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III. EL MATRIMONIO. TRANSGRESIÓN Y CAÍDA

Camilo Valverde Mudarra

ESPAÑA



El Génesis, en el relato, que sigue a la creación, narra la tentación y la caída del hombre (Gn 3,1-24). Para entender la Biblia es preciso tener en cuenta la metodología denominada de los “Géneros Literarios”. Los hechos transcendentes laten bajo la palabra figurativa del autor que escribe para sus coetáneos, con la forma y mentalidad de aquel tiempo y civilización.

Cuenta que, en el Edén, la satánica serpiente, tentando a la mujer, la venció mediante sus instancias engañosas: “seréis como dioses..., tomó de su fruto y comió”; y, luego, seducido Adán, comiendo del fruto, se desplomó la tragedia; vino la descomunal caída. La imagen literaria simboliza, por medio de formas culturales semitas, la potestad humana de elección y de decisión personales en uso de la libertad concedida por el Creador.

El hombre, por su soberbia, infringe el mandato de la Divinidad; efectuada la transgresión, la humanidad, al dislocar el orden natural establecido en la creación, perdió el estado de gracia y salud. La infracción, cuya concreción ha desaparecido en la nebulosa del tiempo, hubo de ser gravísima, por ello ha perdurado en el recuerdo ancestral y está presente en las leyendas del mundo.

El hagiógrafo patentiza que la transgresión no acaece en el tiempo histórico, sino en los orígenes mismos de la historia, llevada a cabo por un hombre y una mujer, por la pareja inicial. El pecado consiste en la aspiración de administrar el bien y el mal moral, para obtener la felicidad y el poder. La primera pareja sintió la tentación de adquirir ese conocimiento y su dominio, que era el objeto de la prohibición, pues toda norma ética del bien y del mal se debe a la voluntad divina. Dios admite que se lo apropiaron con el pecado que los degradó y trastocó su capacidad de apreciación: el bien como mal y el mal como bien. Consiguieron lo contrario de lo propuesto en la tentación, por ello existía la norma natural. Esta transgresión de tan enorme trascendencia hundió en la desgracia e infelicidad a la humanidad.
Desechando la popular idea de la manzana y otras parecidas, por ser una interpretación infantil, hay que pensar en la doctrina teológica del texto: el hombre tiene impuesta, desde su aparición en la tierra, una obligación, unos preceptos naturales que conciernen a su esencia como criatura, que es la humilde aceptación de su índole y su categoría de creatura sin aspirar a prerrogativas que le exceden.

El aserto emponzoñado de la diabólica serpiente “seréis como dioses” no era creíble por su imposibilidad ontológica, a no ser desde los penosos y graves afanes de la soberbia y del orgullo humano y, sobre todo, porque el grado posible de deidad ya lo poseían donado libre y generosamente a priori por el Creador: “a su imagen, a imagen de Dios los creó”. Tomado lo vedado y alcanzado lo excesivo a su naturaleza, el bien se deshizo en sus manos y, en ellos, quedó anidado el mal.

“Se dieron cuenta que estaban desnudos” (Gn 3,7). Con la usurpación indebida y tergiversada, se desprendieron de su dependencia de Dios, lo eliminaron de su vida y de la vida del otro, de modo que cada uno ocupó en el otro el lugar de Dios, a quien debían haber reconocido como el fundamento esencial de su ser y de su unión de dos seres en una sola carne, en un “unum” fundido en su matrimonio sagrado. La consecuencia fue la desventura; quedaron desnudos de la armonía que les ponía en sintonía con Dios, consigo mismos y con el cónyuge y con todo lo creado.

Al caer en el pecado, aflora el pudor, como defensa psicológica de lo que creen perjudicial; sienten vergüenza de su desnudez, porque, perdida su íntima comunión de amor, se ven extraños y hostiles el uno al otro. El pecado los ha hundido en el ciego cieno del egoísmo y en la imposición y dominio “tu deseo te arrastrará hacia tu marido, que te dominará” (Gn 3,16) y los ha enredado en la posesión despótica del más fuerte, tras haber corrompido y arrasado el amor jubiloso, apacible y generoso que suponía la vivencia cotidiana y cercana a Dios.

