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UNO NUNCA SABE PARA QUIEN ESCRIBE

Carlos Téllez Espino

Cuba



Se ha convertido en un lugar común opinar que la niñez es siempre una etapa feliz y que de por vida mantenemos algo de niño. Ambas aseveraciones me parecen inexactas o, más bien, incompletas, relativas. En mi caso personal fue una infancia difícil. La mayor parte del tiempo fuera de la escuela la pasaba completamente solo. Mi madre, que trabajaba  fuera, empezó a traerme libros para que yo me empleara en algo. Así mis primeras lecturas fueron Pushkin, Plácido, entre otros. Aún no podía asumir que en algún momento pudiera ser escritor. El escritor para mí era un ente despersonalizado, subjetivo, nunca de carne y hueso. Pero, de todas maneras comenzó a gestarse un universo autónomo, exquisito, que me permitió ya en la adultez crear mi propia literatura.

 

Negar para ser diferente parece ser la máxima de José Alberto Velásquez López, un escritor que, en Las Tunas, Cuba, hoy,  quiere tocar todos los registros de la creación literaria, pero que se niega a traicionarse y está entonces creando un universo personal donde lo simbólico lo define.

 

Al hablar de simbología, no sólo en mi poesía, sino en mi obra toda, se establece de facto una contradicción que también resulta un lugar común, recuérdese a Mallarmé y su angustia a la página en blanco. Ocurre que las palabras me producen una especie de náusea bastante incómoda. Es difícil escribir después de Rimbaut, Goethe, Quevedo. Con el siglo XX parecen acabar las posibilidades de algún clasicismo. El concepto de Bet-seller, las demandas sistemáticas de las diversas editoriales, colocan al escritor en una disyuntiva, intentar una literatura perdurable que no sea publicada inmediatamente, o escribir una obra dúctil, amable, fácil, que quede en el camino. Yo he optado por lo segundo. Al menos procuro marcar una diferencia consciente con lo que se está publicando y premiando hoy, sobre todo en Cuba y en cuanto a poesía y, en fin, que el simbolismo es la opción más saludable para aumentar la connotación de las palabras y ofrece multiplicidad de lecturas. El presupuesto básico de Lezama para valorar un texto era la resistencia. Yo postulo una lectura de códigos. Lo otro le queda al tiempo definirlo.

 

Para buscar el cielo perdido José Alberto Velásquez López encontró como vehículo a la décima, al principio detestada, luego redescubierta a través de sus contemporáneos.

 

Siempre detesté escribir un libro precisamente en décimas. A raíz de concursos como El Cucalambé, Fundación de Santa Clara, y otros, que convocaban esta modalidad, la décima comenzó a convertirse en un reino autónomo, definido por particularidades ajenas al resto de la poesía. Resultado, fue más décima cada vez y menos poesía. Sin embargo, luego me di cuenta de que era posible asumir esta estrofa como una más, y he aquí el origen del libro. También quise honrar a varios de mis amigos que empezaron publicando decimarios, como Carlos Téllez, Carlos Esquivel, Osmany Eduardo, Frank Castell... De ahí que, mi primer libro, En busca del cielo perdido, fuese escrito en esta estrofa.

 

Desierto aún, pero habitado por sus mundos interiores, sigue escribiendo y algo nace, siempre algo nace.

 

Indudablemente, Yo desierto es el mejor de los libros  que he escrito. Su corpus está compuesto por versos libres, pero tiene además algún soneto, haikus, romances... A la hora de sentarme a escribir lo hago desde una perspectiva pre-definida, por lo general, la alienación del  individuo que sea diferente en cualquier sociedad, el progresivo deterioro de algunos valores y aún una cierta veneración del mundo visible más allá de la cubanidad.

 

De las carencias salen los pasos posibles. De las carencias se fabrican los sueños, de inicio imposibles, siempre...

 

A mí me ocurre algo muy interesante, pese a no haberme definido aún sistemáticamente como un crítico, algo imposible hasta ahora por la involuntaria carencia de algunas lecturas esenciales, mi visión  de la literatura es a través de la crítica. En primer lugar, mi género favorito a la hora de leer es el ensayo, a nivel general  y, a la hora de escribir, a priori, voy concibiendo mi obra pensando en cómo se verá, a qué escuela se adhiere. En un futuro lejano renunciaré a todos los géneros para dedicarme a la crítica. Es sencillamente mi sueño.

 

 

 

 

 

La piedra filosofal tiene rostro de niño.

