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VI. EL MATRIMONIO EN EL N. TESTAMENTO

SEGUNDA PARTE

Camilo Valverde Mudarra

España



2. En las Epístolas

San Pablo, ante las dudas planteadas por los cristianos de Corinto, reafirma la dignidad del matrimonio y recuerda sus derechos y sus deberes, entre los que se encuentra el deber de la fidelidad y del amor (1 Cor 7,1-11). Destaca que el marido y la mujer tienen los mismos derechos y deberes, y por tanto, deben sentirse cada uno parte del otro; no son ya dos seres, sino un solo ser y que han de entregarse y amarse; la única solución, en caso de emergencia, es la "separación", que debería ser tan sólo temporal. La meta final sigue siendo la "reconciliación" con el marido.

En la carta a los Efesios, al hablar de los deberes de la familia cristiana, San Pablo expone su teología más profunda del matrimonio: "Respetaos unos a otros por fidelidad a Cristo. Los maridos deben también amar a sus mujeres, como a su propio cuerpo. El que ama a su mujer, se ama a sí mismo. Porque nadie odia jamás a su propio cuerpo, sino que, por el contrario, lo alimenta y lo cuida... y los dos serán una sola carne..." (Ef 5,21-33; cf Col 3,18-19).

Es un texto muy denso en teología. Subraya conceptos relevantes del matrimonio. Incide en el profundo amor y en los deberes mutuos entre los esposos. La relación Cristo-Iglesia se convierte en un modelo de amor recíproco entre los esposos. El matrimonio no es un asunto privado, entra en la dimensión de la "eclesialidad" y tiene que servir para el crecimiento de la Iglesia, en la medida en que crea relaciones de amor y de fe entre todos sus miembros.

En el lago párrafo que dedica S. Pablo al velo de las mujeres para asistir a las reuniones litúrgicas, se observa claramente que parte, en principio, del sometimiento de la mujer al hombre: ...la cabeza de todo hombre es Cristo; la cabeza de la mujer, el hombre y la cabeza de Cristo, Dios... El hombre es imagen y gloria de Dios; mas la mujer es gloria del hombre. Pues no procede el hombre de la mujer, sino la mujer del hombre, ni fue creado el hombre para la mujer, sino la mujer para el hombre (1 Cor 11,3-10).

Es una actitud normal en su ambiente, en su época y en su cultura. Es lo que se espera en un hombre educado en el helenismo y fuertemente arraigado en el judaísmo. Si, en ese momento histórico, hubiese arremetido contra la esclavitud y la dependencia de la mujer, lo hubieran tildado de loco y apartado de la sociedad y nada de su labor apostólica habría sido posible.

Sin embargo, un versículo más abajo su pensamiento inflexiona y trata de asentar la igualdad de hombre y mujer: Pero ni la mujer sin el hombre, ni el hombre sin la mujer, en el Señor. Porque, así como la mujer procede del hombre, así también el hombre mediante la mujer, y todo viene de Dios (1Cor 11,11-13).
Expresa que los dos son iguales. La enseñanza evangélica no podía faltar en su predicación. Aborda el tema con toda la mediación que el peso y la rémora de las antiguas concepciones podían permitir en su mente varonil que maduraba en el mensaje del Maestro, que acababa de conocer. Centra la igualdad de los dos seres en su íntima unidad: uno en el otro y los dos en el Señor. Igualdad patente que nace de la identidad de ambos en Dios. Evoca la idea de la igualdad radical de hombre y mujer, pues todos sois uno en Cristo (Gál 3,28). Quiere S. Pablo evitar que las mujeres, por conseguir una pretendida igualdad, caigan en derroteros que pongan en peligro su propia dignidad.

