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LA CONTIENDA DEL LÍBANO

Camilo Valverde Mudarra

ESPAÑA



La ofensiva militar que arruina el Líbano no es un conflicto bilateral al estilo común entre dos estados soberanos. Ni lo es este del verano del 2006, ni lo fue en el 82, cuando Israel desplazó de Beirut las huestes de Arafat hacia Túnez. Desde ese momento, el Líbano no ha sido, desgraciadamente, más que un país manejado y alienado por el dominio militar de Siria y por la influjo económico y estratégico de Irán en el sur, sometido a las férreas directrices de Hezbolá.

Tras el asesinato, en 2005, de Hariri, la resolución 1559 de la ONU, para resolver la penosa situación libanesa, exigió la retirada de las fuerzas sirias y el desarme de las facciones armadas, incluida Hezbolá. Siria retiró su tropas de malagana, pero Hezbulá y otras milicias afines rehusaron dejar las armas, y, en 2005, fueron premiadas con un importante triunfo electoral en su zona del sur. Sin embargo, nada logró arreglar la débil cuestión política del Líbano; por mucho que la ’revolución de los Cedros’, clamase por sacudirse la asfixiante dominación siria, el presidente Émile Lahoud, fiel vasallo de Damasco, se aferra al poder y Hezbolá se mantiene y asienta su potente fuerza política, a la vez que, con sus milicias, intenta ocupar el espacio dejado por el ejército sirio.

En este torbellino, el secuestro y muerte de los soldados israelíes por Hezbulá, vino a abrir un nuevo frente por el norte; parece que el móvil operativo del secuestro fue un posible y desmedido canje de prisioneros. El jeque Hasan Nasrallah, jefe de Hezbolá y hombre fuerte de Irán en la zona, ya señaló, en abril, tal determinación con lo que se presenta como aliado y defensor de los palestinos, presionados en las poblaciones de Gaza.

Por tanto, el gobierno israelí tenía escasas opciones, y ninguna fácil. Podía ir directamente contra Hezbolá en un conflicto local y aislado, pero difícil, que hubiera proporcionado al ámbito internacional la excusa, para desentenderse tras su sinuosa diplomacia. Hezbolá saldría fortalecido y el presidente libanés Émile Lahoud y su patrón sirio Basshar al Ásad, acusando nuevamente a Israel de injerencia en el sur del Líbano, se lavarían las manos; y, en el plano geoestratégico de la región, nada nuevo, excepto que Israel tendría dos frentes abiertos.

Por el contrario, al entablar esa onerosa contienda, Israel ha podido responsabilizar al Ejecutivo Libanés de albergar, consentir y patrocinar el terrorismo de Hezbolá, y, eligiendo como interlocutor al propio Lahoud, ha apuntado directamente a Damasco y Teherán. Sus efectos necesariamente se dejarán sentir en todas las instancias geopolíticas de la región: es probable que el Presidente Ahmadineyad, o sus acólitos, mientras, en sus fábricas iraníes, sigue enriqueciéndose un uranio cada vez menos pacifista, haga acto de presencia. Adelantando su mensaje, Israel se muestra contundente: “más allá de sus soldados y de su propia seguridad, no consentirá la más mínima interferencia de Damasco o de Teherán en su contencioso con Hamás”.

En el horizonte de este avispero regional, se avizoran dolorosas expectativas detrás de cada paso, de cada opción que se adopte; un arreglo por consenso, de difícil, resulta imposible; vendrán, pues, más misiles, más llanto, más muerte; caerán muchas más vidas civiles y militares, mayores dificultades económicas, mayor desestabilización, si cabe, en un Líbano casi desecho, que va en declive, sin componenda. Su estridente diversidad política no augura la rectitud de un timón que zarandea el rumbo constante, máxime, con el inquietante agobio de Hezbolá, convertido de hecho, en el auténtico gobierno cargante y problemático para el Líbano.

Entre tanto, Israel constreñido, defendiendo su supervivencia, observa expectante y afila sus fauces. La Sociedad de Naciones, superando las timoratas llamadas al desarme, ha de tomar medidas concretas de concordia, que establezcan la paz efectiva en esta zona carcomida en su sequedad. El Líbano ha consensuado, con Estados Unidos y Francia, un alto el fuego mediante resolución de la ONU, que incluya todas las reivindicaciones libanesas; al tiempo, que Israel proseguía sus ataques aéreos a las infraestructuras libanesas.

Se ha cerrado un acuerdo que persigue exterminar la violencia sangrienta del Líbano y asentar el diseño de una solución perdurable. Instando al "cese definitivo de las hostilidades" pide a la facción libanesa Hezbolá que finalice todos los ataques y a Israel que detenga todas sus "acciones ofensivas" por tierra, mar y aire. Asimismo, exhorta a las partes a buscar el compromiso y el pacto y a una permanente convivencia. Propugna el establecimiento de una zona de seguridad, el despliegue de una fuerza internacional, con mandato de la ONU, la demarcación de las fronteras del Líbano, incluidas las controvertidas Granjas de Cheba, y exige al gobierno de Beirut ejercer su autoridad y soberanía en todo el territorio libanés y el desarme de las milicias. Convoca a la sociedad internacional a socorrer, en el aspecto financiero y humanitario, a la población del Líbano desplazada de su casa, y a reabrir el aeropuerto y los puertos libaneses. El documento fue recibido "positivamente" por parte de los miembros del Consejo de Seguridad de la ONU. Sin embargo, el primer ministro libanés indicó que el texto no contemplaba los siete puntos exigidos por el Líbano, cuyo disgusto y negativa vino a complicar la aprobación del texto; por su parte Hezbolá, declaró que sólo respetará el alto el fuego si Israel sale por completo de suelo libanés.

Esperemos que Yahvé y Alá inspiren su bondad y llegue la paz.

CAMILO VALVERDE MUDARRA

Este artículo tiene © del autor.

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