 

Siempre se ha dicho que la literatura para niños es el más difícil de los géneros, cosa que no creo. El niño es tan parecido a la piedra filosofal que todo lo hace asequible a sus propios códigos. Por otro lado, uno nunca sabe para quién escribe. Se ha dicho que Jonathan Smith intentó en Los viajes de Gulliver una feroz crítica contra su época y vean en lo que se ha convertido su libro. En menor medida ocurre lo mismo con Julio Verne, Daniel Defoe...Y a la inversa con Tolkieng y Carrol. Así,  pienso que lo verdaderamente importante es escribir con seriedad y sin megalomanías, respetando a la persona para quien se escribe, no subestimándolo y recordando que, cuando éramos niños, también  y sobre todo, éramos seres sexuados y  sexuales, inteligentes, inquietos, a los que eran muy difíciles de engañar. La novela que estoy escribiendo es ambiciosa. Parte de una trama, la invasión a un pueblo imaginario, La semilla, por una plaga de hormigas que destruye todo y, la única posibilidad de combatirlas, es que el niño protagonista se convierta en una hormiga buena y se ponga al frente de un ejército que venza a las invasoras, y que no es más que mi pretexto para tratar ciertos temas, como la homosexualidad, el amor al sexo opuesto pre-adolescente, el éxodo. Lo que resta para terminarla es trabajar sin amilanarme por los referentes contemporáneos.

 

La noche, dividida. La civilización, sin fuego. Las historias, contadas...

 

Cuando empecé a escribir narrativa lo que impactó a los amigos fueron los cuentos. Sin embargo, en determinado momento me aburrí del naturalismo que plaga a la narrativa contemporánea, y no solo la cubana. Me propuse romper con este dogma a partir de la obra de Borges y Cortázar. El cuento, por extensión, no permite establecer una poética. Me tomó diez novelas rotas conseguir una primera, inmadura, incompleta, sucia, pero que ofrecía un vestigio de lo que procuré hacer, uno o varios universos con un leit-motiv, el ser humano que no ha podido nacer, buscando un orden a su existencia en medio de la guerra, el odio, el amor... Así surge Noche dividida que, según espero, verá la luz por Ediciones Bayamo en el 2008. Sí tengo un libro de cuentos inédito, La civilización sin fuego, pero no me interesa en lo absoluto publicarlo, a no ser por algún interés que paliara con largueza mi insolvencia económica crítica.

 

 

 

 

No es un escritor premiado. ¿No lo es?

 

Podría ser gracioso por ridículo, si no fuera doloroso. No participo en concursos nacionales e internacionales por carecer de acceso a una logística en cuanto a impresión de textos. A decir verdad, a estas alturas no me preocupa demasiado. Martí nunca obtuvo un premio, ni siquiera municipal. Lezama no fue premiado. Los premios son un gran invento del siglo XX para cualificar una obra, y a una persona, que no siempre hace honor al lauro. Además, muertos Lezama y Carpentier, no creo que haya la posibilidad de un Nóbel para Cuba. Ni siquiera de un Cervantes.

 

Desde un municipio perdido en la geografía cubana los ecos se diluyen... ¿Hay alguien ahí? ¿Alguien  escucha?

 

Desde un municipio no se puede ser escritor. El escritor es una personalidad respetada, sabia, casi un erudito. Viaja al extranjero, imparte conferencias... Todo ello partiendo de los cánones que impuso el pasado siglo. Desde un lugar así lo más que se puede ser es un escribidor, que no es lo mismo. Y, en el otro extremo, hasta París es un municipio y Quiroga escribió lo mejor de su obra desde la selva de misiones, y Guillermo Vidal gestó Matarile, novela que repitió a menudo en su obra posterior, en el minúsculo poblado que es Bartle. Un amigo, Carlos Esquivel, también radica en un municipio, pero la mayor parte de su producción surgió en el tren que va de Ciudad de la Habana a Santiago y viceversa, sin mencionar su talento fuera de serie y su obstinación, sólo comparable con su nivel de lecturas.

 

Los personajes que escuchan y habitan, el compromiso de escribir... El hombre.

 

A lo largo de la historia, en los diferentes sistemas políticos, se ha hablado del compromiso del escritor. Creo que el único compromiso deber ser el de escribir con un nivel estético que convierta sus libros en perdurables, ni siquiera en vendibles. De lo contrario, hoy no existirían un Nietzsche, un Borges, un Cabrera Infante... La estética es progresista en sí misma, independientemente del partido que abrase. En cambio, cualquier obra puede ser manipulada y, en cuanto a los personajes, detesto afirmar que tienen vida propia, opiniones, autonomía. Los personajes son un invento de uno, definidos por lecturas previas en tu inconciente y la necesidad de mostrar una realidad otra compatible o incompatible con la realidad”real”.

 

El sentido último de la literatura  es no saber hacer otra cosa que escribir, sentirte de más en cualquier sitio que no sea  ”literaturizable”. Se honesto contigo y con todos pese a la ineditez y otras consecuencias, rabiar de envidia frente a la obra de Kafka, Cortázar, Borges, morir y que pasen doscientos años lo más rápido posible.

Este artículo tiene © del autor.

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