikingerschiff, en la fachada marítima, la cual, representa el esqueleto de una embarcación vikinga como si fueran los restos de un dinosaurio prehistórico, tras la visita al monumento decidimos tomar nuevamente la calle Frakkastigur para despúes girar a la derecha por la calle Gresttisgata y dar un paseo por el pulmón natural de la capital conformado por un bello y amplio lago - Tjornïn- , que alberga numerosas especies de patos, en el cual hay un bonito surtidor de agua que recordaba el Lago Leman y el Jet d`eau ginebrinos, así este extenso y cuadrilongo parterre verdeceledón se asoma al puerto de la ciudad y a su inolvidable bahía, en los alrededores de este lago atravesado por el puente de Skothusvegur, se encuentran muchos de los edificios más visitados de la ciudad, el Museo Nacional de Islandia, el Ayuntamiento, la Galería Nacional, y el edificio del Parlamento, un paseo al anochecer por el muelle Ingólfsgarour, contemplando la calma de esa zona de la ciudad nos hará finalizar la andadura en un romántico faro.Un baño terapeútico en la piscina geotérmica de Sundhöllin resultó una experiencia inolvidable,como lo fue la visita al Perlán un monumento situado en la parte sur de Reykjavik con un bella cúpula de cristal, que a la vez es restaurante giratorio en lo alto de la montaña Öskjuhlid, el cual, se ha convertido en un verdadero símbolo emblemático y vanguardista de la ciudad.
En esta bella ciudad destaca la pulcritud de sus calles, la límpida atmósfera de cielos cristalinos y transparentes, sus cuidados espacios verdes, la plena sensación de seguridad, y el carácter amable de sus habitantes.
Si bien, la estancia en la capital fue realmente maravillosa, el verdadero atractivo de este viaje residía en conocer Islandia en si misma, así al día siguiente nos dirigimos al muelle de Sundahöfn, desde nos dijeron que salía un pequeño transbordador, que en apenas diez minutos llegaba a las Islas Vioey, al llegar allí nos encontramos con un paraíso indómito y deshabitado formado por verdes praderas, y con un par de construcciones solitarias de tejados oscuros y níveas fachadas, junto a una enorme bandera del país en colores índigos, rojizos y blancos; pasear por aquellos pradales y campas en permanente silencio, y admirar las vistas de la capital coronada por la impresionante mole de la montaña Esja, o montaña de mil colores, tal y como le llaman aquí, resultó verdaderamente maravilloso.
Al día siguiente, nos trasladamos hacia el norte del país una zona que en muchos momentos nos recordaba a la verde Irlanda, o a la bella Escocia, tras varias horas de viaje llegamos a los pies del extinto cono volcánico Grabrok, una impresionante mole de lava solidificada, y a pocos kilometros de allí, encontramos el Monte Baula, con su característica forma piramidal, todo el de riolita, una roca volcanica clara de grano fino, según nos comentó nuestro experto guía, esta emblematica montaña cuenta con ancestrales leyendas que le proporcionan un carácter ciertamente enigmático y misterioso (...)

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