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"En el centro del redondel".

César Rubio Aracil.

César Rubio Aracil

España



EN EL CENTRO DEL REDONDEL

En el límite justo donde el arte y la muerte se enfrentan para conseguir el laurel de la victoria -el graderío encendido por la magia de los timbales y el resplandor de los anhelos-, hombre y bestia preludian el final de una sangrienta batalla. Jarameño el corniveleto, enjuto de carnes el artífice del brillante muletazo. ("¡Hay almohadillas! ¡Cerveza y limonada!"). Sol y sombra en la tarde canicular.
En la barrera, junto a un burladero, Pedro, mayoral del hierro que representa, invoca del recuerdo la lírica de lúdicos plenilunios cuando Janito, dueño y señor de breñas y pastizales, corneaba las sombras nocturnas con el afán de los erales por sentirse hijos de las estrellas. Pedro llora lágrimas secas que le brotan del alma. Janito muge con sonido de muerte barruntada, como si en los repliegues de su cerebro la música del alba estuviese entonando un miserere. Jalea el aficionado un artístico molinete. Sueño de clarines y timbales. Olés y palmas. Vino en bota. Sangre en la arena.
"¡Hay almohadillas! ¡Cerveza y limonada!"
Certera estocada. Rueda el toro sin puntilla. Ardor en el tendido. Mantillas de blonda, mulillas y monosabios ... Y en el ruedo, ensimismado en su triunfo, un hombre vestido de luces saluda al respetable girando en redondo sobre sí mismo.
La plaza ha quedado vacía. Las puertas del coso están cerradas, mas en el albero, ya vencida la tarde agosteña por la elación nocturna, los misteriosos duendes de la noche tienden un manto de melancolía sobre las huellas de una encarnizada pelea. Ni alba ni ocaso, sólo soledad, sólo una sutil resonancia de lejanos tambores, de vítores, de olés, de acre sudor a festiva tarde . La montera y la puntilla, la garrocha y el capote. Y el peto. Y el caballo ... Y las mil palomas blancas urgiendo en el graderío los apéndices del astado. Porque se debe premiar la gran faena del gran maestro, y cabalgar el espíritu victorioso a lomos de la Muerte.
"Decidme, espíritus somnolientos de los lejanos astros: ¿Dónde, en qué punto del orbe que nos anima dormita el Pájaro del Alba?; ese cálido pálpito que revoloteaba en la sangre del bruto cuando corneaba las sombras del plenilunio. Porque quiero sentirlo en la soledad de mi alma y en el sopor de la fina tristeza de las flores agostadas".
Mañana, a eso del alba, yo estaré pendiente de las últimas luces cenitales para orar a mis dioses paganos por la savia de la vida; en el solitario ruedo el espectro de un estoque ensangrentado, y en el corazón del ánima mundi la esperanza de la reconciliación entre la bestia y el hombre, entre el humano y la rosa, entre el instinto y la inteligencia. En el ruedo, sobre la arena mojada por las gotas del rocío gime un coro de voces blancas invitando a la pacificación de las fuerzas vitales.

El color de la contienda se ha escindido en degradados destellos de ansiedades. Ni cárdenos pañuelos ni líricas manolas. La Fiesta, sueño secular de picas, verónicas, trapío y sol amargo, cristaliza su esplendor en la onírica turbulencia de la sangre y los caireles. Volverá a lucir el cielo, y al compás de un pasodoble triunfará la Muerte.
En el ruedo de un coso taurino viví hace años un evento que no deseo recordar, cuando en el mugido de un toro escuché una plegaria en favor de la vida, y en su agónica mirada vi el triste resplandor de una elegía en endecasílabos de adioses. De adioses que aún escucho en el sopor de la tarde cuando la brisa otoñal dibuja arabescos en el gótico relieve del ciprés.
"¡Hay almohadillas! ¡Cerveza y limonada!"
Hay almohadillas para soportar el peso de la tarde emocionada. Hay cerveza y limonada para aclarar las roncas voces. Y montera para el brindis. Vino en bota. Sangre en la arena. Incomprendidos el dolor y el sufrimiento de la noble, inocente criatura añorando entre vómitos la cálida dehesa.
A la afición se lo pido: "Clavad rejones en las entrañas del aire, rehiletes en la brisa que mueve la veleta. Hincad el estoque en la espuma de las olas y sembrad de flores el albero. Y al eral, esa efigie viviente de escultórica estampa, dadle de comer en la mano. Como a las palomas, a la sombra del viejo álamo.

Ha muerto Janito, y con su muerte se ha apagado un poco más el grito de esperanza de quienes, lejos de los tendidos y mientras brillan los estoques, en la playa o en el campo, en la sierra o en el bulevar, clamamos por la vida y lloramos por los muertos.
¡"Hay almohadillas! ¡Cerveza y limonada!"
Limonada para el torero, puyazos para el toro. Para la afición, el olé. En la capilla una Virgen, y en la enfermería, a la espera del trágico suceso, el bisturí y la anestesia. Porque un hombre puede perecer.
En el centro del redondel, velando el silencio de la muerte, los duendes de la noche corean un lánguido mugido.

Este artículo tiene © del autor.

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