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UNA EXTRAÑA SENSACIÓN

Adrián N. Escudero



UNA EXTRAÑA SENSACIÓN

A la Fidelidad.

En especial, a mi amada esposa y compañera de vida, María Teresa S. Helguero de Escudero; con devoción...

Cuando todos salieron, cerró de inmediato la oficina y abandonó rápido el edificio.

(Así que, intentó doblegar su angustia, pero no lo consiguió).

El automóvil en el taller complicaba aún más la cuestión, pues entorpecería la búsqueda. La rigidez en los horarios y la cancelación de algunos compromisos terminaría ensombreciendo un panorama de por sí contradictorio, estrechando peligrosamente el círculo que lo llevara a la desesperación.

Ahora caminaba con lentitud. Aturdido por los pensamientos y la soledad que obnubilaba sus sentidos. Abochornado, además, por su reiterada y escasa efectividad en el trabajo.

Entonces fue que percibió aquella extraña sensación...

Una sensación de asombro que se fundió con esa otra, incómoda y a duras penas dominada, que provenía de un perezoso andar a pie.

Lo cierto es que, luego de detenerse en esa esquina, a la espera del ómnibus de turno en su casi olvidado recorrido, la vio. O volvió a verla. Sólo que igual que antes.

Exactamente igual.

Sacudida el alma y confuso, desdibujadas sus anteriores sensaciones, se pensó burlado otra vez por la inveterada impaciencia de llegar a casa, deseando descansar de la febril jornada -a pleno estío- que, a ríos de sudor, le enardecía la frente.

Desechó no obstante las fantasías del sol, y, siendo apenas fiel a los límites de su conducta proba, corrió tras ella como antes también lo había hecho...

Y esperó el mismo asombro. El entrecortado razonar que una situación como aquella podría haber desatado en un ser humano tan cuerdo como él, según creía.

Porque ella, era ella, como antes, igual que antes. O alguien tan increíblemente parecido, que bien valía equivocarse en el imprevisto trato animoso que sentía el deber de dispensarle.

Pero no hubo asombro.

Excepto el del amor que antes también había presentido; ese cosquilleo de luciérnaga en sus ojos de mar, y ese grato estremecer en él que lo hacía (hiciera) flotar por los aires. Flotar...

Y se atrevió a las mismas actitudes, enamorado desde aquel primer encuentro, cambiando de ómnibus y de destino para sentarse junto a ella, y expresarle -como ayer- con valerosa timidez, el alcance de sus profundos sentimientos.

Las dimensiones del tiempo se desvanecieron.

(El carrusel de la vida había girado veloz y sublime hasta ese punto perdido de su espacio interior, y revivido sus aristas de manera tan palpable y concreta, que ya no podría detenerlo).

Dejó de verse con cuarenta años, y sólo tuvo veinte en aquellos pantalones anchos, flameado por una remera roja y rizado por las patillas gruesas compradas al festival de Woostock.

Y rió y fue feliz. Muy feliz al tomarla de la mano y temblar ruborizado por el contacto de su piel adolescente.

(Y un rumor como de ángeles le alfombró el camino durante el corto viaje).

Al bajar del ómnibus, a la vista de ese padre que, como todos los mediodía la esperaba en otoño e invierno -con su eterno sobretodo negro-, de vuelta de la Facultad, se despidió de ella seguro de volver a verla, reiterando de modo consciente o inconsciente, cada gesto y detalle realizado y tenido en cuenta, cada palabra y promesa pronunciada y sugerida al enamorarse aquella vez...

Demoró bastante en regresar a su, ahora, insólita realidad.

Se mostró desorientado y con gran dificultad para ubicarse en la inexorable cotidianeidad, y un arrebato feroz de la conciencia lo devolvió al hogar luego de abordar otros dos colectivos.

Supo lo que habría de ocurrir al cabo. En la sucesión de los próximos, excitantes días de dulce noviazgo, de pronto renovado, hasta arribar al matrimonio con ésta, su misma, idéntica mujer.

Envuelto en la irrealidad de lo que acontecía, pensó asimismo en jugar hasta el final esta historia extraordinaria, disfrutando de nuevo la juventud del amor y de los sueños, ya no perdidos: eternizados. Al menos, hasta que la caprichosa hipérbole del pasado y del presente concluyera su respectivo periplo y todo volviera, a la normalidad, en el mismo punto del tiempo y el espacio.

