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NEGROS Y VERDES

Selección poética

Camilo Valverde Mudarra

ESPAÑA



Selección de mi libro (inédito): ANDALUCÍA, ESTOICA SOBERANA.

                                          
       LOS BARRANCOS

Los barrancos de Viznar doloridos
temblaron estertores de injusticia,
cuando su cuerpo en sangre de malicia
derramó sus espantos ateridos.

Su cabeza de versos ya perdidos
en viles odios, hizo torvo lecho,
donde un clavel del lirio de su pecho
clamó el crimen de ruines resentidos.

La luna reclinó, entre los tomillos
sus sueños verdes hechos decepciones;
cerró sus ojos llenos de emociones
y besó de sus bucles los anillos.

En su boca, la muerte rodó hilillos
de ilusiones quebradas en las rocas;
dos lágrimas quedaron en las rosas
que transidas aullaban por cerrillos.

Los barrancos de Viznar doloridos
dieron su cuerpo, blancor de biznagas,
a la tierra, con séquito de aulagas, 
bajo olivos de senos compungidos.

 


     NO VAYAS

¡Federico, no vayas a Granada!
Granada agazapa su voz rancia.
Federico, recela de Granada,
Tu Granada rezuma intolerancia.
¡No vayas a Granada!
Allí afila sus garras la ignorancia,
no tomes el tren,
no salgas de Madrid,
cierra tu estancia,
o quédate en New York.
Olvida la Sierra y tu infancia,
el Sacromonte y el Albaicín,
el Darro y la Alhambra.
¡No vayas a Granada!
Allí te espera negra rabia
en cruel trampa de intriga e infamia;
huye de la huerta y su fragancia;
aléjate de los Rosales,
baja por el Genil a la distancia,
mira hacia Huelva, busca Portugal.
Escucha la voz de la Vela,
hazle caso a la alondra,
y a las lágrimas de la sierra,
salta el Veleta, ve a Francia,
corre, sálvate, escapa y vive;
huye de la ruindad y de la jactancia.
Quedan muchas rosas,
muchas estrellas,
muchas lunas que llevar al río,
muchos Ignacios con su muerte a cuestas,
y Bernardas, Yermas, Marianas y Zapateras.
Desoíste sus voces:
¡Federico, a Granada, no vuelvas,
en los cascos del aire tenso,
escapa con Camborio por la Vega,
a lomos de la brisa nevada,
embozado en la capa de luna llena!
¡Corre, vete, huye de la arrogancia,
monta en las espumas sumisas de la arena,
busca las orillas verdes de la tolerancia
y gana las estrellas azules de hondo poeta!
¡Federico, no vayas a Granada!
¡Y vive, vive eternamente!
¡No. No matéis su voz de plata!
¡Que no quiero verla inconsistente!
¡Que no quiero ver su risa helada
en los barrancos de Viznar
constreñida de muerte,
por siempre velada!


 
NEGRA NOCHE  

¡Qué negra se ve aquella negra noche
que balas negras y verdes fusiles
brotaron rojas rosas
del blanco pecho de Lorca!
¡Qué depravada conciencia
de fuertes ignorancias,
de furiosas maldades!
¡Qué crueldad tan inútil, ciega y loca! 
Los toros negros cólera mugieron 
al aire ensangrentado en bocas rojas. 
Los barrancos, alzando hasta su boca 
el tiritar exánime de Federico,
quebraron rotundas gargantas,
gritaron rojas cruces
y tronaron llantos ancestrales.
Los torreones rojizos de Granada
rasgaron nieblas de plomo, ceniza y cobre
y la noche nubló su infinita tristeza. 
La luna, su luna, cerró puertas y ventanas
y rajó su alma pena cósmica.
La profunda campana de la Vela 
alzaba cruces melancólicas de hierro, bronce y forja.
Las rosas, estrellas solemnes, lloraron
pistilos de sangre en polen de luto.
Los Querubines con manos
perfumadas de llanto y de besos
recogieron su muerte
al alba funesta de la mañana
y llevaron al Padre sus labios de rocío
y su risa lila en inmensa sinfonía
de mármol terso y sangre seca
al alba funesta de la mañana.
Dos fusiles negros y verdes encendieron
dos rayos de horror, odio y venganza;
cerraron, al silencio rojo, la palabra  
de sueños, de risas y melodías 
de Federico García Lorca.
Al alba de negra madrugada,
lo llevaron al dintel de la ruta solitaria.
Las nubes lo cubrieron con lágrimas de cristal
órganos celestiales al tacto de su dedos
sonaron sentimiento y poesía; 
¡Al alba de aciaga soledad!
¡Al alba triste del ruiseñor!
¡Al alba de Dios!


 
LAS ESTRELLAS

Las estrellas gimen tristes 
por Federico García Lorca.
Bajan a coger su muerte
entre barrancos y rocas;
ponen sus ojos abiertos
en sus manos misteriosas
y los cierran de cometas.
En las cimas montañosas,
las nubes lloran su suerte
y ciñen de nieblas rosas,
su sonrisa y sus canciones.
La Alhambra tembló llorosa
y recubrió de arabescos
su pecho de heridas rojas.
El Albaicín cerró el silencio
por las crestas y las lomas
y se abrió en llanto recio
al tronar la noche penosa
de olor a odio y venganza.
Granada transida y ansiosa
absorbió en sus entrañas
el frío de sangre gloriosa
del poeta que veneraba
su alma tenue y misteriosa.


 
FEDERICO

El olivo milenario, nuncio de paz,
acogió la sangre de la violencia;
al disparo, sostuvo la caída tambaleante
de Federico que, en su resitencia,
herido de vergonzosa muerte
abrazaba sus ramas con insistencia
y, enjugando, con unción, su rostro
ensangrentado por turbia indecencia,
le echó los brazos de su fronda
asiendo el aliento de su corta existencia;
una y otra vez se levantaba
y el ramaje retenía su pervivencia,
aferrando el nardo futuro de su esencia.

Fue de nuevo el huerto de los olivos
con la agónica crueldad y la inminencia
de la ruindad y de la ignominia infames,
a las cinco menos cuarto de la insolencia.

De “La Colonia”, fue al “Caracolar”,
donde lo mataron en concurrencia
de un maestro y dos banderilleros,
a las cinco menos cuarto de la demencia.
Ante los tristes ojos de los olivos,
los cuatro, por escalas de inocencia,
con su muerte a cuestas, subieron
a níveas plazas de indulgencia
en que toreaba Ignacio toros celestes
al son de clarines y olés de anuencia
con mayorales calzados de solvencia.

 
 
A LA MUERTE DE G. LORCA

Los caballos de nubes aterradas
relincharon rabiosos estertores,
al ver su sangre, abierta por traidores,
tintando las escarchas asombradas.

Los gitanos en fraguas desoladas
blandieron sus martillos vengadores,
y, llorando aquel crimen de impostores,
clamaron sus inquinas soterradas.

¡Ay qué terrible sangre de agria suerte!
¡Qué terrible su verso allí partido 
ya sin rima ni voz que lo revele.

¡Ay el espanto que cubre su hosca muerte
con pálidos azufres del olvido
sin llanto, sin suspiro que lo vele!

   Camilo Valverde Mudarra

Este artículo tiene © del autor.

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