Es más, parece dar un paso mayor con la expresión: el hombre mediante la mujer. Indica que el hombre no es nadie sin la mujer, solo no puede estar, con la mujer y por la mujer alcanza su ser y su identidad; son dos en uno, son una unidad indivisible y necesaria. Son dos personas en un solo cuerpo. Resuena aquí el Génesis: “una sola carne”; “no es bueno que el hombre esté solo”. Forman una entidad, una y sola, congruente y compacta. Y todo ello unido en Dios y por Dios, todo viene de Dios.
En la perícopa sobre los deberes recíprocos de los casados (Ef 5,22-33), expresa S. Pablo la excelencia, la unidad y la santidad del matrimonio. Cierto que comienza afirmando la sumisión de la mujer -sumisión, aduce Pío XI, que no niega ni quita la libertad que en derecho compete a la mujer por su dignidad de persona- , pero en todo el desarrollo que dedica al amor y a la santidad conyugal concede a la mujer su dignidad de esposa en correspondencia de amor e igualdad de deberes y afectos, coadyuvando ambos a su purificación y santidad que no puede venir más que de Cristo, fuente meritoria y autor de la gracia.

Comparando el matrimonio con la unión de Cristo y la Iglesia, dice: Maridos, amad a vuestras esposas como Cristo amó a la Iglesia. Eleva el amor matrimonial al amor divino y coloca a la mujer en una alta dignidad de respeto y de consideración de persona que en plano de igualdad recibe y expande un amor recíproco. Un amor íntimo profundo: el marido debe amarla como a su propio cuerpo, porque nadie odia jamás su propia carne. Por eso, el hombre dejará su casa y se adherirá a su mujer y los dos serán una sola carne.

En Colosenses, vuelve su atención, de nuevo, a los deberes familiares. Indica la importancia que la familia cristiana tenía en la Iglesia primitiva: Mujeres, estad sumisas a vuestros maridos, como conviene en lo que mira al Señor. Maridos, amad a vuestras esposas y no os irritéis contra ellas (Col 3,18).

El Apóstol aconseja a la mujer el respeto cristiano al marido y a él el amor a su esposa, pero cuidando no exasperarla ni ejercer sobre ella acciones o maneras tiránicas. Parece que aquí se refiere a una sumisión especial y religiosa: como conviene en lo que mira al Señor. Sin embargo, como hemos visto, en Efesios, incide en el amor y la fidelidad al modo de Cristo y su Iglesia, exponiendo su valor y exigencia esencial en el matrimonio.

S. Pedro da unos sabrosos y delicados consejos a las mujeres: Vosotras, mujeres, vivid sometidas asimismo a vuestros maridos, para que si algunos de ellos se muestra reacio a la Palabra, sin palabras, sean conducidos a la fe por vuestra conducta, viendo vuestro respetuoso y casto comportamiento. Vuestro adorno no sea el externo, hecho de rizos y trenzados, de oro y de vestidos, sino el interior que radica en la integridad de un alma dulce y tranquila: he ahí lo que tiene valor ante Dios. Así, se adornaban en otro tiempo las santas mujeres que tenían su esperanza puesta en Dios y obedecían a sus maridos: ejemplo, es Sara que obedeció a Abraham llamándole señor. Vosotras podéis ostentar el título de hijas suyas, si hacéis el bien sin dejaos intimidar (1Pe 3,1).

Exhorta el primer Papa a las mujeres con estos curiosos consejos a vivir en una conducta cristiana tan limpia que sirva de arrastre y acicate para llevar a sus maridos a la cercanía de la Palabra. Es una llamada a su disponibilidad a la santidad, para que, haciendo el bien en todo y en toda circunstancia, sean el espejo en que se miren sus esposos y vayan hacia Cristo.

No es el adorno externo lo que importa y tiene valor, sino el ocuparse de la belleza interior, trasladar sus afanes de belleza al alma y presentarla siempre con las mejores galas de la fe, la esperanza y la caridad para ungir todos los días los pies del Maestro y, por Él y en Él, al prójimo.

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Camilo V. Mudarra es Lcdo. en Filología Románica
Catedrático de Lengua y Literatura Españolas,
Diplomado en Ciencias Bíblicas y poeta.

Este artículo tiene © del autor.

1989

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