Por ello, y porque, durante mucho tiempo, se ha leído la Biblia de modo literal sin extraer, al símbolo, su verdadero fruto y enseñanza, es un error pensar, como ha sucedido tantas veces, que Dios maldijera a la mujer en aquella expresión, donde se lee: “Multiplicaré los trabajos de tus preñeces. Con dolor parirás tus hijos y desearás a tu marido, y él te dominará” (Gén 3,16).
Esa fue la consideración de la mujer en la antigüedad hasta que la rescató el Cristianismo.

Realmente, y por paradójico que pueda resultarnos -¡hay que recordar que se le da el nombre de vitalidad a quien se dice trajo la muerte al mundo!- debemos mirar otro aspecto; más que maldición, se ha de ver la infinita misericordia que mucho nos cuesta detectar en el drama que se cuenta. Pero, esta bondad misericordiosa y el perdón inmediato existen, y, por ello, todo el relato del pecado original merece una lectura de inflexión optimista y agradecida: Dios anunció que la desobediencia acarrearía la muerte (Gén 2,17), pero, la muerte se pospone, la pena se suspende; ciertamente hombre y mujer morirán, pero no sin antes dejar descendencia en la que de alguna manera “sobrevivirán”.

La primera profecía bíblica también se ha ofrecido en Gén 3,15, y, en ella, se anuncia que un hijo de la mujer vencerá a la descendencia de la serpiente, por lo que, a pesar de todo, del pecado, de la desobediencia y de las consecuencias que acarrean, se vislumbra, en el futuro, la victoria y la redención final.

Es importante entender el sentido del texto bíblico y comprender su rico contenido humano y teológico. Se ha de pensar, no ya en los aspectos negativos de condena e infortunio, sino, más bien, en la vertiente amorosa y redentora de Dios. Hombre y mujer pecaron haciendo uso de la libertad con que Dios los había adornado. Y tal don no les fue arrebatado, porque Dios no quiere esclavos, sino amigos; no quiere maldecir, sino bendecir; no quiere imponer, sino convencer. Sólo que las creaturas más bellas y perfectas de todo lo creado, aquellas que fueron hechas a imagen y semejanza de su Creador, son débiles, limitadas y propensas al mal que, según el relato sapiencial y etiológico de Gén 2-3, precisamente, entró en el mundo por la grave transgresión de la norma y la decisión de llegar a lo prohibido las dos, la mujer y el hombre. Pero, por fortuna, la misericordia de Dios equilibra y compensa los efectos de su propia justicia.

Así pues, el primer matrimonio fue monogámico, indisoluble y permanente. Fueron los descendientes de Caín los que violaron la unidad y cayeron en la poligamia: Lamec es el primero que toma dos mujeres. Esta rama estableció la corrupción que, por uniones sucesivas, llegó a la descendencia de Set.

Tras el Diluvio, se conservaría el matrimonio monogámico de Noé: se encerró en el Arca “con su mujer” e hijos. Después, con la expansión del hombre, se reimplanta el patriarcado y,al expandirse los descendientes de Sem, Cam y Jafet, la institución matrimonial cobró matices diferentes, según su diferente grado de cultura.
Habrá que comprender esto, y que el autor humano del primer libro de la Biblia, trata de explicar la condición como madre y como esposa de la mujer: no le parece natural que la maternidad, en la que la mujer se realiza, tenga lugar en medio de dolores y peligros; y un tanto semejante parece pensar del deseo sexual o de la necesidad de protección, que, desde la caída, impele a la hembra a someterse al varón. Son las consecuencias de haber transgredido el precepto divino.

Leyendo el relato desde esta perspectiva, el autor humano es un defensor de la mujer; al exponer los nocivos y negativos efectos del pecado, propone una explicación adecuada a su tiempo del porqué y el cómo de la condición femenina.

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Camilo V. Mudarra es Lcdo. en Filología Románica
Catedrático de Lengua y Literatura Españolas,
Diplomado en Ciencias Bíblicas y poeta.

Este artículo tiene © del autor.

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