Cuando llegó a casa, trató de tranquilizar el comportamiento de su esposa, acuciada según ella por extraños sueños nocturnos y vespertinos, quien, sin embargo, no tardó en advertir en él su propia y nerviosa actitud.

Una explicación sobre problemas de trabajo fue excusa valedera, al menos hasta que supiera cómo obrar de aquí en más.

Todavía no habría de preguntarse acerca del origen o causa de esta alucinante novedad existencial. El gozo que le producía convivir con su persona trastrocada por algún capricho del Tiempo, lo había arrebatado en un estado de éxtasis inaudito que le impedía razonar. Solo atinar, como una acción refleja de ese gozo, a compartir la alegría de este sueño que, sin duda, no volvería a aparecer...

Y presentarle ella a ella (visión de espejos prospectivos). Y fundir en una tercera dimensión la realidad del recuerdo hecho presente, pero tan vivo y audaz en la reencarnación de sus sublimes fuegos.

Así que no cesó por un instante de reconstruir su idilio e imaginar la plenitud del futuro recreado, sin límites ni reservas, con un amor desde aquella mañana de marzo mágicamente configurado. Hecho carne y alma (temblor de cristales purísimos) en los ojos de ella (ella), que lo miraban desde el hoy como antes (complacientes y fugaces); vuelto caricias perfumadas en la venerable inquisición de sus manos (cálidas y temerosas); brotando como luz de luz en la inteligencia de su seductora personalidad... Que por algo (mucho) lo había conquistado.

Pero no se animó a confesarlo.

No pudo.

Algo más fuerte que él se lo impidió. Algo que destruiría tan magnífico programa de ensueños...

Por lo demás, la línea de la vida, sinuosa y larga, se volvería círculo entre los pliegues escondidos de sus puños cerrados, y un incierto destino confiscaría el horizonte.

Atrás quedaría entonces la extensión inmensa de un territorio inexplorado, y una cárcel de dudas atraparía su corazón. Tic, tac.

Se detendría, casi. Sin el oxígeno ni el sol, sin la húmeda claridad de la lágrima que todo lo condensa y evapora.

Atrás quedarían entonces, en la agitada secuencia de su memoria deslumbrada, aquellos tiernos besos por donde navegaban las horas, y el furtivo descubrimiento de la intimidad de cada uno, bajo el sagrado manto del pudor develado y las nobles cadenas del amor correspondido.

(Murmullos de pájaros guardaron sus oídos).

Atrás, la playa; y el mar, y el río, y los celos felices que otros la notaran, tan hermosa y virgen sobre la arena mojada, y los libros de estudio y la Rayuela de Cortázar.

Atrás, el Teatro de Arte y los vestidos largos y sedosos, y el tintineo alelado de una copa de buen vino ofrendada al cielo y a las estrellas de enero. Y la sonrisa abierta, y la canción del trasnoche, y los Bichos de Candy y Joan Manuel convocados...

Atrás. Muy atrás...

Y al cabo, sin notarlo, los días pasarían (pasaron).

Y una noche sucedió: (¡Dios!) ella se había marchado.
(Así que intentó doblegar su angustia, pero no lo consiguió).

Llevó a los chicos a la casa de su madre, no sin antes telefonear a su suegra, en tono amable y controlado, interesándose si, camino a su empleo, Elena no había pasado esa mañana por allí.

La respuesta negativa confirmó sus sospechas, y lo turbó gravemente. ¿Dónde?...

Un desperfecto en su viejo automóvil se unió a los acontecimientos de la jornada, por lo que terminó llegando con notable retraso al trabajo.

Nervioso, dejó enfriar el café ante la simulada preocupación de sus empleados, y pensó en cómo el tiempo se le había escapado de las manos, y no había sabido encontrar el momento justo para aclarar las cosas.

Quizás alguien podía haberlo visto pasear con ella, y... ¿O acaso su dualidad consentida lo había transformado sin darse cuenta y descuidado con la misma ella del hoy sus deberes más elementales?

Pero no. No. ¿Por qué así, sin una palabra, después de tantos años de tierna comunicación?...

Un quejido indómito lo traicionó delante de todos, y tuvo que cerrar el despacho para llorar a solas, como un prisionero en la desnuda intimidad de su celda.

Las dudas lo amordazaron en la impotencia de los hechos precipitados, y el mundo se volvió gris...

Símbolos elocuentes de la desesperanza, tres preguntas resonaron en él avivándole el llanto: Papá, ¿dónde está mamá? ¿Dónde está?... ¿Dónde?...

Tres calladas miradas lo enmudecieron: No lo sé, queridos. No lo sé. Simplemente, no lo sé.

Y vio a sus hijos apagarse como débiles luceros de un firmamento aciago, como incrédulos aunque reales testigos de su eterna pero mortal e incomprendida fidelidad...

Cuando todos salieron, cerró de inmediato la oficina y abandonó rápido el edificio.

(Así que intentó doblegar su angustia, pero no lo consiguió).

El automóvil en el taller complicaba aún más la cuestión, pues entorpecería la búsqueda. La rigidez en los horarios y la cancelación de algunos compromisos terminaría ensombreciendo un panorama de por sí contradictorio, estrechando peligrosamente el círculo que lo llevara a la desesperación.

Ahora caminaba con lentitud. Aturdido por los pensamientos y la soledad que obnubilaba sus sentidos. Abochornado, además, por su reiterada y escasa efectividad en el trabajo.

Entonces fue que percibió aquella extraña sensación...

Santa Fe (Argentina), 1984. Texto ajustado al 19-09-06.
Publicado en Diario “El Litoral” - Santa Fe, el 11-05-85.
Mención Especial Certamen Selección “CUENTOS DEL LITORAL” organizado por la Revista “BANCO CLUB” (del Banco Provincial de Santa Fe-Argentina) y la Sociedad Argentina de Escritores (SADE-Filial Santa Fe), Noviembre de 1987.
Publicado en Revista “BANCO CLUB” - Banco Provincial de Santa Fe - Nº 25, Abril de 1988.
Publicado el 23-09-06 en el Magazín Virtual LA LUPE.COM - LITERATURAS VANGUARDISTAS (Círculo Internacional de Literatura Vanguardista y postmoderna - 2da. Etapa).
Su versión original integró la primera edición del presente Libro “Breve Sinfonía y otros cuentos” (Ediciones Colmegna S.A. - Santa Fe, Argentina), Marzo de 1990, págs. 80/85
.

P.-S.

ADRIAN N. ESCUDERO - Santa Fe (Argentina). Breviario curricular}}: Nacido en SANTA FE (ARGENTINA) (1951) - Autor de los libros de cuentos editados: “LOS ULTIMOS DIAS” (1977); “BREVE SINFONIA Y OTROS CUENTOS” (1990) y “Doctor de Mundos I - EL SILLON DE LOS SUEÑOS” (2000); continuado en saga con “Doctor de Mundos II - VISIONES EXTRAÑAS” (Inédito, 2005-2006) y “Doctor de Mundos III” - LOS ESPACIALES (2005, en desarrollo); así como, entre otros, de los libros de cuentos inéditos: “NOSTALGIAS DEL FUTURO” - Antología Fantástica (Ficción científica) (La Botica del Autor, 2005); “MUNDOS PARALELOS y Otros Cuentos para un Semáforo” - Colección de Realismo Mágico (La Botica del Autor, 2004-2006, en desarrollo); “DESDE EL UMBRAL - Terrores Cotidianos y de los otros” - Colección de Horror (La Botica del Autor, 2005-2006, en desarrollo); LA TORRE DE LOS SUEÑOS (Y LOS SUEÑOS DE LA TORRE) (La Botica del Autor, 2005, en desarrollo), y “EL EMPERADOR HA MUERTO y Otros Relatos” - Colección de Realismo Mágico (La Botica del Autor, 2005, en desarrollo); todo sobre relatos inscriptos bajo registro en la Dirección Nacional del Derecho de Autor (Ministerio de Justicia y Culto de la Nación). Domicilio particular: Obispo Gelabert 3073 - (3000) Santa Fe (Argentina) - Te.: (0342) 455-4811 - E.mails: adrianesc@fibertel.com.ar y adrianesc@hotmail.com}.-

Este artículo tiene © del autor.

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1 Mensaje

  • > UNA EXTRAÑA SENSACIÓN 2 de octubre de 2006 03:51, por Adrián N. Escudero

    Sres. MUNDO CULTURAL HISPANO:

    Por favor, necesito que corrijan el apellido de mi esposa: María Tresa S. Helguero de Escudero (erróneamente, se escribió: Huelguero). Muchísimas gracias. ADRIAN N. ESCUDERO

    Además, mis correos electrónicos son: adrianesc@fibertel.com.ar y adrianesc@hotmail.com

    (He dejado de utilizar el correo bajo el título de: anescudero@gigared.com
    Muchas gracias. ANE

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